406 ° DOMINGO 2 DE OCTUBRE DE 2005
 

La migración indígena gana terreno en California
CHIAPAS EN EL GOLDEN GATE

Naomi Adelson / San Francisco, California

Los jornaleros mexicanos han sido parte del paisaje rural y urbano de Estados Unidos durante décadas. En los últimos tiempos, los de piel más morena avanzan y se someten al aprendizaje de los nuevos migrantes



Ilustración: Félix León Coronel
Durante décadas, la calle César Chávez ha sido un mercado laboral donde contratistas de mano de obra temporal pueden encontrar, por cientos, trabajadores para tareas de construcción, pintura y jardinería.

Inicialmente ahí se congregaban unas 50 personas para ofertar sus oficios con la esperanza de encontrar una chambita; pero ahora una mayor cantidad de gente se ubica a lo largo de 12 cuadras hasta la salida de la carretera interestatal.

Como en todos los mercados laborales de California, los jornaleros ­principalmente mexicanos­ se agrupan por lugar de origen. Aunque la César Chávez sigue concentrando la mayor cantidad de inmigrantes provenientes del centro, occidente y norte de México, la calle 26, paralela a la César Chávez, conduce a un mercado laboral distinto, donde la mayoría son indígenas chiapanecos.

"Allí (en Chiapas) se trabaja nada más para comer; uno no vive de la siembra de maíz, frijol y picante", explica un hombre chol originario del pueblo de San Francisco, a 45 minutos de Palenque, donde además tiene su casa y a sus hijos que lo esperan.

Él, quien no dio su nombre por su condición indocumentada, empezó a migrar en 1999, y fue de los primeros de su pueblo en arribar a esta ciudad. Antes iba y venía de su tierra, pero hoy sus lazos familiares se han roto porque ya no regresará: cada vez le es más difícil volver a Estados Unidos porque le cuesta cerca de 2 mil 300 dólares.

¿La razón de su mudanza a este lado? "El dólar. Antes de llegar a EU viajé a Veracruz para trabajar en la industria petrolera, pero apenas ganaba mil 200 pesos al mes. Vine a San Francisco porque un amigo había llegado directo a acá".

Sin embargo, este hombre de 32 años llegó a la ciudad con la renta más cara de todo el país y sus ganancias ahora sólo cubren sus gastos y el alquiler: "Vine solo la primera vez. Me dijeron, 'estás en San Francisco', y me dejaron en el centro. Quise llorar, pero me aguanté".

Esa primera noche la pasó en la calle y luego un paisano lo llevó al único alojamiento para indocumentados de San Francisco.

El albergue, conocido como Programa de Vivienda Dolores, abrió en 1982 para ofrecer refugio a salvadoreños y guatemaltecos que huían de la guerra, explica uno de sus fundadores, Amilcar Mayén, ex-combatiente del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) y ex-preso político.

Con el tiempo este sitio ­que de inicio contaba con 16 camas y actualmente dispone de 100­ se fue consolidando. En 1994 llegó una fuerte cantidad de inmigrantes mexicanos, explica Mayén, y en septiembre de ese mismo año el perfil de sus residentes se modificó debido a la numerosa presencia de chiapanecos. Por esa razón se abrió un segundo albergue.

Muchos de ellos, considera Mayén, han elegido llegar a San Francisco no sólo por la fama de que aquí hay una opinión positiva sobre los zapatistas, sino porque quienes llegaron antes empezaron a informarles de la existencia de este lugar. Según recuerda, todos los chiapanecos que ha visto en San Francisco desde 1994 son indígenas tzeltales y choles provenientes de ejidos de la región de Palenque.

Los albergues ofrecen a los inmigrantes una cama sin costo durante cuatro meses, una cena diaria y atención de trabajadores sociales. La gente tiene que llegar a las 19 horas y levantarse a las 5 de la mañana, horario al cual los chiapanecos están habituados.

Otro de los ocupantes, quien tampoco da su nombre, es oriundo de Boca de Chancalá. Es su primera vez y planea quedarse un año. Mil 500 dólares le costó hacer el viaje en avión de Villahermosa a Tijuana, y desde allí caminó cinco horas por el desierto. Tiene 17 años y vino con un hermano.

Por ley los menores de edad deben asentarse en un alojamiento especial; pero, "¿cómo voy a mandar a estos muchachos a los albergues para jóvenes estadunidenses drogadictos o prostitutas?", se pregunta Mayén. "Los registro como si tuvieran 18 años para salvarles de tal destino".

Y hay muchos más jóvenes: dos de ellos, de 16 y 17 años, esperan trabajo en la calle 26. Ambos son de San Antonio de la Sombra, municipio de Ocosingo, donde "no hay brecha, ni luz". Para comunicarse con sus familias hablan a la caseta de Nueva Esperanza, a una hora y media, a pie, de su comunidad.

Los chiapanecos jornaleros en San Francisco trabajan un promedio de dos a tres días a la semana en labores de construcción y jardinería. Quienes llevan más tiempo ganan entre ocho y diez dólares la hora, los demás de seis a ocho dólares. El salario mínimo en la ciudad es de 8.62 dólares, pero los jornaleros insisten en recibir diez dólares la hora.

El hecho de que los chiapanecos acepten pagos más bajos (principalmente por ignorancia) ha creado problemas con el resto de trabajadores. Ahora, los de la César Chávez rechazan a los chiapanecos, quienes como nuevos inmigrantes todavía no entran en el sector formal de trabajo porque no tienen papeles chuecos.

"Me dijeron no usar documentos falsos", dice uno de los jornaleros después de no encontrar trabajo por varios días. El uso de estos papeles es ilegal, pero es común que los indocumentados los usen exclusivamente para emplearse. El hecho de que los chiapanecos no cuenten con ellos evidencia la poca experiencia que tienen en California.

En los últimos meses, dos chiapanecos solicitaron asilo político en los tribunales de migración en San Francisco. Al comprobar que habían sufrido "persecución en el pasado por su raza, religión, etnia, pertenencia a un grupo social en particular o su opinión política", ambos ganaron en el tribunal.

Hace unos años, Mayén llevó al albergue a un abogado de migración para explicarles que por provenir de la zona de conflicto varios tal vez podrían reunir los requisitos para tener asilo político. "No les interesaba, dice, porque muchos sí quieren regresar con sus familias".