404 ° DOMINGO 18 DE SEPTIEMBRE DE 2005
 

Historias del otro lado
Un mexicano en el piso 96

Raúl Dorantes y Febronio Zatarain

Jesús trabaja en el bar más elevado de Chicago, donde lo conocen como Juan. Ahí, en el Signature Room ha visto pasar a los ricos y famosos mientras él ahorra para hacer su casa en Cuautla. Y también ahí padeció la desaparición de la clientela tras los atentados del 11 de septiembre



Al abrirse las puertas del ascensor, Jesús Abelar da dos pasos al frente y queda entre las cuatro hojas de aluminio, cuatro espejos que por estar en medio lo reflejan al infinito. Jesús viste el saco negro y el moño del trabajo. Una vez adentro, presiona el botón hacia el piso 96 de este edificio John Hancock que por fuera raspa las nubes. Aquí adentro, el ascensor ha dejado el sótano y ahora se desliza por el túnel vertical. Le quedan noventa y cuatro pisos para llegar al bar Signature Room, el más elevado de Chicago.

Piso 5. Esto mismo ha hecho Jesús desde junio de 1979, cuando solicitó trabajo como barback. Le dijeron que el trabajo era simple: cortar limones, llenar las neveras de cerveza y acercarle los vasos al cantinero. Le dijeron que necesitaba algo de inglés y respondió que ya sabía decir beer y preparar bebidas como Kalhúa con crema o Greyhound. Y desde entonces le puso más atención al inglés, pasó de un uniforme a otro y nunca dejó de subir a esta hora con la seguridad que ofrecía cualquier edificio del downtown. Pero desde hace tres años las cosas han cambiado: ahora carga una tarjeta especial que sólo le permite ir al 96 y ya no mira pasar los aviones a través de los ventanales. Porque era parte del encanto mirar desde las alturas las luces intermitentes, que parecían correr sobre avenidas aéreas hacia los dos aeropuertos de la ciudad.

Piso 15. El 11 de septiembre de 2001 se cerró por vez primera el bar durante tres días. El atentado al World Trade Center de Nueva York tuvo sus secuelas: en septiembre y octubre de ese año bajó 80% la clientela del bar. Apenas en junio de 2002, quizás por el calor, volvió la gente: turistas o asistentes a convenciones que pueden pagar nueve dólares por una cerveza o 12 por una bebida preparada, que miran unos minutos la vista panorámica y bajan de nuevo a la ciudad. Pero lo que no ha vuelto es el sentimiento de que nada malo va a pasar, no que el John Hancock se desplome sino que ahora cualquier situación de alarma acarrea una mayor probabilidad de que baje la clientela y de que le den menos horas por semana. Aunque, acaso por la lejanía, los trágicos sucesos del 11 de marzo madrileño y del 7 de julio en Londres no bajaron la clientela.

Piso 21. Allá arriba, en el 96, no lo conocen como Jesús. Recuerda que en la entrevista tuvo que improvisar un nombre, y el primero que se le vino a la mente fue Juan. Nadie le insinuó nada, simplemente ya había pasado por otro trabajo en un suburbio de Chicago y llegó a notar que en inglés no se usa ese nombre. Desde la perspectiva cristiana estadunidense (sin dejar fuera al catolicismo) llevar el nombre del "Hijo de Dios" no se ve como un acto de veneración sino como una afrenta o bien una desfachatez, pues el puritanismo en su origen permitió el uso de nombres como Paul, Peter o Joseph ya que de algún modo, aunque canonizados, también fueron pecadores. No así el de Jesus, que desde la perspectiva bíblica murió puro. A veces se argumenta que existe como equivalente el nombre de Jesse. Pero decir Jesse nunca es lo mismo que decir Jesus.


Una vista del edificio que roza las nubes

Piso 26. Antes de trabajar en el bar del John Hancock, Jesús Abelar tuvo dos empleos. A los 14 años, en su ciudad natal, Cuautla, estado de Morelos, fue contratado en la mueblería, tienda de ropa y perfumería El Famoso Baratero. Al principio trabajaba de ocho a ocho, con una hora de descanso, marcando precios y acomodando productos; ganaba 700 pesos semanales, que era un poco más del salario mínimo vigente. Después se hizo empleado de confianza y comenzó a acompañar a su patrón a la ciudad de México para ayudarle a hacer las compras de mayoreo. A los 17 ya era supervisor y tenía 19 empleados a su cargo. Pero él quería hacerse de una casa y poner una tiendita de abarrotes. Y la única manera de lograrlo era viniéndose al Norte.

