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Jorge Ibargüengoitia

El ratón del supermercado y... otros cuentos

Ampliar la imagen Mag�ricaturista de La Jornada, ilustr� libro de Jorge Ibarg�ngoitia (1928-1983), novedad bibliogr�ca del Fondo de Cultura Econ�a

El Fondo de Cultura Económica (FCE) da a conocer el libro titulado El ratón del supermercado y ... otros cuentos, de Jorge Ibargüengoitia, ilustrado por Magú, monero de La Jornada. Se trata del número 5 de una colección que propone la lectura de los clásicos como descubrimiento, mediante un contrapunto entre ilustraciones y la narración, para que permita una mirada fresca e inesperada. El texto de Ibargüengoitia ya había sido publicado por la editorial Joaquín Mortiz, de donde el FCE lo seleccionó para esta serie en la que también han publicado obras de los hermanos Grimm, Mark Twain y Hans Christian Andersen. Con autorización de la editorial, publicamos este cuento a manera de adelanto

En un supermercado de una gran ciudad vivía una familia de ratones. Eran el ratón padre, la ratona madre y tres ratones hijos. Durante el día el supermercado estaba lleno de señoras comprando cosas. A esas horas los ratones estaban en el agujero durmiendo tranquilamente, porque sabían que cuando las señoras ven un ratón se asustan, gritan y tratan de subirse en una mesa. Los ratones no querían asustarlas, porque sabían que una señora asustada es peligrosa.

A las siete y media de la tarde, el timbre del supermercado tocaba para anunciar que había llegado la hora de que las señoras pagaran sus cuentas y se fueran a sus casas.

Al oír el timbre, los ratones despertaban, se bañaban con saliva, se peinaban con el dedo, se afilaban los dientes con las uñas y se ponían cerca de la entrada del agujero.

El ratón padre era el primero en salir, despacito, mirando para todos lados. Cuando se aseguraba de que no había ninguna señora rezagada, hacía una seña con la cola a su familia, para avisarles que podían salir del agujero sin peligro.

Al ver la señal, los ratones salían corriendo del agujero y se separaban. Desayunaban cada uno por su lado. El ratón padre iba derecho al departamento de salchichonería, trepaba en el mostrador y se comía un chorizo, un pedazo de salami, o una rebanada de jamón. A la ratona madre le gustaba mucho el queso y solía pasarse las noches enteras trepada en una pieza de queso añejo. Los ratones hijos preferían la dulcería. Le daban un mordisco a un chocolate, una lamida a un caramelo o se comían un mazapán.

Cuando terminaban de comer, el ratón padre y la ratona madre salían del supermercado por una rendija que había debajo de una puerta y se iban a visitar a unos ratones amigos que vivían en una panadería que había a media cuadra.

Los ratones hijos, en cambio, pasaban la noche jugando. Iban al departamento de muebles y jugaban carreras de colchones, que es un juego que consiste en hacer tres agujeros en un lado de un colchón y ver quién sale primero por el extremo opuesto. Otras veces jugaban a la televisión, que es un juego que consiste en meterse en un televisor (¿un televisor?) y comerse los alambres.

Así pasó el tiempo, hasta que un día, el ratón padre le dijo a la ratona madre:

-Creo que ha llegado el momento en que nuestro hijo mayor salga del supermercado, haga un viaje y conozca el mundo, para que pueda apreciar mejor las comodidades que tiene aquí.

A la ratona madre le parecía que su hijo estaba todavía muy chico para salir del supermercado, pero después de mucha discusión estuvo de acuerdo en que el mayor de los ratones hijos fuera a pasar una temporada con unos parientes suyos que vivían en el campo.

El mayor de los ratones hijos, que tenía curiosidad en saber qué había fuera del supermercado, aceptó encantado la idea de salir de viaje, se despidió de la familia y a la mañana siguiente, en vez de irse a dormir en el agujero, salió del supermercado escondido en una caja de huevo vacía.

El viaje fue largo, pero sin contratiempos. El ratón siguió al pie de la letra las indicaciones que le dio su padre: transbordó en determinado momento a un huacal, y después a un costal, y a las ocho de la noche llegó al rancho.

