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3 de octubre de 2005
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GARROTES Y ZANAHORIAS


LAS MALAS COSTUMBRES


Cerca de un cuarto de siglo después de haber entronizado en México su predominio ideológico, la tecnocracia financiera está descubriendo que la política es un horizonte inseparable de la economía. Guillermo Ortiz, gobernador del Banco de México (BdeM), es uno los principales diseñadores de la estrategia económica de los últimos cuatro gobiernos federales, y es uno de los garantes de su continuidad. En entrevista con los enviados de La Jornada a la reunión anual del Fondo Monetario Internacional, Ortiz reconoció que la falta de “acción política” figura entre los mayores problemas que enfrentan los responsables de la estrategia económica del país para sacar adelante sus propuestas. En el contexto de esta conversación queda claro que el señor Ortiz se refiere a la Política, con mayúscula, y no a la politiquería.

Tal reconocimiento sería un hecho anodino casi en cualquier país democrático, pero en México no. La larga tradición autoritaria, a cuya sombra se desarrolló la tecnocracia financiera mexicana, explica que los miembros de este grupo corporativo adviertan de tiempo en tiempo con sorpresa –y muchas veces con irritación– que sus preferencias y decisiones deben someterse al escrutinio e incluso al rechazo de otras instancias de la sociedad. En los buenos tiempos del régimen de partido casi único, la hipótesis de un cuestionamiento político efectivo de aquellas decisiones y preferencias estaba prácticamente descartada. Hoy las cosas son diferentes.

Incluso en un sistema institucional con tantas inconsistencias como el mexicano, el cumplimiento de las más elementales reglas de la división de poderes torna inoperantes los “usos y costumbres” que siguen presidiendo la facturación de la política pública en el ámbito de la economía. Aun en un escenario con menor crispación y menos ánimos de revancha, como el que existe en los tiempos de Vicente Fox, el gobierno debe negociar sus propuestas con otras fuerzas políticas y sociales representativas para asegurar la gobernabilidad de la economía. La normalidad democrática es ésta, y no los arreglos politiqueros, como los buscados, por ejemplo, en cierto desayuno con respecto a la reforma fiscal.

El déficit de acción política al que se refiere el gobernador del BdeM está en el origen de las grandes dificultades de gestión económica de Fox. Incluso un panista tan prominente como Felipe Calderón no se cansa de señalarlo. Varias veces ha dicho que la reforma energética no habría fracasado si el Presidente le hubiera confiado la operación política cuando él era secretario del ramo. Pero en éste como en los otros proyectos relevantes de la agenda económica foxista, se impusieron las malas costumbres de la tecnocracia financiera, de acuerdo con las cuales las decisiones de ésta primero deben acatarse y luego, si es necesario, se discuten.

Aquí el problema no es el estilo personal de gobernar del Presidente, sino la obsolescencia del proceso de formulación y ejecución de la política económica y financiera, cuyo andamiaje institucional permanece anclado en el viejo sistema político. Sistema cuyas malas costumbres se reproducen en las varias zonas de espesa bruma en que continúan tomándose decisiones estratégicas que afectan la vida de los mexicanos §

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