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José María Pérez Gay /IV

J. Robert Oppenheimer, padre de la bomba atómica

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El profesor J. Robert Oppenheimer y el general Leslie R. Groves eran como el agua y el aceite; no obstante, para fortuna de los que trabajaban en el Proyecto Manhattan, el científico y el militar formaron una mancuerna perfecta. En Washington nadie había elegido a Oppenheimer, Groves seleccionó a Oppie de acuerdo con su trayectoria y gracias a su increíble olfato de militar. El primer proyecto del profesor era reunir en un solo lugar todos las etapas preparatorias para construir y fabricar la bomba. Las investigaciones químicas y metalúrgicas,
la física nuclear, tanto la teórica como la práctica y los experimentos corrientes y constantes de detonación. ¿Dónde podían hallar un lugar tan secreto en los Estados Unidos? Oppenheimer tenía ya una sugerencia. Viajó con Groves a las montañas de Nuevo México, 50 kilómetros al norte de Santa Fe, y le enseñó una altiplanicie, donde se encontraba una escuela-internado a miles de kilómetros de la siguiente población, ante las montañas nevadas de la cordillera. Groves se quedó sorprendido: ningún lugar podía ser más secreto. Oppenheimer consumaba así un antiguo sueño: la pasión por la ciencia y su devoción por las montañas de Nuevo México. Los Alamos era el nombre de la escuela. La altiplanicie se localizaba a una altura de 2 mil metros sobre el nivel del mar, y sólo existía un camino pedregoso para burros. El contacto más próximo con la civilización era en algún punto del desierto, una estación del tren de Santa Fe, a 15 días de cualquier parte. No había nada ni nadie en ese páramo enorme y distante. Tres mil obreros se dieron entonces a la tarea de abrir un camino de acceso en las montañas, y comunicar a Los Alamos con el mundo. Se levantaron barracas, casas en calles muy amplias, edificios. Una ciudad secreta y luminosa brotaba en medio del desierto. Groves, rezongando todo el día, criticando la negligencia de sus subordinados y aplicando medidas disciplinarias contra "los vagos y parásitos", tomaba las decisiones más importantes en las construcciones y los puestos de defensa y vigilancia.

Los Alamos, en el corazón del desierto, albergaba a 3 mil científicos estadunidenses, la crema de los más jóvenes y talentosos especialistas, que vivían apretados como sardinas en las barracas improvisadas, como si fuesen los prisioneros de una colonia penitenciaria. En esta suerte de atalaya de la tecnología moderna, los especialistas renunciaban al lujo urbano, a las calles asfaltadas e iluminadas. Al principio de esa aventura, no existían ni aire acondicionado ni calefacción. La escasez de agua fue siempre el gran problema, el suministro se hizo por tuberías aéreas; en el invierno se helaban, y los camiones con agua potable no siempre llegaban. El general Groves ahorraba sin compasión. Oppenheimer comenzó su tarea, convencer a los mejores científicos de algo casi imposible: vivir y trabajar en Los Alamos. En otras circunstancias no hubiera sido una tarea fácil, pero era imposible mudarse al desierto en plena guerra. Oppie tampoco podía decirles cuánto tiempo se mantendría el proyecto, ni mucho menos de que se trataba. Todos los científicos imaginaban historias increíbles, pero al final todos obedecían sin mayores protestas. Oppenheimer convencía con una enorme virtud, nunca se impuso con la fuerza de las razones militares. La lista de sus colaboradores se lee como un libro sobre "Quién es quién en el mundo de la física y de los físicos de la posguerra": Enrico Fermi y von Neumann eran quizá los más conocidos de la otra generación, entre los jóvenes se encontraba Richard Feynman, un físico de 24 años, que más tarde recibió el
premio Nobel. Richard Wilkins -que

pertenecía a los jóvenes reclutados en Inglaterra- recibió también mucho años después el mismo galardón por su contribución al descubrimiento del ADN. En esas barracas florecían los futuros premios Nobel de física, química, medicina y neurobiología. Groves se quedaba admirado de "haber reunido a tantas cabezas geniales", decía, "en este desierto inhóspito y cruel". Tal vez para esquivar estos escollos, el general pensó que probablemente, antes de revelar la verdadera tarea, lo que equivaldría a una derrota mediática y bélica, se debía guardar el secreto bajo pena de muerte. En ninguna parte del mundo se habían reunido a tantos científicos tan brillantes, ni en los laboratorios de Cavendish de Cambrigde, ni en la Universidad de Göttingen, ni en la de Berlín, ni mucho menos en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton.

