Usted está aquí: martes 29 de noviembre de 2005 Mundo Cumbre mediterránea

Pedro Miguel

Cumbre mediterránea

Un dato para ilustrar los problemas de ingeniería conceptual que enfrentan en la hora actual los gobiernos del mundo: en la Cumbre Euromediterránea, que terminó ayer en Barcelona con la participación de 35 estados -todos los integrantes de la Unión Europea (UE), más nueve países de la ribera sur del Mediterráneo, y uno que no ha logrado serlo: Palestina- se adoptó un Código de Conducta Antiterrorista en el que, por primera vez, europeos, árabes e israelíes se pusieron de acuerdo en lo que, en palabras del anfitrión, José Luis Rodríguez Zapatero, "supone un llamamiento a la comunidad internacional para que nadie pueda asimilar la violencia y el terrorismo a ninguna religión, cultura o pueblo". Bravo. El único problemita que quedó pendiente fue la definición de terrorismo. El gobierno de Tony Blair, que ejerce la presidencia rotativa de la UE, consideraba inaceptable cualquier fórmula que implicara un reconocimiento a los grupos de resistencia y liberación como forma legítima de lucha violenta.

De modo que el terrorismo ha sido repudiado por enésima ocasión. Ello no impedirá, por supuesto, nuevos descuartizamientos de civiles judíos por los grupos palestinos radicales, ni los asesinatos de civiles palestinos que el régimen de Tel Aviv practica por mero deporte, ni corregirá la participación de Londres en las masacres regulares de civiles iraquíes, ni borrará las responsabilidades de Rabat por el mantenimiento de una ocupación violenta que se basó en el bombardeo de civiles saharauis con fósforo blanco, una sustancia que es arma química o no, dependiendo de que la use Saddam Hussein o Washington y sus aliados, y de acuerdo con las necesidades discursivas de la coyuntura. Cada uno de los bandos seguirá esgrimiendo sus deslindes de siempre: lo que hacen no se llama terrorismo, sino combate al terrorismo, o bien liberación nacional, o bien medidas de seguridad o, incluso, cuando las carnicerías resulten demasiado escandalosas, accidente y bajas colaterales.

Bajo las alfombras rojas del centro de convenciones de la Ciudad Condal quedó más de un siglo de discusiones sobre lo que es y no es este fenómeno, que logró su nombre actual en la segunda mitad del XIX, en el contexto de los descontentos sociales prebolcheviques, pero que es mucho más viejo. Desde luego, todos los asistentes al encuentro mediterráneo se esmeraron en eludir la existencia de un terrorismo de Estado -los promotores de esta actividad prefieren describir a sus adversarios como "estados terroristas"-, por no hablar de extensiones lógicas del concepto, como -¿por qué no?- el terrorismo fiscal.

Afuera de los salones del encuentro, algunos altermundistas de siempre, más otros, manifestaron casi sin consecuencias su repudio al establecimiento de un orden internacional que pasa por la creación de una cuenca mediterránea "del capital y de la guerra", según decía, en catalán, una de las pancartas. La manifestación principal fue encabezada por la maravillosa fabulista egipcia Nawal Saadawi y un asistente anónimo portaba en su chamarra una leyenda esclarecedora: "Los pobres no tenemos patria". Ni representación real, habría que agregar, entre los encorbatados que se dieron cita en el centro de convenciones.

Quiso la realidad que, justo en momentos en que los dignatarios y los empleados menores enviados por la mayoría de los gobiernos árabes -una intriga de Blair, se quejaron los españoles- reducían los flujos migratorios a frases ingeniosas, seis africanos se ahogaran cuando la embarcación precaria en la que navegaban con rumbo a la subsistencia se hundió por efecto de un fuerte oleaje. Eso ocurrió fuera del Mediterráneo y muy lejos de Barcelona: 400 kilómetros al sur de Gran Canaria, para ser exactos. No tuvo, por tanto, nada que ver con el exitoso encuentro clausurado ayer entre brindis y declaraciones trascendentes.

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