409 ° DOMINGO 23 DE OCTUBRE DE 2005
 


El filósofo del socialismo humanista y democrático

Gracias a Sánchez Vázquez, sostiene el autor, los jóvenes intelectuales latinoamericanos de los sesenta conocieron "un marxismo vital, creativo, revolucionario, cuya rica historia, reprimida por el marxismo oficial del imperio soviético, ellos averiguarían un poco más tarde"

Bolívar Echeverría



Es difícil exagerar la importancia que tuvo la obra de Adolfo Sánchez Vázquez para los jóvenes intelectuales latinoamericanos de comienzos de los años sesenta. Sus ensayos sobre estética marxista y después, sus trabajos sobre los manuscritos juveniles de Carlos Marx, daban voz a un marxismo desconocido, vital, creativo, revolucionario, cuya rica historia, reprimida por el marxismo oficial del imperio soviético, ellos averiguarían un poco más tarde.

¿Por qué era tan importante entonces tener una prueba de que ese otro marxismo existía y podía desplegar y enriquecer su capacidad explicativa de la vida social e histórica? Esos jóvenes tenían la ilusión de que el renacimiento de la revolución iniciado por el levantamiento cubano que triunfó en 1959, podía profundizarse en el sentido de un socialismo libertario y alcanzar dimensiones planetarias que, esta vez sí podía realizar lo que el primer intento revolucionario, 30 o 40 años atrás, no había podido llevar a cabo: el ideal de construir una sociedad justa y libre.

Aleccionados en la polémica teórico política más apasionada de esa época, que tenía lugar en la opinión pública francesa, esos jóvenes entraron en una actividad política impaciente y radical que se mantuvo encendida durante algunos años. Para muchos de ellos, agotaría tempranamente su ciclo a partir de 1967 y la muerte del Che Guevara y, sobre todo, después de las brillantes y trágicas experiencias de 1968.

Admiradores de Jean Paul Sartre, cuya argumentación política impugnadora de las falacias de la "democracia occidental" avanzaba hasta un punto en el que se abría para ella un gran vacío. Llegaban ante una pregunta: ¿Los actos de todo tipo de rebeldía que se daban contra el orden establecido, con los cuales esos intelectuales se comprometían apasionadamente, estaban condenados a repetir el esquema del mito de Sísifo reactualizado por Albert Camus: a encenderse y a ser apagados sin dejar huella, unos junto a otros, sin tocarse; unos después de otros, sin transmitirse? ¿No había un medium objetivo que los comunicara entre sí, un nudo objetivo en el que decantaran los efectos de todos ellos, que estuviera dotado de alguna permanencia y les permitiera solidarizarse unos con otros y aprender unos de otros? ¿No había una historia común que permitiera a la más incierta de las huelgas, planteada en el último rincón de los Andes, saber que su audacia no estaba sola sino que formaba parte de una mucho mayor, de alcances planetarios, cuya amplitud y coherencia permitían contar con la victoria, si no aquí y ahora, sí en un futuro de mediano plazo?

¿Había alguien que pudiera afirmar y demostrar la existencia de una realidad objetiva dotada de esta consistencia; de una historia compartida capaz de interconectar los actos y retener los efectos de las muchas rebeldías, de juntarlos a todos sobre un mismo escenario y permitirles así articular coherentemente una rebelión conjunta, una revolución? ¿Qué propuesta teórica podía reconocer y hablar en esos días de este peculiar mundo de objetos al que cien años atrás Marx había reconocido como "el mundo de la producción de la riqueza social" y cuya "forma o modo capitalista" había criticado radicalmente? El "marxismo", esa doctrina que afirmaba basarse en la teoría de Marx y que, para finales de los años cincuenta, había acompañado de manera dogmática y apologética la larga serie de crímenes monstruosos exigidos por la recomposición del Imperio Ruso y perpetrados en nombre del socialismo.

¿Podía tener ese modelo una propuesta teórica capaz de reactualizar para los nuevos tiempos esa visión crítica de la civilización capitalista en la que se había empeñado Marx? A los ojos de esos jóvenes intelectuales era obvio que no.

Eso que se hacía llamar marxismo no tenía para ellos absolutamente nada que ver con una teoría del fundamento objetivo de la revolución como la que requería la radicalización y ampliación de la Revolución Cubana. Era una construcción especulativa endeble ­unidad de "dialéctica materialista y materialismo histórico", de "filosofía y ciencia"­ y, en términos teóricos, esos jóvenes intelectuales sentían vergüenza ajena por ella.