¿J. Robert Oppenheimer era el director científico más apropiado para ese proyecto?", se preguntaban en Washington. En ese momento comenzó una tormenta de intrigas: no tenía experiencia en la administración pública, un físico nuclear sin signos ni símbolos matemáticos serios, un intelectual sofisticado y dedicado a otras cosas, un hombre sin duda muy sabio, pero poco confiable, su falta de sentido práctico, la ruina de su vida emocional, su tabaquismo perverso, el apodo de Buster Oppie, que sus enemigos del Caltech se encargaron de difundir, la referencia a episodios de su vida que no eran sino un homenaje a la estupidez de Buster Keaton, a su sentido del ridículo. En fin, un lodazal de mezquindades.

Por paradójico que suene, el general Groves se convirtió en el más enérgico defensor de Oppenheimer en el Pentágono. En realidad, no importaba tanto si Oppie reunía las capacidades y las virtudes para dirigir un proyecto como el Manhattan. En esos días, Groves recibió desde California un informe alarmante del Servicio Secreto. Según sus agentes, Oppenheimer era un espía comunista, su novia, Jean Tatlock, y Frank, su hermano, eran miembros del Partido Comunista. A pesar de su filiación al Partido Comunista, su hermano menor, Frank, trabajaba en un alto puesto en el centro secreto de uranio en Oak Ridge. Groves le mostró el informe del Servicio Secreto a Oppenheimer, y le exigió una explicación a fondo. Aquella tarde de confesiones y revelaciones en Los Alamos, Groves quedó impresionado de la sinceridad y la valentía de su "genio favorito" -así le decía a Oppenheimer-, le ordenó al Servicio Secreto retirarse y dejarlo en paz.

En Los Alamos, los científicos enfrentaban una tarea técnica muy ardua y apasionada. ¿Cómo podían transformar la reacción en cadena -que Fermi había logrado con tanto éxito en Chicago- en un arma que funcionara? Para decirlo
en el abrupto lenguaje de los militares, ¿cómo podían fabricar una bomba que pudiesen arrojar sobre las ciudades del enemigo y obligarlo a su rendición? En el verano de 1943, Oppenheimer se mudó a Los Alamos con su nueva esposa y su hijo recién nacido. Dos veces al mes viajaba a Berkeley a supervisar el envío de refacciones para los reactores y reclutar nuevos colaboradores. En esos viajes, la FBI siempre le pisaba los talones, lo vigilaba cuando se encontraba con Jean Tatlock, que cada día empeoraba más, se hundía en depresiones durante meses y no sabía qué hacer con su vida. Una o dos veces Oppenheimer pasó la noche con ella. Nunca sabremos qué sucedió entre ellos, las grabaciones de la FBI se destruyeron. Groves recibió un informe minucioso y, por otro lado, la expresa indicación de que Oppenheimer debía ser retirado del Proyecto Manhattan por razones de seguridad nacional. Los hombres de J. Edgar Hoover no toleraban ni comunistas ni adúlteros. Pero no se trataba de una farsa. Jean Tatlock se pegó un tiro en la sien en 1944, la encontraron sobre el escritorio de su casa en Berkeley. La FBI se enteró al día siguiente, pero Oppenheimer lo supo un mes después. Esa tarde abandonó en silencio el laboratorio y se perdió caminando por los bosques, siempre vigilado por los guardias. El asedio continuaba. Hoover entró en escena, se hizo cargo en persona del caso, buscaba una ruta de colisión.

En el verano de 1943, al caer las tardes, se escuchaban las explosiones en los valles alrededor de Los Alamos, no una, sino docenas de estallidos que se perdían en la inmensidad del desierto. Seth Neddermeyer, la cabeza del grupo de especialistas en explosivos, intentaba una solución, pero siempre fracasaba: el tubo que pasaba la carga se doblaba, una clara señal de que la explosión no era igual en sus partes. Neddermeyer tuvo entonces una idea casi genial. Se dio cuenta de que para lograr una implosión más rápida no necesitaba un mecanismo de alta velocidad, sino una fuerza explosiva mayor. Ese día Oppenheimer tuvo la nítida certeza de que faltaban unos meses para lograr el objetivo: la primera bomba atómica de la historia.

 
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