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Teresa del Conde

Rodolfo Hurtado (1943-2005)

Grabador y pintor, con estudios en el Pratt Graphic Center y con práctica litográfica en el Stanley William Hayter de París, este artista no obtuvo el renombre que siempre pretendió y que, por razones del destino, no alcanzó, pese a contar con un grupo reducido de coleccionistas y que diversas personas nos ocupamos de su trabajo -no sólo escribiendo-, sino promoviéndolo con los medios a nuestro alcance.

Expuso individualmente en el Museo de Arte Moderno en 1986; más adelante el Museo de la Estampa exhibió una nutrida serie de grabados y obra sobre papel, y hace un par de años en la Casa Lamm mostró su obra reciente, acompañada de un decoroso catálogo. Participó en numerosas colectivas y obtuvo premios.

Conocí rumores sobre su enfermedad (cáncer de pulmón) por Carlos Monsiváis en Puerto Rico durante un simposio de crítica de arte que tuvo lugar allí. Me fueron confirmados posteriormente en Oaxaca, cuando ya el artista había fallecido. Ni siquiera conocemos la fecha exacta de su muerte, motivo por el cual escribo esta nota con carácter de in memoriam, porque ni siquiera sus colegas próximos están enterados del fin de su paso por la tierra.

Conocí a Rodolfo Hurtado por el doctor Sergio Fernández, maestro emérito de la Facultad de Filosofía y Letras, admirado especialista del Siglo de Oro y escritor notable hace unos 25 años. Rodolfo era tímido, pero a la vez podía ser irónico y mordaz. Sus dibujos estilo hai ku me parecían hermosos y en cierta ocasión, no hace mucho, Carlos Monsiváis, Jorge Alberto Manrique y yo le ayudamos a realizar una selección (los tenía por centenares) para exhibirlos.

Lo hicimos de forma alternada y posteriormente Hurtado y yo cotejamos las respectivas selecciones. El procedimiento no resultó malo: nuestras respectivas muestras coincidieron en 60 por ciento, pero esa exposición ya no se concretó debido a que fue precisamente entonces cuando empezó a presentar problemas graves de salud. Inicialmente se le diagnosticó diabetes, una diabetes severa que no se ocupó de cuidar. Fue después que se surgió el mal pulmonar, que resultó ser cáncer y que se lo llevó (afortunadamente) en corto tiempo. Hasta donde sé, no dejó de fumar.

Hurtado, egresado de La Esmeralda -donde, por cierto, conoció a Irma Palacios- hizo gala de una personalidad conflictiva y a la vez interesante. Algunos lo ayudamos a paliar el dolor que le produjo la muerte de su madre (a quien literalmente adoraba), cuya silla de ruedas permaneció por años a su vista. Tal era el afecto fetichista y radicalmente edípico que le prodigó.

No lo negaba, era lo suficientemente inteligente para conocer sus propios intríngulis. Acudió a tratamiento sicoanalítico y tuvo la mala suerte de que su doctor muriera repentinamente, algo que le produjo gran perplejidad y sentimientos graves de inseguridad.

Por consejo de algunos acudió después a tratamiento sicoterapéutico con una mujer especialista.

Desde mi punto de vista su mejor época de pintor corresponde a la segunda mitad de la década de los 70 y primera de los 80. Sus obras al óleo de pequeño formato pueden ser maravillosas, no así las de formato amplio, aunque las había de muy buen nivel. Como grabador en diversas técnicas no decayó nunca, cosa que llegó a aceptar incluso Francisco Toledo.

Existió la moción de presentar una pequeña retrospectiva de su gráfica en el IAGO, que no se llevó a cabo debido, entre otras razones, a que Hurtado era bastante terco y resultaba difícil reunir la colección de manos de varios particulares, a quienes se rehusó a molestar. A veces no editaba, sino que hacía sólo pruebas de autor sin llegar al tiraje.

Tuvo cuatro hermanos y sobrevivió a dos de ellos. Le dolió la muerte de su hermana más querida, que falleció también de cáncer. De muy joven, me dicen sus amigos, "era extremadamente bonito", y en una ocasión se presentó a cierta inauguración personificando al actor principal de la película Naranja mecánica (de Stanley Kubrik), con quien guardaba parecido.

Es decir, se maquilló a conciencia un ojo, incrustando pestañas postizas y dejó el otro tal cual. Era buen lector y su conversación se encontraba salpicada de anécdotas. Admiraba a Rufino Tamayo con dedicación absoluta y en cierto momento acusó influencia suya.

Que descanse en paz quien tuvo en vida una trayectoria azarosa que le impidió ese reconocimiento que tanto buscó. A sus familiares, amigos cercanos y conocidos, especialmente a su sobrino, un sentido pésame.

 
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