Aunque, por otro lado, no dejaban de percibir que, si bien se trataba de un corpus pesado e inútil, que pretendía ocupar un lugar genuino; un lugar bloqueado que reclamaba abrirse y airearse para dar juego a la teoría revolucionaria.

Sólo a la luz de esta necesidad apremiante de una teoría compartible por todos los que impugnaban el orden establecido y capaz así de reunirlos puede entenderse y apreciarse la importancia que tuvo para esos jóvenes intelectuales el aparecimiento de una obra marxista como la de Adolfo Sánchez Vázquez. A partir de ella se volvía indudable que un marxismo diferente del que se había establecido como ideología del "socialismo soviético" era posible.

La obra de Adolfo Sánchez Vázquez insistía entonces, como lo hace ahora, en dos contenidos esenciales de la teoría de Marx, íntimamente conectados entre sí: en el carácter creativo de la praxis humana y en la necesidad de una orientación esencialmente humanista y democrática de la actividad política socialista.

Los primeros aportes de Sánchez Vázquez a un nuevo marxismo se dieron en el campo de la estética y la teoría del arte. En abierta polémica con las posiciones del marxismo soviético, resumidas por el teórico ruso Zhdanov, que aplicaban al terreno del arte la teoría del conocimiento como un mero reflejo de la realidad, Sánchez Vázquez defendió la idea de que el arte, al ser la versión más depurada de la praxis humana, muestra en su pureza el carácter creativo de la misma. Si algo distingue al ser humano de los demás seres es, según Sánchez Vázquez, el hecho de que es capaz de crear un mundo propio, el mundo de lo social, autónomo del mundo natural. La dignidad humana, lo mismo individual que colectiva, reside en la libertad que es propia de todo creador. La reivindicación de esta dignidad en lo concerniente a la esencia y la función del arte fue para Sánchez Vázquez el primer paso en la elaboración de la obra que es seguramente su mayor contribución a la teoría marxista, su Teoría de la praxis.

Las implicaciones políticas de su rebelión contra el marxismo oficial eran evidentes tanto para sus censores del partido o sus admiradores universitarios. Si la creatividad es el rasgo distintivo de lo humano, manifiesto lo mismo en el individuo que en la colectividad, toda propuesta política y toda realización política que incluyan en su estrategia una subordinación del ejercicio libre de esa creatividad a necesidades pragmáticas de la construcción y el mantenimiento de un orden social resultan absolutamente condenables. El socialismo, comenzó a defender ya desde entonces Sánchez Vázquez, o es humanista, es decir, democrático, afirmador de la autarquía de un pueblo compuesto de individuos todos ellos creadores, o no es socialismo.

Las grandes líneas de un pensamiento renovador del marxismo quedaron planteadas ya en los sesenta por Sánchez Vázquez. Ideas en las que ha seguido trabajando incansablemente y en las que, con la generosidad de un filósofo verdadero, ha dado ánimos para que avancen otros proyectos diferentes del suyo.



Entrevista con Stefan Gandler
El intelectual de la emancipación

Estudioso de la obra de Adolfo Sánchez Vázquez, Stefan Gandler, autor del libro Marxismo crítico en México (de próxima aparición), reconstruye la relampagueante biografía del filósofo, destacada figura del marxismo latinoamericano. Describe al joven poeta revolucionario que rencontró la filosofía gracias a la generosidad de México que acogió al exilio español y detalla con entusiasmo la trayectoria intelectual y política del maestro


Adolfo Sánchez Vázquez nace el 17 de septiembre de 1915 en Algeciras, provincia de Cádiz, España. Estudia el bachillerato en Málaga, ciudad con tradición de lucha social y política. Ahí realiza sus primeras incursiones en la literatura y en la política, en la Federación Universitaria Española y, a partir de 1933, en el Partido Comunista Español (PCE).

Ese año publica su primer poema en Octubre, revista que dirige Rafael Alberti. En 1935 se traslada a Madrid para estudiar filosofía en la Universidad Central. Participa en círculos literarios donde conoce a Pablo Neruda. Colabora en la sección literaria de Mundo Obrero, diario del PCE y edita dos periódicos "político-literarios": Línea, en Madrid con José Luis Cano y Sur en Málaga, con Enrique Rebolledo. En vísperas de la guerra civil escribe su libro de poesía El pulso ardiendo (publicado en México en 1942).

En la Universidad Central dirigida por el filósofo José Ortega y Gasset, se acerca al marxismo a través de la poética y la política, con textos de Carlos Marx, traducidos por Wenceslao Roces.

