Usted está aquí: martes 27 de septiembre de 2005 Opinión Rápido viaje a Oriente/ I

Jaime Avilés

Rápido viaje a Oriente/ I

Al atardecer del 5 de enero de este 2005, una reportera francesa de 40 años, enviada del periódico Libération a Irak, llamó a París con su teléfono celular y le dijo bromeando a una amiga: ''Aquí estoy en Bagdad y todavía no me secuestran". Cuando colgó, cuatro hombres armados la obligaron a sentarse dentro de un coche, le ataron las manos, le vendaron los ojos y la mantuvieron encerrada cinco meses en un sótano. Salvada por el gobierno de Francia, que pagó por su rescate una suma astronómica, Florence Aubenas regresó a su país y decidió tomarse unas vacaciones para escribir su aventura y publicarla como libro. He aquí su testimonio...

Pero, antes, debe consignarse que estaba cayendo el sol del último domingo de agosto sobre el río Po, en el norte de Italia, cuando procedente de los aeropuertos de Sao Paulo, Francfort y Milán, vestido con un sobrio traje azul pálido, de camisa blanca y sin corbata, el sacerdote dominico brasileño Frei Betto, destacado exponente de la teología de la liberación, llegó al centro histórico de la pequeña ciudad de Piacenza, una joya arquitectónica fundada mil 500 años atrás, y por cortesía del gobierno local, una coalición de izquierda en una zona dominada por la extrema derecha, se instaló en el Grande Albergo Roma, un lujoso hotel de cinco estrellas en donde ya estaba alojada también, desde luego con sus doce músicos y su bellísima nieta, la joven vocalista Zenzy, y el hijo de ésta, Moamani, que es su bisnieto de seis años y a la vez su percusionista consentido, la gloriosa Miriam Makeba, la creadora del Pata Pata y de tantas canciones más que durante décadas fueron verdaderas armas de resistencia pacífica en la larga batalla sudafricana contra el apartheid.

De 75 años de edad y un nombramiento vitalicio de embajadora de la FAO, la legendaria Mamá Africa estaba en Piacenza para ofrecer esa noche en la majestuosa Plaza de los Caballos el último concierto de su vida. Frei Betto, por su parte, traía bajo el brazo el más reciente de sus libros, una colección de Treze contos diabólicos e um angélico, recién publicada en Brasil, no trasvasada a ninguna otra lengua todavía. Pero allí mismo, en compañía de su esposa Mara Lamadrid, argentina y mexicana, chilanga adoptiva como él, se encontraba el gran poeta Juan Gelman, quien desde hace tiempo, con el apoyo de más de 40 mil intelectuales del mundo entero, entre ellos no pocos ganadores del premio Nobel, mantiene en jaque a los ejércitos de Argentina y Uruguay porque en una operación conjunta le desaparecieron y mataron a su hijo Marcelo, de 21 años, y a la compañera de éste, María Claudia Iduretagoyena, de 19, que estaba embarazada cuando la detuvieron en Buenos Aires y aguardaron a que diera a luz para asesinarla, antes de entregarle su bebé a un cliente en Montevideo. Pero Juan, invitado a Piacenza para recibir el premio Nicolás Guillén, de la fundación Nicolás Guillén, que le entregará Nicolás Guillén (sobrino del autor del Sóngorocosongo) en persona, lamentará el relato que de su tragedia familiar verá publicado en uno de los dos periódicos de la ciudad, y se quejará refunfuñando porque ''me hacen aparecer como un profesional del sufrimiento", y de inmediato borrará el mal sabor del asunto improvisando un chiste -género en el que también es maestro-, porque su inteligencia es la de un artista y de un guerrero que se nutre esencialmente del humor, y si no, cómo hubiera podido resistir un dolor de ese tamaño sin quebrarse.

Pero allí, en el Grande Albergo Roma, estaba igualmente Oscar Olivera, dirigente político boliviano que hace algunos años encabezó en la ciudad de Cochabamba, donde ha vivido siempre, el victorioso movimiento social que llevó a cabo la llamada Guerra del Agua, cuando por instinto de supervivencia los más pobres entre los pobres de ese país andino y amazónico se rebelaron contra los decretos del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, fanático del neoliberalismo que, en su obsesión por aplicar las leyes salvajes del mercado hasta las últimas consecuencias, trató de privatizar incluso el agua de la lluvia. Y fue entonces cuando la gente con toda razón se levantó, sufrió el embate del ejército, pagó su atrevimiento con decenas de muertos pero se salió con la suya. Inscrito en la dinámica desatada por las elecciones presidenciales del próximo 4 de diciembre, en las que todos los pronósticos dan ya como vencedor al dirigente campesino Evo Morales, Olivera trabaja en estos días en los preparativos de una insólita marcha que el 11 de octubre desenterrará a los muertos de la Guerra del Agua en el cementerio de la ciudad de El Alto, 500 metros arriba de La Paz, y caminará con ellos hasta la capital de la provincia cochabambina. No será un acto de campaña sino todo lo contrario: un recordatorio de lo que los más explotados de Bolivia esperan de su futuro señor presidente.