Cuando el ratón del supermercado salió del costal no pudo ver nada, por lo que dedujo que estaba en un cuarto oscuro. Tan oscuro que a pesar de que los ratones ven perfectamente de noche, tuvo que esperar un rato para darse cuenta de que no estaba solo, sino ro-deado de cien ratones inmóviles, que lo miraban con desconfianza.

-¿Quién eres tú? -le preguntó el más grande y más viejo de los ratones de campo.

El ratón del supermercado dijo el nombre de su padre, el de su madre y por último lanzó el grito de guerra de la familia:

¡Riquitiquitiquitaca tiquitaca!

Al oír esto, los demás ratones contestaron a coro:

-¡Racatacarracataca tacataca!

Después abrieron las patas delanteras y se acercaron al ratón del supermercado y lo abrazaron cariñosamente. Todos eran parientes. Unos tíos, otros primos, el más grande y más viejo era tío abuelo.

Los ratones de campo recibieron al ratón del supermercado con mucha amabilidad. Lo dejaron roer la mejor mazorca, porque estaba hambriento, y dormir en el agujero más cómodo, porque se había cansado mucho durante el viaje.

A la noche siguiente, el ratón del supermercado salió del agujero con sus primos del campo y estuvo recorriendo con ellos el cuarto oscuro, que era muy grande y se llamaba la troje.

Se dio cuenta de que la troje era un lugar muy diferente al supermercado. No había en ella ni dulcería, ni salchichonería, ni departamento de quesos. Los ratones del campo desayunaban maíz a las ocho de la noche, comían maíz a la una de la mañana y merendaban maíz a las seis de la mañana.

Cuando el ratón de supermercado les dijo a sus primos que se aburría de tanto comer maíz, éstos le contestaron:

-A veces no hay más que olotes.

Las diversiones de la troje tampoco eran gran cosa. Consistían principalmente en esconderse de una lechuza que vivía en una viga del techo, que cada vez que veía un ratón se le dejaba ir encima. Esa misma lechuza se había comido a los abuelos de toda la familia.

Los primos del campo le preguntaban al ratón cómo era el supermercado y él les contaba de los jamones, los alteros de quesos, las cajas de chocolates, los colchones, las televisiones.

Mientras más oían hablar del supermercado, más querían saber, más preguntaban y más cosas les contaba su primo. Tanta curiosidad llegaron a tener, que decidieron ver todas aquellas maravillas con sus propios ojos.

En el siguiente viaje de maíz que se hizo del rancho, había cien ratones escondidos en los costales.

Al llegar al supermercado, los ratones de campo quedaron admirados. Invadieron la salchichonería, se atracaron de queso y mordisquearon los chocolates. Tan contentos estaban corriendo de un lado para otro que se olvidaron de tomar precauciones y no se escondieron durante el día. Algunos de ellos se divirtieron una mañana espantando señoras. Se reían al oírlas gritar y soltaban la carcajada al verlas tratar de subirse en una mesa.

El gerente del supermercado estaba contando los jamones roídos, los quesos desaparecidos y los chocolates mordisqueados cuando oyó los gritos de las señoras.

-¡Esto no puede seguir así! -dijo. Hizo una rabieta, dio una patadita y se puso morado. Ordenó que al día siguiente se cerraran las puertas, y se fumigara el local con un vapor venenoso capaz de acabar con el último ratón.

Afortunadamente para los ratones, el ratón padre estaba mirando desde la entrada del agujero al gerente cuando se puso morado. Esto lo alarmó.

-Cuando el gerente se pone morado -dijo a sus parientes-, es que ha llegado la hora de liar petate y largarse a vivir a otro lado.

Esa noche, los ratones de supermercado y sus primos del campo salieron por la rendija que había debajo de la puerta y en una esquina esperaron a que pasara el primer camión cargado de cajas de huevos vacías. Esa noche llegaron al rancho, en donde vivieron muchos años, cuidándose de la lechuza y comiendo maíz tres veces al día.

De este cuento se deduce que donde comen cinco pueden comer seis y probablemente hasta siete, pero no cien.

 
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