En esa época de crispación, el joven Sánchez Vázquez vive una politización precoz.

En julio de 1936 estalla la guerra civil. Como miles de españoles, se lanza a defender al gobierno de la República. La guerra lo alcanza en Málaga y cuando ésta cae en manos de las fuerzas de Franco, se traslada a Valencia donde se hace editor de la revista Octubre. Después, es nombrado responsable del diario Ahora, de la Juventud Socialista Unificada (con medio millón de ejemplares). Tiene apenas 21 años.

Stefan Gandler cita a Sánchez Vázquez sobre esa experiencia: la redacción "quedaba en medio de las instalaciones artilleras republicanas y las del enemigo, razón por la cual tuve que acostumbrarme a escribir artículos de fondo y comentarios entre duelos ensordecedores de cañones".

En julio de 1937 participa en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Madrid donde conoce a André Malraux, Octavio Paz, César Vallejo, Louis Aragón, Anna Seghers y Nicolás Guillén, entre otros.

"El batallón del talento"

En septiembre de 1937 se incorpora a la 11ª División bajo las órdenes de Enrique Líster y edita el periódico ¡Pasaremos! En diciembre de ese año participa en la batalla de Teruel, uno de los triunfos republicanos más importantes. Al año siguiente, Líster y su grupo comandan el V Cuerpo del Ejército, a Sánchez Vázquez le toca dirigir la revista Acero, al tiempo que participa en "el batallón del talento", formado por poetas, periodistas, dibujantes y escultores. "No sólo empleaban la pluma sino también la bomba y el fusil si la situación lo exigía", escribió Líster, cita Gandler.

Sánchez Vázquez participa en la batalla del Ebro y tras la derrota republicana, cruza los Pirineos rumbo a Francia. Tiempo antes, envía ayuda al poeta Antonio Machado.

Pasa varios meses refugiado en territorio francés.

En mayo de 1939, el presidente Lázaro Cárdenas anuncia que México acogerá a los refugiados. A fines de ese mes, Sánchez Vázquez y cientos de españoles más parten a bordo del Sinaia, rumbo a Veracruz.

Sánchez Vázquez escribió que este país hizo posible "una salida a la angustia y a la desesperanza".

Con otros exiliados, a sus 25 años, Sánchez Vázquez funda en 1940 Romance, Revista Popular Hispanoamericana; colabora en Taller, dirigida por Octavio Paz y en la revista España Peregrina.

"Mantiene un vivo intercambio con Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia, José Gaos y Joaquín Xirau", cuenta Gandler.

En 1941 se traslada a Morelia en cuya universidad, dirigida por Eli de Gortari, imparte clases de filosofía. En 1943 renuncia en solidaridad con el rector, atacado por sectores conservadores de Morelia.

De regreso a la ciudad de México, "para ganarse la vida hace de todo", relata Gandler. Reanuda sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sánchez Vázquez describe: con "la perspectiva de un largo exilio... sentí la necesidad de consagrar más tiempo a la reflexión, a la fundamentación razonada de mi actividad política, sobre todo cuando arraigadas creencias ­en 'la patria del proletariado'­ comenzaban a venirse abajo. De ahí que me propusiera por entonces elevar mi formación teórica marxista y prestar más atención a la filosofía que a las letras".

Auxilia en su cátedra a Eli de Gortari de 1952 a 1955, año en que obtiene la maestría con Conciencia y realidad en la obra de arte, todavía influida por la ortodoxia marxista.

"Dudar de todo", nueva postura teórica y política

"En el mundo hispanoamericano, Sánchez Vázquez personifica la ruptura con el marxismo oficial", dice Gandler. Varios acontecimientos lo distancian del dogma soviético: el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (que denuncia los crímenes de Stalin), la revolución cubana en 1959 y el aplastamiento de la primavera de Praga en 1968.

"A partir de esos hechos, Sánchez Vázquez dimite a sus cargos del PCE y empieza a desarrollar su crítica a ese marxismo y sus consecuencias prácticas", afirma Gandler.

Entonces se esfuerza por "volver al Marx originario y tomar el pulso a la realidad para acceder al marxismo concebido como filosofía de la praxis", escribió después.

En 1959 es maestro de filosofía de tiempo completo en la UNAM. En Vida y Filosofía ­cita Gandler­ Sánchez Vázquez habla de su dedicación intensa "hacia un pensamiento abierto, crítico, guiado por estos dos principios del propio Marx: 'dudar de todo' y 'criticar todo lo existente'", incluyendo a Lenin y al propio Marx.

