Usted está aquí: domingo 18 de septiembre de 2005 Opinión Nuevas universidades: ¿tecnológicas?

Antonio Gershenson

Nuevas universidades: ¿tecnológicas?

Se instituyó, y sigue en crecimiento, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, rompiendo una inercia de casi 30 años sin nuevas instituciones públicas de educación superior, ni en la ciudad ni en el plano nacional. Está en proceso de instalación el plantel Cuajimalpa de la UAM, también rompiendo esa inercia.

Quien fue jefe de Gobierno del DF hasta hace poco, y ahora es el precandidato presidencial con más apoyo según las encuestas, incluye el punto en sus Cincuenta compromisos, y lo reiteró hace poco en Juchitán. En el compromiso 11 menciona las cifras de 200 nuevas preparatorias y 30 nuevas universidades públicas.

Ahora, el director general del Politécnico convoca a formar un frente de apoyo a la educación superior y el desarrollo científico y tecnológico, al tiempo que los tecnócratas lanzan algunos de sus últimos tijeretazos sobre el presupuesto de estas actividades.

Se había dado una polémica, sobre todo en algunos medios académicos, sobre si las universidades, o instituciones de educación superior en general, deben ser tecnológicas. Durante estas décadas de parálisis del sector público en el área, sí se han establecido nuevos planteles de instituciones privadas, y una parte importante de ellas han sido instituciones tecnológicas. Ahora, con posibles nuevas universidades públicas, en un paso que ya tiene sus antecedentes en la capital del país, esa discusión debe salir a la calle.

Un argumento en esta discusión, que debe ser tomado en cuenta, es el siguiente. Los egresados de las universidades públicas ya existentes con frecuencia no encuentran trabajo en las áreas para las que estudiaron. Deben trabajar en cuestiones ajenas a las de su preparación, y eso si consiguen empleo. Por lo mismo, los fondos públicos que se destinaron a prepararlos, de hecho fueron desperdiciados.

Una parte de las instituciones tecnológicas privadas tiene, directa o indirectamente, el apoyo de grupos empresariales importantes. Incluso en el mismo DF se han establecido complejos tecnológico-educativo-industriales, con empresas de alta tecnología y tecnológicos. La escuela alimenta a las empresas y los estudiantes pueden irse familiarizando con ellas desde antes de terminar la carrera.

Sin embargo, lo que funciona para una empresa o grupo empresarial no necesariamente es suficiente para el país. Una prueba en gran escala fue el fracaso del intento de manejar a México como si fuera una empresa. Uno de los elementos que más problemas causarían, especialmente si se generalizara a las instituciones públicas, es la superespecialización. De hecho, este problema ya existe, por ejemplo, en instituciones médicas y de seguridad social, públicas y privadas.

En este ejemplo, el médico especialista es la pieza clave; los que no lo son quedan como personal de segundo o tercer niveles, o de plano son despedidos. Eso ha generado casos en los que el especialista resuelve el problema en su área, pero genera otros en áreas que no le corresponden. Y es que el organismo humano es un conjunto, y alguien debe poderse ocupar de ese conjunto, con un nivel incluso más alto que el de un especialista. Ese personal ahora casi no existe. No se plantea, más que en algunas instituciones, la necesidad de que cualquier médico deba incluir en su formación, por ejemplo, la nutrición. La superespecialización es también un problema en instituciones de investigación y enseñanza, especialmente cuando están aisladas de la realidad nacional e incluso de otras áreas de su misma institución.

También el organismo social es un conjunto, como lo son cada una de las empresas públicas y cada sector de las mismas. En las universidades y en su planeación, sean nuevas o existentes, tendrán que tomarse en cuenta estas cuestiones. Esta planeación debe ubicarse en la del desarrollo económico del país. Que los egresados tengan trabajo relacionado con su formación, pero también que esa formación tenga no sólo elementos de especialización, que obviamente son necesarios, sino también de universalización. Para eso son universidades.

Esto deberá relacionarse con la práctica. Si en un complejo tecnológico educativo industrial tenemos ahí mismo el terreno de la práctica, en el caso de las instituciones públicas ese terreno debe ser el país. Y dentro del país, según la rama de la que se trate, serán empresas públicas, o planes de desarrollo urbano, o programas de desarrollo del transporte, etcétera. Esto incluiría, ya en este plano más general, empresas públicas y privadas. Muchas empresas pequeñas y medianas carecen de recursos como para crear o impulsar su propio parque tecnológico educativo industrial.

Mencionamos sólo un ejemplo de interacción entre el elemento universitario y la acción pública, también en la ciudad de México: la participación del Instituto de Ingeniería de la UNAM en diferentes aspectos del proyecto y de la obra del segundo piso del Periférico. Dado que el sector público, y las funciones públicas, son mucho más amplios en el plano federal, también lo serán las posibilidades de participación de las instituciones universitarias. Por ejemplo, las más importantes empresas públicas están en el sector energético, y son federales. Sólo en ellas, para citar un ejemplo importante, las posibilidades de participación de institutos y otras instancias, de investigación y enseñanza superior, son enormes.

Estaríamos, así, aprovechando mejor no sólo nuestros recursos humanos altamente calificados, sino también los recursos técnicos de esas instituciones. Y, claro, esto a su vez incidirá en la orientación de la enseñanza superior, y en especial en que la educación contenga, a la vez, una especialidad y una visión más general.

 
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