Piso 33. En marzo de 1976, gracias al apoyo económico de su hermano Francisco, Jesús abandonó Cuautla. Junto con su sobrino Bulfrano Abelar, llegó al Distrito Federal, y luego se fue a Tijuana. Fueron tres días en que recorrió por primera vez el norte del país.

Ya en Tijuana tomaron un taxi al Hotel El Rey donde más tarde pasó por ellos la señora Esther Castillo. Con ella empezaron a cruzar el área fronteriza a las cuatro de la tarde. Y a las ocho ella misma los recibió en un cuarto de hotel en San Clemente, California. Un día después, Jesús y su sobrino abordaron el avión de American Airlines que los traería a Chicago.

La migración de Jesús respondía al patrón migratorio establecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, es decir, cuando la economía mexicana seguía en su parsimonioso ascenso, expulsando año tras año una cuota estacionaria de migrantes hacia Estados Unidos. Y es justamente 1976 el año cuando el salario mínimo del siglo XX mexicano alcanza su mayor poder adquisitivo. A partir de ahí empieza a descender, hasta que de verdad se desploma en 1982. Jesús Abelar podía mantenerse a sí mismo e incluso mantener a su hermana con el salario que percibía en El Famoso Baratero, pero, como ya se dijo, el hacerse de una casa y abrir un negocio lo llevó a cruzar la frontera para juntar el dinero que requería y regresar.

Piso 40. Han pasado 29 años y Jesús no está en México. Hoy sigue subiendo por el ascensor exclusivo para los empleados de servicio y mantenimiento del John Hancock. Es un elevador modesto en comparación con los que a diario toman los visitantes, los empleados de cuello blanco y los residentes. El que toma Jesús no es tan amplio, ni tiene paredes que simulan ser de mármol y carece de un monitor que dé las noticias más recientes, sobre todo los índices de la bolsa de valores. A partir de este piso, el 40, el John Hancock deja de ser un edificio de oficinas para volverse residencial, lo que lo hace, por cierto, el edificio habitacional más alto del planeta.

Piso 49. Al igual que su hermano, Jesús ha ayudado económicamente y con alojamiento a más de una veintena de familiares y amigos que han probado suerte en Chicago. El primer pariente a quien Jesús apoyó vino a Chicago en 1982, año en que aquél ya había logrado cierta holgura. Tanto este familiar como la veintena posterior fueron guiados en el cruce fronterizo por doña Esther Castillo. Es decir, doña Esther llegó a ser "la coyote de la familia".

Piso 61. Es común que mientras el ascensor se acerca al Signature Room, Jesús revise su peinado y el abotonado del chaleco. Esta elegancia contrasta con la informalidad de su primer trabajo en Estados Unidos. En mayo de 1976 consiguió trabajo y vivienda en el suburbio de Carpentersville, situado a dos horas de Chicago. Su trabajo de entonces consistía en surtir los refrigeradores y en vigilar a las cantineras del bar Shinanigans. Fueron dos años y medio en que la vida de Jesús se dio en la cuadra en la que estaban localizados tanto su cuarto como el Shinanigans. Hay una razón concreta: a fines de los setenta, la Operación Trabajo del Servicio de Inmigración se enfocó en realizar redadas en los suburbios, lo que llevó a Jesús a salir muy poco. Sus únicas dos visitas a Chicago fueron para convivir con su hermano Francisco. De modo que a los dos años y medio, cuando creyó haber juntado lo suficiente para hacerse de un terreno en Cuautla, construir un pie de casa y abrir la tiendita de abarrotes, compró su boleto de avión y se dirigió al aereopuerto O'Hare.

Piso 68. Regresó a la ciudad de México en noviembre de 1978. De ahí se trasladó a Cuautla y adquirió de inmediato un terreno. Pero lo que había ahorrado en Carpentersville apenas le alcanzó para levantar dos cuartos y un baño. A los seis meses, ya sin la ayuda de su hermano, se estaba preparando para repetir la misma travesía al Norte.

