Usted está aquí: miércoles 5 de octubre de 2005 Opinión Ixmiquilpan: un patíbulo anunciado

Javier Aranda Luna

Ixmiquilpan: un patíbulo anunciado

Uno de los grandes temas pospuestos en el siglo XX y que dio inicio al XXI es el de la diversidad.

Como es bien sabido, el siglo XXI no comenzó en el 2000 sino el 11 de septiembre de 2001. El derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York nos recordó, de manera brutal, que el mundo del pensamiento único y del dios verdadero sólo existe en los regímenes autoritarios, y que el autoritarismo es una de las grandes pestes que no hemos podido erradicar.

Cientos de años vivimos pensando que la tierra era plana y lo fue para miles de personas. Nacieron, crecieron, tuvieron hijos y murieron con esa idea. Más aún, liquidaron a quienes no creyeron que el mundo fuera así. Desgraciadamente hoy todavía pensamos que no existe más deidad que la nuestra ni otra forma de ver al mundo que la que nos enseñaron. El otro, lo otro, lo diferente, lo distinto, sólo es digno -para el pensamiento autoritario-, de la exclusión, del desprecio y en el peor de los casos del exterminio.

El desprecio, la discriminacióny el exterminio son lo contrario de lo diverso, el contrapeso de la concordia y la tolerancia.

Por eso los homosexuales siguen siendo en muchas sociedades los desviados y los dignos de lapidación; por eso en varios estados del país se impide la educación pública por motivos religiosos a niños no católicos y la ayuda humanitaria llega con lentitud por cuestiones raciales como ha ocurrido, lamentablemente, en el caso de Nueva Orleáns. Ya eran pobres, nos recordó la madre del presidente George W. Bush después del desastre; le faltó agregar lo que todos sabemos: que ser negro, en aquel país es sinónimo de pobre.

Pero, ¿podríamos esperar otro trato a esas minorías si la inmensa minoría que representa 50 por ciento de la población mundial, sigue siendo invisible en nuestras sociedades? ¿Cuántas mujeres existen en puestos directivos de gobierno o empresariales? ¿Cuántas en puestos clave del mundo financiero? Si no somos justos con ellas, ¿podríamos serlo con otros sectores realmente minoritarios en el mosaico social? En países desarrollados como Estados Unidos, sólo 11 por ciento de las mujeres ocupan, digamos, puestos con cierta visibilidad.

La diversidad es, como apunté al principio, uno de los grandes temas de este siglo que comienza. No debemos soslayarlo pero, sobre todo, ya no podemos soslayarlo sin terribles consecuencias.

Si no hacemos nada, en 30 días podría ocurrir uno de los peores momentos de la intolerancia en el país. Podríamos vivir la crónica de una matanza anunciada

La ''comunidad'' de San Nicolás, en Ixmiquilpan, Hidalgo, decidió dar un plazo de un mes a una minoría de habitantes evangélicos para abandonar su pueblo, luego de impedir que construyeran un templo.

Naturalmente, como hizo Isabel la Católica con los judíos, la idea es expulsarlos y expropiarles sus propiedades porque según el delegado de la comunidad, Pablo Beltrán, ''no se vale que unas familias tengan tres mil y cuatro mil metros de tierra y no aporten nada a la comunidad'' . ¿Qué significa aportar? ¿Consumir aguardiente? ¿Financiar las fiestas de los santos en los que no creen? ¿Darles una parte de las tierras que trabajan simplemente por representar una minoría?

Por lo demás, ¿adónde quieren echarlos? ¿A Monterrey, donde también se impide la construcción de templos evangélicos? ¿A San Juan Chamula, donde se impide a los niños no católicos recibir educación pública o, en general, al estado de Chiapas, donde han sido expulsados 35 mil evangélicos? ¿O mejor al municipio de Mezquitic, Jalisco, donde amenazan a los protestantes con quemarlos vivos?

Pero no creamos que la intolerancia es privativa de ciertas regiones aisladas de la provincia mexicana. Aquí, en la capital del país, una poderosa empresa corre a los empleados que no profesan la fe católica y a las madres solteras.

Esas manifestaciones de intolerancia no deben existir en un estado de derecho. ¿Qué hacen los encargados de cumplirlo? Ya conocemos a las víctimas del odio religioso y a los grupos inquisidores. Lo que no conocemos es la autoridad que hará cumplir el estado de derecho. Y si los gobiernos locales y federales no sirven para mantener el estado de derecho, la seguridad de sus ciudadanos, ¿para qué sirven? Ahora que los precandidatos políticos quieren hacer que marche el país, y consolidar la democracia, ¿no convendría que abordaran problemas reales como el de Ixmiquilpan? Ojalá. Poco nos serviría como país reinaugurar esa vertiente de los crímenes de odio: el de la intolerancia religiosa.

 
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