Qué estaban haciendo aquel domingo personajes tan disímbolos como Oscar Olivera, Juan Gelman, Mamá Africa o Frei Betto, allí en el Grande Albergo de Piacenza. Y bueno, es que todos eran, son, serán siempre, amigos de Gianni Miná, el mítico reportero, hoy todo un sexagenario rodeado por el amor de sus hijas Francesca y Paola, de 8 y 6 años respectivamente, que tiene en su hoja de servicios por ejemplo la hazaña de haber sido no sólo el primero que entrevistó a Los Beatles en la Italia de los tempranos años 60 sino el único que llevó a John Lennon en su cochecito de entonces a una casa de putas en las afueras de Roma. Gianni Miná, el de las memorables conversaciones con Mohammed Alí, Fidel Castro, Diego Armando Maradona y el subcomandante Marcos, pionero de la televisión europea que adoptó como su asistente a la hija de Ingrid Bergman y Roberto Rosellini, la divina Isabella Rosellini a quien alguna vez en las montañas nevadas de Colorado, Estados Unidos, Gabriel García Márquez encontró en una gasolinera y le dijo sin reconocerla: ''¿Tú eres la amiga de Gianni Miná?" Aquellos eran los tiempos en que Gianni trataba de armar con Robert Redford el guión y el financiamiento de la película Diarios de motocicleta, pero eso, aquel domingo último del pasado mes de agosto en Piacenza, había quedado atrás, y con excepción de Miriam Makeba, que nunca salió de su cuarto sino tan sólo para cantar en la Plaza de los Caballos, el grupo se dirigió a cenar en la trattoría de la Piazza del Duomo, donde Frei Betto se llevaría la noche de principio a fin, hablando acerca de Lula, del programa Hambre Cero, de Cristóbal Colón, del tabaco y sus orígenes comerciales, de las desventajas del inglés ante la riqueza del portugués y del español, y de las diferencias claves entre ciudades como Buenos Aires, Río de Janeiro y la ''fea" París que ''pone de moda las cosas más horribles porque todo lo glamuriza".

Pero antes de entrar en materia, mientras luchaba por sacar de su envoltorio de celofán amarillo unos crujientes palitos de sal, desde el fondo del ruido que formaban alrededor de la mesa tantos diálogos cruzados, Frei Betto me dijo, por decir algo, porque habíamos quedado codo a codo frente a su maestro, el teólogo italiano Giulio Girardi, y doña Valeria Sismondi, la veterana intérprete simultánea de tantos presidentes, cancilleres y ministros:

-¿Y tú cómo llegaste a Italia?

La verdad, la verdad, pensé, pero naturalmente le respondí otra cosa, más vaga, más simple -''soy amigo de Gianni, vengo a contar un poco lo que está pasando en México"-, la verdad me hubiera gustado contestarle:

-La mera verdad es que llegué leyendo a Florence Aubenas. No sabes qué viaje es la historia de su secuestro en Irak. Por suerte ya la está escribiendo y la va a publicar como libro.

En rigor, Frei Betto habría tenido que acotarme con esta observación:

-Si apenas está escribiendo ese libro, cómo es que tú lo leíste.

-Lo que leí -se lo habría aclarado fácilmente- es el testimonio que dio en una conferencia de prensa hace dos meses en París. Después de tenerla a ciegas, encerrada 20 semanas en un sótano, muerta de hambre, y después de golpearla cada vez que hablaba sin permiso, el día que la soltaron le regalaron un perfume y un Corán. Y para mí -habría podido agregar, ya entrado en gastos-, sumergirme en la recreación de esas peripecias orientales durante un vuelo a Europa desde América, me hizo pensar en que para nosotros, los americanos, en estricto rigor geográfico, nuestro Oriente es Europa mientras Bagdad nos queda al Oeste, ¿no te parece?

Pero masticando y bebiendo, preguntando el nombre de los platos que habían comenzado a desfilar por la mesa, aquella noche del último domingo de agosto a la orilla del río Po, todos hablaban ya de cualquier otra cosa, o se reían, ahora no recuerdo si antes o después del café, con la anécdota del paciente más famoso que estaba en el hospital siquiátrico de Buenos Aires, contada por Gianni Miná, donde ''un señor se creía Napoleón, otro se creía el Che Guevara, y cuando él les decía, un poco desesperado, 'yo no tengo por qué estar aquí, yo soy Maradona', los demás se burlaban pensando pero éste sí que está loco".

 
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