Piso 81. Al volver, la ciudad de Chicago, y no los suburbios, era su destino. Y el único lugar donde llenó una solicitud fue el Images, que posteriormente cambió su nombre por el de Signature Room. Detrás de la barra, Jesús ha pasado casi todas las tardes de su juventud. Dice que no han sido nada aburridas gracias a las puestas de sol. En los veranos ha presenciado los cambios de tono del horizonte, pues alrededor de las ocho el fondo de la ciudad pasa de un naranja a un cárdeno, hasta terminar en un morado. Prefiere, sin embargo, los atardeceres del invierno porque por lo general, desde las cuatro de la tarde, el sol viene acompañado de nubes, a veces son tantas que las nubes cubren la ciudad dejando al sol por encima. Con quien más ha compartido estos atardeceres es con Gilberto, de origen boricua y decano de los bartenders del Signature Room. Juntos llegaron a idear algunas bebidas propias del lugar, como el Chicago Martini y la Signature Colada. Y juntos han atendido a personalidades del mundo deportivo y político tales como el alcalde Richard M. Daley, Myke Tyson y, sobre todo, Scottie Pippen, quien ­cuenta­ acostumbraba a llamarlo por su nombre.


Jesús y su familia

Piso 90. El John Hancock fue construido en 1969 por el ingeniero paquistaní Fazlur Kahn. En aquel tiempo, el norte del Loop tenía un tono parisino: cafés y restaurantes con marquesinas, boutiques, estudios de arte y galerías. Fazlur Kahn era un ingeniero de la tendencia llamada "racionalismo estructural", tendencia que parte del postulado de que la estética de un edificio está determinada por el potencial que representan materiales tales como el concreto y el acero. En esta tendencia arquitectónica juegan un papel importante las figuras geométricas que mejor concuerden con la maleabilidad de los materiales. Por eso, el edificio tiene la forma de un obelisco trunco, y sus caras están cargadas de triángulos y cuadriláteros, ya que estas figuras son las que mejor se adaptan al acero. Y si bien es cierto que el John Hancock acabó con el toque parisino del Loop, le dio en cambio a la ciudad una estética a la vez monumental y minimalista.

Piso 92. En 1986, Jesús Abelar recibió la residencia legal a través del Programa de Amnistía y en 1987 estudió inglés formalmente en el Truman College. Su estatus legal le permitió volver a México convencido de que ya iba solamente de vacaciones. Antes de realizar ese viaje, Jesús ya tenía claro que su futuro estaba en Chicago. Por esta razón, intentó consolidar una relación amorosa que había durado ya siete años. relata que "en 1980, mientras esperaba el bus sobre la Michigan y Chicago, conocí a una babysitter que se llamaba Delfina. Me dijo que era mexicana. Pero cuando empezamos a salir supe que era de Guatemala". Por cuestiones de sobrevivencia, muchos latinoamericanos que vienen de más allá del río Suchiate se ven obligados a negar su nacionalidad. Se autonombran "mexicanos" no solamente en México sino también en Estados Unidos. Para Delfina, refiere Jesús, era preferible ser deportada a Nuevo Laredo que a su país natal; y aquí hay que recordar que para 1980 seguía vigente la Operación Trabajo.

En 1987, también gracias a la Amnistía, Delfina viajó a Guatemala y antes de irse le confesó a Jesús que era casada y que tenía un hijo. Jesús entonces entendió las reservas de la mujer para casarse y vivir con él.

Diez años más tarde Jesús volvió a enamorarse de una tapatía de nombre Olivia. Con ella vivió cinco años y en 2001 también se le fue. Pero no por mucho tiempo; en una fiesta de cuatlenses llevada a cabo en Chicago conoció a Olga con quien se casó y ya tiene dos hijos: Josselin y Jesús junior. Para su jubilación, contempla la posibilidad de comprar un departamento en Florida y vivir allá con su familia. Jesús Abelar está seguro de que incluso su vejez la quiere vivir en Estados Unidos. Él cree que "en cada pedazo de tierra está Dios", pero confiesa que sí le gustaría ser enterrado en Cuautla, en la misma tumba en la que descansan sus padres.

Piso 96. Las puertas del elevador se corren y Jesús se acomoda de inmediato detrás de la barra.