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Creados a mediados de los 70 en Guatemala, se les consideraba máquinas de matar

Kaibiles, de contrainsurgentes caníbales a sicarios del narcotráfico

Ningún miembro de esa fuerza ha recibido castigo por los 200 asesinatos que se les atribuyen

BLANCHE PETRICH

Ampliar la imagen Los denominados kaibiles, seg� informe de Amnist�Internacional, participaron en acciones de "limpieza social". En la imagen de archivo, miembros de ese grupo reciben adiestramiento FOTO Ap Foto: Ap

El decálogo del Centro de Adiestramiento y Operaciones Especiales del Ejército de Guatemala establece: "El kaibil -tropa de elite contrainsurgente creada en 1974- es una máquina de matar cuando fuerzas o doctrinas extrañas atentan contra la patria o el ejército". Esa fue y sigue siendo la filosofía de estos militares guatemaltecos. Numerosas crónicas de los años de la guerra registran su grito: "¡Kaibil, kaibil! ¡mata, mata, mata! ¿Qué mata kaibil? ¿Qué come kaibil! ¡Guerrillero subversivo!" y se describen los rituales que realizaban en plena matazón, obligando a las víctimas a comerse sus propias orejas cortadas, lamiendo la sangre de los acuchillados e incluso comiendo masa encefálica.

Después de la guerra, ningún kaibil -ni jefe ni soldado raso- fue castigado, ni siquiera aquellos que fueron plenamente identificados por la masacre de Las Dos Erres (diciembre de 1982), poblado de El Petén que fue arrasado y toda su población asesinada, empezando por los niños. Fue considerado un caso emblemático del genocidio y detonante de la fuga masiva de refugiados a la frontera mexicana, con sus 200 muertos (70 menores de siete años), apenas una gota de agua en la cifra total de víctimas, que fue de 200 mil.

La impunidad sigue intacta en el país vecino y, pese a su relevante papel en uno de los capítulos más sangrientos de la represión en Latinoamérica, el Ejército Mexicano ha requerido la cooperación de los kaibiles para entrenar tropas.

En el libro Siempre cerca, siempre lejos, las fuerzas armadas en México, uno de los autores, Gustavo Castro, reporta que durante los primeros cinco años del conflicto en Chiapas (1994-1999) se graduaron poco más de mil "kaibiles mexicanos", entrenados por el ejército de guatemalteco, conocidos también como "patrullas de operaciones especiales (POE)". Uno de sus principales centros de entrenamiento se encuentra en Xmotoc, a 50 kilómetros. de Chetumal. Al igual que los Gafes, están deplegados en Chiapas, Guerrero, Oaxaca, Hidalgo y Puebla. En 1994 la Sedena abrió otro centro de adiestramiento kaibil en Baja California, cerca del poblado Laguna Seca, y posteriormente uno más en el poblado Chulul y otro en El Dzibalito, Campeche.

Pero como ocurre en otros escenarios de posguerra en varios países que vivieron en las últimas décadas del siglo pasado situaciones de confrontación militar, los represores, sin otras batallas que librar y forjados en la escuela de la transgresión y la ilegalidad, se incorporan al mundo de la delincuencia.

En el caso guatemalteco, Amnistía Internacional advertía de este fenómeno desde 2003, en su informe El pasado dice cosas que interesan al futuro. Este reporte denunciaba decenas de casos de participación de militares y policías, empresarios y funcionarios, en las redes del narcotráfico, robo de autos, adopciones ilegales de niños y "limpieza social".

Justo ese año la periodista Ana Carolina Alpírez reportó en un artículo para la Oficina de Washington sobre Latinamerica (WOLA, por sus siglas en inglés) que Guatemala había dejado de ser la "bodega" de mariguana que fue durante los años de la guerra y había pasado a participar en el negocio de las drogas como productor, incluso de cocaína, y transportista. Diez por ciento de la droga que transitaba hacia Estados Unidos pasaba por manos guatemaltecas.

Ante esta realidad fracasaba el intento del primer presidente de la posguerra, Alvaro Arzú, de reconvertir el ejército contrainsurgente en un eficaz instrumento antinarcóticos, a petición de Estados Unidos. Arzú había anunciado la reconversión de los militares precisamente en la Escuela de Kaibiles -bien llamada "el Infierno", en la localidad de Poputún- durante la graduación de los primeros elementos de elite que se incorporaban a la vida militar en un escenario de paz. Esto ocurría en 1996. Las buenas intenciones no duraron.

En 2003, a mediados del gobierno de Alfonso Portillo, Washington incluyó a Guatemala en la lista de países descertificados por las inocultables evidencias de complicidad oficial con el tráfico ilícito y lo calificó al mismo nivel que Haití y Myanmar. La medida era inevitable. Entre 2000 y 2002, el gobierno en el que fungió como eminencia gris el genocida Efraín Ríos Montt había decomisado solamente 6 mil kilos de cocaína cuando tres años antes los montos ascendían a más de 30 mil kilos. Asimismo, Estados Unidos había retirado visas a altos funcionarios y militares por sus nexos con narcotraficantes y el gobierno guatemalteco ni siquiera hacía el intento de investigarlos. El Departamento de Operaciones Antinarcóticas (DOAN), fuerza especial creada para combatir a los cárteles y motivo de frecuentes regaños de la DEA, fue disuelto luego de escándalos que incluían robo de argumentos, fuga de información en operaciones e incluso eliminación -vía la tradicional matanza- de competidores potenciales.

En el documento Memoria del silencio, de la Comisión de Esclarecimiento Histórico, se recuerda que 89 por ciento de los crímenes de guerra en Guatemala durante 30 años de conflicto fueron cometidos por fuerzas del orden, en particular por corporaciones del ejército. En estas labores destacaron dos cuerpos: los kaibiles y las Patrullas de Autodefensa Civil.

En los años 80, cuando la guerra contrainsurgente se agudizó con la cruzada "antisubversiva" de Ríos Montt, miles de jóvenes campesinos fueron reclutados en la Escuela Kaibil, donde boinas verdes y rangers veteranos de Vietnam fungían como instructores. En el manual de entrenamiento de este centro se fomentaba al máximo el sentido de la agresión mediante la presión mental y física deshumanizada. "Los malos tratos, las humillaciones y los castigos fueron elementos cotidianos, con la consigna de que, quien aguanta está en condiciones de combatir en las circunstancias más extremas", describe el CEH. De ahí salieron los grupos de asalto que se dividían en "investigadores, rematadores y demoledores". Adonde fueron dejaron un rastro imborrable de muerte y destrucción.

De las nuevas generaciones salen, entre otros, kaibiles desertores que emplean los barones de la droga en México.

 
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