En 1965 aparece Las ideas estéticas de Marx, que cuestiona el realismo socialista. Presenta su tesis de doctorado que dos años más tarde aparecerá como Filosofía de la praxis, su obra fundamental.

Presenta su examen en un auditorio abarrotado, ante José Gaos, Wenceslao Roces, Eli de Gortari, Luis Villoro y Ricardo Guerra. La "auténtica batalla de ideas" se prolonga por cinco horas (un récord en la UNAM).

El movimiento estudiantil de 1968 inspira su libro Etica. "Aunque fue aplastado, el movimiento del 68 cambió la fisonomía política del país y desde entonces la UNAM ya no fue la misma. El marxismo con su filo crítico y antidogmático se convirtió en una de las corrientes más vigorosas del pensamiento en la UNAM", escribió en Vida y Filosofía.

Entre 1973 y 1981 edita una colección de libros en editorial Grijalbo que da a conocer en América Latina a muchos pensadores europeos heterodoxos. Participa en diversos congresos internacionales e inicia los Coloquios Nacionales de Filosofía. Comienza a ser reconocido en el ámbito internacional.

Se relaciona con la revolución sandinista, imparte conferencias y discute con los dirigentes sobre la democracia y el socialismo.

En 1984 la Universidad Autónoma de Puebla le otorga el doctor honoris causa, al año siguiente la UNAM lo nombra profesor emérito. En 1989 España lo distingue con el premio la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y le confieren doctorados honoris causa las universidades de Cádiz (1987) y la de Educación a Distancia (1993). En 1998, la UNAM le otorga este mismo nombramiento.

Fiel a su tradición de combinar la reflexión y el compromiso, en 1996 Sánchez Vázquez es invitado como asesor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Hasta el día de hoy, Adolfo Sánchez Vázquez dicta seminarios para posgraduados en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y "sigue apoyando las luchas por la emancipación, así como la comprensión teórica indispensable para ello", apunta Stefan Gandler.

En su autobiografía ­citada por el filósofo austriaco­, Sánchez Vázquez anota: "Muchas verdades se han venido a tierra; ciertos objetivos no han resistido el contraste con la realidad y algunas esperanzas se han desvanecido. Y, sin embargo, hoy estoy más convencido que nunca que el socialismo ­vinculado con esas verdades y con esos objetivos y esperanzas­ sigue siendo una alternativa necesaria, deseable y posible".



Entrevista con Gabriel Vargas Lozano
Filósofo universal

Las contribuciones filosóficas de Adolfo Sánchez Vázquez lo convierten en un pensador universal. Filosofía de la praxis, su obra fundamental, tiene una dimensión mundial, sostiene Gabriel Vargas Lozano, uno de sus discípulos


­¿Cuáles son las influencias intelectuales de Adolfo Sánchez Vázquez?

­ En 1935 estudia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. Al principio quería ser poeta y revolucionario. Fue hasta que reinició sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (1944) para cursar letras españolas y luego filosofía, que encuentra a un "marxista de carne y hueso", Eli de Gortari, de quien es ayudante de cátedra. Eli sostenía las tesis del materialismo dialéctico. José Gaos también fue importante por sus estudios sobre Hegel, su reflexión en torno a Heidegger y su búsqueda de una filosofía hispanoamericana. La obra de Marx que más influyó en su concepción filosófica fue Manuscritos económico-filosóficos de 1844, que diera a conocer otro gran desterrado-transterrado: Wenceslao Roces. A esas influencias hay que agregar muchísimos autores de la ética, la estética, la filosofía política y el marxismo en general.


Con Max Aub en una reunión de exiliados españoles, México, 1968.

­¿Cómo evoluciona su obra?

­Hasta fines de los sesenta estuvo influido por el materialismo dialéctico. En 1955 presenta su tesis de maestría y traduce a varios autores. A raíz de acontecimientos como el "Informe secreto de Jrushov", la Revolución Cubana y la invasión soviética a Checoslovaquia, así como la profundización en las obras filosóficas de Marx, cobra una conciencia crítica del marxismo como teoría y como práctica. Producto de este proceso son Las ideas estéticas de Marx (1965) donde muestra aspectos inexplorados de la concepción estética del clásico, y su Antología sobre estética y marxismo, que presenta una variedad muy rica de posiciones como las de Georg Lukács; Bertold Brecht; Della Volpe; Lotman y tantos otros. Este fue un golpe mortal a la estética del realismo socialista.

