Usted está aquí: miércoles 11 de enero de 2006 Opinión Católicos a contracorriente

Bernardo Barranco V.

Católicos a contracorriente

La jerarquía católica y varios movimientos afines, marcados en este 2006 por los procesos electorales, desplegarán actividades intensas que girarán en torno a las esferas de la política y los valores morales. La fórmula elegida por los obispos es la relación entre la ética y el quehacer político. Bajo este talante, juzgarán las plataformas de los partidos, a los dirigentes y, por supuesto, a los candidatos. Se percibe ya un tono severo y crítico. Por ello, los debates en torno a la píldora, el aborto, la homosexualidad, la familia, por mencionar algunos, son temas que se convierten en materia de política electoral.

En este sentido, muchos intelectuales progresistas se han contentado con cuestionar las posturas "anacrónicas" de los actores religiosos; revelan cómo las concepciones católicas son supervivencias petrificadas de un pasado jurásico. Así por ejemplo, Carlos Abascal es constantemente caricaturizado como el "secretario mocho" y Jorge Serrano Limón se ha convertido en icono de la intolerancia católica. Sin embargo, el debate de fondo apunta a que el conjunto de principios, normas y valores morales católicos constituye la configuración de un orden social que también se pone en juego en los procesos electorales y en la propia democracia.

Sin duda el campo de la moral tiene fundamentos sociales pragmáticos, así como raíces culturales y sicológicas hondas. Los valores han sido exaltados por todas las religiones y les han aportado un arraigo; en tiempos no tan remotos este conjunto de valores constituía el campo y lenguaje tanto de lo jurídico como de lo económico-político e instituían reglas estrictas del comportamiento cotidiano. A través de los libros sagrados, la liturgia y la institución que guardaba la representación y la memoria, la ética religiosa, inducía a la obediencia de códigos y a un orden creado o querido por Dios. Por ello la moral religiosa católica es una representación del orden social querido o interpretado por la institución mediante la doctrina, la tradición y la disciplina. Este orden moral ha chocado frontalmente con la modernidad secular, por lo menos desde el siglo XVI. Si la modernidad secular y sus nuevas instituciones laicas habían creado contraiglesias, los católicos siempre han aspirado a construir una contrasociedad católica alternativa. Esto estará en juego en los diferentes pronunciamientos y gestos de la jerarquía ante las ofertas tanto programáticas como de los acuerdos y concesiones, que seguramente ofertarán los contendientes

Ningún país de tradición cristiana escapó, en materia religiosa, a los efectos de la modernidad; ninguno tampoco se atiene ya al estricto principio de la cristiandad que prevaleció en Occidente durante mucho tiempo. Lo religioso se reconfiguró bajo el principio moderno de la secularidad, a cada uno sus convicciones, es decir, cada quien tiene su derecho públicamente reconocido.

La línea de evolución es clara; en la actualidad ya no está en primer lugar la religión pública, sino la libertad religiosa. Esta libertad pública se basa en el reconocimiento de los derechos de toda conciencia individual y en la mediación de la democracia política. Es ahora la libertad de la conciencia humana la que se vuelve fundamental, en la que cada persona se vuelve en factor de dignidad. Por lo tanto, el principio de la laicidad abre una nueva vía, si bien descarta toda tentación construir la religión pública igual desecha el ateísmo público; cuestiona la religión de Estado como el ateísmo de Estado. Recíprocamente, no admite ni antirreligión oficial ni antiateísmo oficial; a cada uno debe seguir su conciencia. A pesar de todo, la religión conserva fuerte prima pública y no se encuentra nunca sobre el mismo plano que el ateísmo, su negación radical.

En la historia reciente de México el factor religioso ha resurgido con fuerza; basta citar la mayor diversidad y la explosión de algunas corrientes, especialmente pentecostales, como para advertir nuevos fenómenos en el ámbito de las creencias populares. Paradójicamente mientras el país adquiere mayores rasgos seculares, lo religioso emerge desde la búsqueda de sentidos de amplios sectores sociales a través de los sentimientos y prácticas religiosas. Sin embargo, también, desde la recomposición política y social del país, las Iglesias se han fortalecido más allá de las creencias y se han politizado.

En los últimos años, la Iglesia católica se ha fortalecido mucho más en el plano político que en el propiamente religioso, donde pierde terreno y adeptos. Las creencias y las instituciones no son lo mismo. Las tendencias mundiales apuntan a que lo religioso se reaviva mientras que las instituciones religiosas son sacudidas por los movimientos culturales de las sociedades modernas.

Sectores intelectuales y seculares han cuestionado el peso moral, en especial de la jerarquía entre la población, mientras los políticos, específicamente en coyunturas electorales, la procuran buscando votos y legitimidad. Si bien la Iglesia católica pareciera ir a contrasentido de muchos procesos, no debe ser ni despreciada ni descalificada como actor. La catolicidad no es monolítica, pero se rige bajo el principio de la autoridad representada en el Papa, quiene ha dispuesto, desde la visita ad limina, en septiembre pasado, que la Iglesia debe desempeñar un mayor protagonismo político desde la crítica de los valores doctrinales, por lo que debemos esperar, en los meses venideros, colisiones y sacudimientos.

 
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