Usted está aquí: jueves 22 de septiembre de 2005 Opinión Desafíos de la izquierda

Adolfo Sánchez Rebolledo

Desafíos de la izquierda

En las últimas semanas hemos podido escuchar o leer distintas posturas en relación con un tema crucial para el presente y el futuro de México: la necesidad de retomar un curso de crecimiento y desarrollo para comenzar a resolver viejos y nuevos problemas, comenzando por la pobreza que hoy define a nuestra sociedad. Ya no se trata únicamente de pensar en cómo reducir el número total de mexicanos en condiciones de absoluta indigencia, tarea urgente si las hay, sino de definir una estrategia que impida la reproducción ad infinitum de la desigualdad y procure, en cambio, "construir una visión de bienestar social", como dice Rolando Cordera, lo cual supone principios, valores y prioridades muy diferentes a los que sostiene la corriente neoliberal dominante.

La izquierda no debería conformarse con hacer la crítica marginal de la economía capitalista o con la denuncia moral de la irracionalidad del sistema, siempre necesaria. En las condiciones actuales de México es crucial, además, ofrecer opciones, una perspectiva concreta de desarrollo social eficaz que tire por la borda las recetas inútiles acuñadas por una pequeña pero poderosa minoría de grandes intereses globales, aferrados al dogma del pensamiento único, y aplicadas con resignación fatalista por las elites gobernantes "nacionales". Ese es el gran desafío que la izquierda mexicana tiene aquí y ahora: ofrecer un cambio de rumbo que despierte la conciencia ciudadana y ponga en marcha las potencialidades desaprovechadas de la sociedad civil para edificar un país un poco menos injusto, más democrático y soberano, capaz de decidir por sí mismo sus intereses en un mundo realmente interdependiente.

Como ha expresado Cordera, la cuestión del crecimiento concierne a la totalidad de la sociedad y no exclusivamente a la política económica como tal: "Si bien el crecimiento económico es una condición básica, y en tanto no haya cambios económicos sustantivos las prácticas redistributivas deben seguir ocupando un lugar preponderante de las políticas públicas, es claro que la magnitud y complejidad del fenómeno de la pobreza implica abordarlo como un asunto histórico central, que trascienda los intereses inmediatos y coyunturales" (véase: "La pobreza en México: escenarios hacia el 2030" en www.rolandocordera.org.mx).

A la pregunta de si esto es posible, me atengo a las posiciones discutidas y elaboradas durante los últimos años por un conjunto de estudiosos, empresarios y militantes de la izquierda en el mundo que no aceptan la idea de que "no hay otra alternativa", y a la experiencia práctica de otras naciones donde el desarrollo moderno ha traído como resultado, en vez de miseria y polarización, un crecimiento real de los niveles de vida, aunque persistan junto con esa realidad las cargas irracionales propias del capitalismo, como la enajenación y el individualismo.

Iniciar este camino supone que la izquierda será capaz de hacer a un lado las mezquindades, las pequeñas ambiciones y, en definitiva, el sectarismo que lleva de la mano las peores formas de clientelismo y exclusión. Pero no hay ninguna otra perspectiva a su alcance, si en verdad quiere hacer una aportación al desarrollo social del país.

Por lo visto los últimos en advertir la profunda crisis de la ortodoxia neoliberal son nuestros gobernantes, pues ellos, junto con los profetas del empresariado, siguen rechazando como "populista" toda política pública que no sirva directamente al mercado. O rechazan como "estatismo" cualquier intervención del Estado, cuando incluso en los grandes centros de reflexión financiera se acepta, como escribe David Ibarra, "que los programas de reforma estructural (derivados de la visión económica neoclásica) estaban ayunos del análisis institucional y, por tanto, resultaban no sólo inadecuados en la promoción del desarrollo, sino en ganar legitimidad ciudadana y en aliviar los sacrificios del acomodo transicional" (El Universal, 19/9/05).

Recuperar la iniciativa social en materia de reformas para relanzar el crecimiento y el desarrollo obligará a forjar grandes alianzas y coaliciones que hoy no existen, es decir, a crear una corriente nacional capaz de disputar la hegemonía a los grupos hasta ahora dominantes, cosa que jamás será sencilla, sobre todo cuando está de por medio el poder político. A favor se tiene el marco democrático que en teoría permite la deliberación pública, el debate institucional en los órganos de representación y, sobre todo, la participación activa de la sociedad civil que fija aspiraciones y posibilidades al Estado, el cual, una vez despojado del viejo papel de ogro autoritario, tiene la inmensa responsabilidad de gobernar con eficacia siempre en defensa del interés general.

A mi padre en sus noventa años con cariño, orgullo y admiración

 
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