En 1967, Sánchez Vázquez publica su Filosofía de la praxis, su aportación fundamental.

­¿Cuál es su aporte al pensamiento filosófico?

­A mi juicio, la contribución de Sánchez Vázquez a la filosofía es la precisión de que la concepción de Marx debe entenderse como una filosofía de la praxis. Según el clásico, la filosofía hasta Hegel había sido entendida como interpretación del mundo que no se preocupa por la transformación de la realidad. Marx, en cambio, interrelaciona, en forma dialéctica, un discurso crítico que implica economía, filosofía y política e indica las fuerzas portadoras de una concepción para la realización de una nueva sociedad. Sánchez Vázquez, distinguiendo su planteamiento del materialismo dialéctico que entendía a la filosofía como ciencia de las ciencias; de las concepciones humanistas de Schaff, de las tesis de Lukács, Sartre o Marcuse y de la interpretación de Althusser; fundamenta lo que Marx había dejado implícito en su obra y plantea, en su Filosofía de la praxis, una serie de formas de desarrollo de ésta.

Ahora bien, si quisiéramos hacer una afirmación en torno al valor de la filosofía de la praxis, se trata de una de las concepciones más originales surgidas en México en el siglo XX y que cobra dimensión a nivel universal.

­¿Cuál es su influencia en el pensamiento marxista contemporáneo?


En el frente de Cataluña en 1939. Con Manuel Vidal, Fernando Claudín y Manuel Azcárate

­A finales del siglo XX, el marxismo sufrió el golpe más severo: el derrumbe del llamado socialismo real. En aquellas sociedades se pretendió construir la nueva sociedad en condiciones de atraso, a lo que se agregó el aislamiento de la Revolución Rusa, a partir de la derrota de la revolución en Alemania e Italia y el surgimiento del fascismo y del stalinismo. Lo que se desarrolló no fue ni capitalismo ni socialismo, sino una forma de industrialización no socialista que se autoproclamó la expresión más genuina del marxismo y del socialismo. Una tradición de autores que arranca con Sartre, Trotsky, Sacristán, Bahro, Marcuse y muchos otros, realizaron críticas a aquellos regímenes, pero Sánchez Vázquez consideró que por razones teóricas y prácticas aquellas sociedades no podrían llamarse "socialistas". Sus posiciones fueron vistas, en su momento, como una gran herejía, pero el tiempo le dio la razón. Es por ello que su obra se mantuvo vigente a pesar del neoliberalismo salvaje que siguió. Lo que murió bajo las ruinas del Muro de Berlín fue la dogmatización del marxismo pero no su versión más genuina crítica y autocrítica. Hoy el marxismo se encuentra marginado y por ello, los homenajes que se están haciendo a Sánchez Vázquez deberían servir para reivindicar también al marxismo crítico en la propia izquierda.

­¿Y sus reflexiones sobre la Ética y la dimensión moral del marxismo?

­Esta pregunta es muy importante. A nombre del marxismo se han cometido crímenes terribles, que tuvieron que ver con una deformación del marxismo crítico. Obviamente, las concepciones dominantes omiten las matanzas realizadas a nombre del cristianismo o del liberalismo y la democracia, aunque esto no es ningún consuelo. La reivindicación de la dimensión moral del marxismo y la izquierda planteada por Sánchez Vázquez es esencial. El filósofo analiza a Klausewitz, Maquiavelo, Kant, Weber, Habermas y pone de manifiesto la importancia de la libertad y autonomía individual y social; reivindica el valor de un socialismo democrático y la necesidad de racionalizar fines y medios. Recuerdo su reivindicación de los derechos humanos pero condenando su uso faccioso y unilateral que hace el gobierno estadunidense.

­¿Y el maestro formador de generaciones de filósofos?

­A través de sus clases, sus alumnos hemos asistido al nacimiento de sus obras y de sus reflexiones críticas; a través de su obra ha defendido al marxismo crítico frente a la filosofía analítica, el posmodernismo, el estructuralismo y el propio marxismo dogmático; en las luchas políticas de 1968, en la construcción del sindicalismo universitario y en los movimientos estudiantiles más recientes, siempre intervino ofreciendo sus luces para preservar la función social de la universidad pública y la autonomía de cátedra. Su mejor enseñanza ha sido no haberse doblegado ante las ideologías dominantes y haber desarrollado un pensamiento creativo.

