Usted está aquí: martes 20 de diciembre de 2005 Política Desigualdad y déficit ciudadano

José Blanco

Desigualdad y déficit ciudadano

En este espacio hemos acumulado -como otras voces en sus espacios propios- datos de diverso tipo, análisis y reflexiones mil sobre la desigualdad socioeconómica persistente de México. Sabemos que América Latina es el continente con mayores desigualdades del mundo, uno de nuestros mayores horrores frente al resto del planeta, una vergüenza infinita que nadie siente.

En México nadie es responsable de los grados de desigualdad existentes. Más aún, la mayoría de los ricos creen que los pobres lo son por tontos, lo que quiere decir que ellos se sienten los más inteligentes: a ese grado llega su torpeza y su ignorancia. Por supuesto que abunda quien cree que los indios son pobres porque son indios. La "evidencia" la tienen a la vista. El norte del país, con una muy baja proporción de población indígena, posee sensiblemente más escolaridad y en general un claro mayor desarrollo económico que el llamado "sureste" (que, dicho sea de paso, incluye a Yucatán, cuya capital está ubicada más al norte que el Distrito Federal). Nunca caen en la cuenta de que ahí donde existen las condiciones de trabajo, los puestos necesarios, los instrumentos requeridos, los pobres tontos mexicanos generan y envían miles de millones de dólares a su país.

Uno tras otro gobiernos se la han pasado hablando del "combate a la pobreza", pero jamás del combate a la desigualdad, que es el único combate que tiene sentido para superar las fracturas sociales y políticas, verdadera amenaza estructural de fragmentación del país. Cada seis años inventamos un nuevo programa para el tal "combate a la pobreza", mientras en la miseria, en el precarismo, caben cada año más mexicanos.

Se cree -o se nos quiere hacer creer con procaz ineptitud- que la riqueza de los ricos nada tiene que ver con la pobreza de los pobres. Y si es así nadie es responsable. Opiniones muy amplias en la sociedad pueden referirse tranquilamente al problema como "así es la vida", "la vida es dura para muchos", "no todos caben en la rueda de la fortuna". Opiniones perversas más ubicadas en la franja de los ricos expresan, como decía, que los pobres lo son por tontos: desvergüenza, y ríos de ignorancia supina de su parte.

Todo el tramo de historia mexicana con un Estado-partido (el casi único), los ricos tuvieron la certidumbre de un gobierno cuya ideología conllevaba la idea de que hacer empresarios ricos: eso era el desarrollo. Por esta vía los políticos hicieron también su propia acumulación, mediante un vasto repertorio de mecanismos de corrupción que se volvieron cultura nacional, y que desarrollaron los genes mexicanos del robo, la tranza y la trácala, más allá del color del partido desde el que sus militantes buscan con desazón infinita el poder.

Según los gobiernos del Estado corporativo, para la promoción empresarial (la acumulación de capital), no había más remedio que, entre otras cosas, mantener deprimidos los salarios, y sostener por un plazo infame la política agraria de los "precios de garantía": así el poder trocó la pobreza histórica de los siglos de la Colonia, en la moderna desigualdad de nuestros días.

¿Hablan los candidatos de desigualdad?: no, aunque sí de la pobreza. El lema de Andrés Manuel López Obrador es "por el bien de todos, primero los pobres". Muchas becas populistas para pobres, mientras guarda silencio sobre la desigualdad. ¿Cree que repartiendo becas a los pobres se puede atacar la desigualdad? Los políticos no hablan de la desigualdad, obviamente porque ello refiere inmediatamente a los pobres y a los ricos en su mutua relación. Y éstos sí que son innombrables e intocables para los políticos de todos los partidos.

Los pobres siguen siéndolo porque son mantenidos en la oscuridad de la ignorancia, masa de maniobra de políticos; por ello los pobres continúan esperando al líder redentor -en su memoria colectiva cabalga la figura de Lázaro Cárdenas, redimiendo al pueblo-, y no pueden llegar a ser ciudadanos cabales. El déficit de ciudadanía proviene de la ignorancia y de la pobreza, y sin ciudadanos no hay democracia posible. Tenemos los instrumentos de la decisión electoral, y después de este acto de cinco minutos, los partidos se quedan con un poder repartido e ineficiente, en el que la corrupción sigue privando, y en el que el combate a la desigualdad es imposible.

Wittgenstein escribió: "hasta que no sabemos qué hacer, en realidad aún no hemos comprendido". Los partidos que tenemos no saben qué hacer con el poder para crear una nación educada, próspera, socialmente homogénea, con los índices de igualdad que pueden encontrarse en Finlandia, o Dinamarca, o Suecia. ¿Por qué no podemos?; porque "nuestros" partidos son una gran parte del problema, no de la solución.

Querido lector: me daré un breve descanso de mi contribución semanal. En enero estaré nuevamente en este espacio. Pocos serán felices en 2006. Pero deseo que los caminos para llegar a ser ciudadanos comiencen a abrirse para todos. Entonces otro gallo cantará.

 
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