Usted está aquí: lunes 3 de octubre de 2005 Opinión El terror, triunfante

Editorial

El terror, triunfante

Los abominables atentados del sábado pasado en Bali, Indonesia, que dejaron una veintena de personas muertas y un centenar de heridos, constituyen un nuevo episodio de la cadena de ataques de esta clase efectuados por grupos fundamentalistas islámicos locales contra objetivos preponderantemente turísticos u occidentales. Es necesario recapitular: en octubre de 2002, con el telón de fondo de la ocupación militar de Afganistán y de los preparativos bélicos estadunidenses para invadir Irak, Bali fue sacudida por los estallidos de coches bomba que mataron a 202 personas, turistas occidentales en su mayor parte; en diciembre de ese año una explosión en un McDonald's dejó tres fallecidos y 14 heridos; en agosto de 2003, en el hotel Marriot de Yakarta 13 personas murieron y un centenar resultaron heridas por un potente artefacto explosivo; el primero de enero de 2004, en Sumatra, Aceh, una bomba mató a nueve e hirió a 33; en septiembre siguiente fue atacada la embajada de Australia en Yakarta, en un episodio que dejó nueve fallecidos y 182 heridos; en mayo de este año dos bombas colocadas en Tentena, en las Islas Célibes, dejó un saldo de 22 muertos.

Estos atentados, más otros equiparablemente atroces perpetrados contra centros turísticos de Africa, Medio Oriente y Asia, tienen un denominador común: se inscriben en la confusa, sangrienta y criminal guerra declarada por la Casa Blanca contra "el terrorismo internacional", al amparo de la cual Washington no sólo se ha dedicado a confrontar a los sectores más violentos del integrismo musulmán, sino que ha arrasado y ocupado dos países, ha atropellado de manera masiva la legalidad internacional y los derechos humanos, y ha generado jugosas oportunidades de negocio para la mafia empresarial que rodea al presidente George W. Bush. Al mismo tiempo, el gobierno de Estados Unidos ha multiplicado los escenarios del conflicto, ha empujado a otros países a participar en la guerra en curso, ha alentado el crecimiento de organizaciones terroristas a las que dice combatir, al otorgarles presencia y protagonismo mundial, y ha nutrido los justificados rencores históricos que recorren los ámbitos musulmán y árabe.

Si la ocupación de Afganistán no se tradujo en una reducción drástica de la presencia de expresiones violentas del integrismo en ese país, la invasión y la destrucción de Irak representó para los grupos cercanos a Al Qaeda una oportunidad inapreciable de operar en un territorio que hasta entonces les estaba vedado. En Asia Central y Oriente Medio Washington jugó y agotó sus cartas bélicas. Los think tanks de Estados Unidos saben que ya no quedan gobiernos a los cuales agredir en el terreno militar, a menos que se cometiera la insensatez mayúscula de atacar Irán, con los saldos de inestabilidad mundial y aliento al terrorismo que ello conllevaría, o Corea del Norte, donde ni siquiera hay musulmanes. Suficientes problemas tiene el país más poderoso del mundo en el pantano iraquí, del cual la administración Bush no tiene ya ninguna posibilidad real de salir airosa y triunfante, y en el que no hay más perspectiva, a corto o mediano plazos, que una retirada tal vez tan catastrófica como la invasión y la ocupación.

La Casa Blanca y sus fieles aliados occidentales se han quedado, pues, sin capacidad de respuesta ante esta otra barbarie de signo contrario a la emprendida por Washington, Londres y otros socios menores no en contra del terrorismo fundamentalista, sino de la vida, la dignidad y la soberanía de naciones islámicas. Una vez que la arrogancia, el colonialismo, la ignorancia, la violencia y el pragmatismo de los nuevos cruzados convencieron a los extremistas islámicos de que vale la pena morir con tal de causar daño a Occidente, no hay forma ­militar, policial, política ni diplomática­ de detener a corto plazo la estúpida carnicería en curso, en la cual mueren, sobre todo y de manera principal, personas inocentes, sean islámicas o cristianas, asiáticas, árabes u occidentales. Es enorme e indeleble la responsabilidad histórica de Bush, Tony Blair y demás gobernantes por haber llevado al mundo hasta la situación demencial en la que hoy se encuentra.

 
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