Gabriel Vargas Lozano, profesor-investigador del Departamento de Filosofía de la Universidas Autónoma Metropolitana-Iztapalapa; co-director de la revista Dialéctica y ex presidente de la Asociación Filosófica de México. Autor de diversos ensayos sobre la obra de Adolfo Sánchez Vázquez.



Entrevista con Jorge Juanes
El militante antidogmático

"En la crisis que vive hoy la izquierda, afirma el entrevistado, el espíritu crítico de Sánchez Vázquez podría ayudar a la renovación de su pensamiento y de su proyecto emancipador"


"Conocí a Adolfo Sánchez Vázquez como exiliado español y como comunista. Fue fundamental en mi formación teórica", dice el crítico de arte Jorge Juanes, hijo de refugiados republicanos y discípulo del filósofo a quien reconoce "su honestidad e independencia".

"Mis padres eran comunistas y yo estaba en las juventudes del Partido Comunista, así que tuve muchas oportunidades de escuchar a Sánchez Vázquez y de ver su independencia frente a las posiciones oficiales del partido. Se atrevía a discrepar en un ambiente muy cerrado. Era una relación muy cercana como parte de la familia comunista en el exilio", recuerda.

"El PCE mantuvo una relación orgánica con su dirección que tenía su sede en la Unión Soviética. Sánchez Vázquez se hace filósofo en México, pero no abandona nunca la lucha contra el franquismo y a ello ocupa gran parte de su vida".


México, enero de 1940. En la aparición de la revista Romance con Martín Luis Guzmán, Antonio Sánchez Barbudo, Juan Rejano, José Mancisidor, entre otros

Interesado en la filosofía y el arte, Juanes se acercó a la obra del maestro. "Mi primera relación teórica fue con su tesis Conciencia y realidad en la obra de arte (1955). A pesar de la influencia de los dogmas marxistas de la época, Sánchez Vázquez ya defendía algunas ideas de estética y arte que eran el embrión de una salida frente a la asfixa estalinista. En ese libro habla del conocimiento científico del arte frente a la imposición de normas, es decir, frente a los discursos de poder autoritarios y verticales que establecen de modo arbitrario lo que es el ser del arte. Esta era la defensa de un realismo abierto.

"Entonces, el debate en la izquierda sobre el arte era pobre y maniqueísta, el realismo se identificaba con las fuerzas revolucionarias empeñadas en cambiar el mundo. Lo que se llamaba abstraccionismo y formalismo se consideraba un arte de fuga que olvidaba los problemas reales y servía a los fines del capitalismo. Esta polémica maniqueísta duró 40 años. En México fue muy fuerte. Ahí están los textos de Siqueiros, que habla de las vanguardias y que considera a los defensores de este arte libre como enemigos del socialismo. Y Sánchez Vázquez disiente de estos dogmas conservadores y reaccionarios, enemigos del arte.

"Durante diez años suceden cosas que sacuden al movimiento comunista (la revelación de los crímenes de Stalin, la Revolución Cubana y el surgimiento de alternativas dentro de la izquierda). Sánchez Vázquez trabaja ese tiempo, en silencio, sobre el replanteamiento de estas ideas del arte y la filosofía que lo lleva a sacar en los años 60 y 70 una serie de libros sucesivos que contribuyen a la renovación del marxismo y a romper definitivamente con el marxismo estalinista.

"Aparecen Las ideas estéticas de Marx, fundado en la lectura de los manuscritos de 1844. También la Filosofía de la praxis, su tesis doctoral, que cuestiona las concepciones mecanicistas, fatalistas, que hablan del derrumbe del capitalismo, de la inevitabilidad del socialismo. Sánchez Vázquez plantea que el socialismo es algo que se tiene que construir, una práctica que se tiene que organizar, con la praxis, como idea central en el marxismo", describe el autor de Hölderlin y la sabiduría poética.

"Aparece Estética y marxismo y El Joven Marx, que influyen en mi generación. Gente como Bolívar Echeverría, Carlos Pereyra, Roberto Escudero, asistíamos a los cursos de Sánchez Vázquez sobre el joven Marx y de estética.

"El pensamiento de Sánchez Vázquez fue una sacudida para la izquierda en México, porque era muy dogmática, dependiente del marxismo soviético. A partir de ello, algunos emprendimos el seminario del Capital en la Facultad. La apertura de Sánchez Vázquez inspiró el trabajo de todos nosotros, él abrió el camino.

"En la crisis que vive hoy la izquierda, el espíritu crítico de Sánchez Vázquez podría ayudar a la renovación de su pensamiento y de su proyecto emancipador", concluye el filósofo Jorge Juanes .