Católicas
por Derecho a Decidir
Dios es amor… y el amor verdadero
La feligresía
católica mundial recibió el año nuevo con la primera
encíclica del Papa Benedicto XVI, Deus caritas est (Dios es
amor), publicada el 25 de enero, que trata, entre otros, un tema inesperado.
A diferencia de sus antecesores, quienes en su primera encíclica
trazaban su programa pastoral, Benedicto XVI dedica la suya al amor
cristiano y a discutir dos dimensiones del amor, eros, lo puramente
corporal y erótico y ágape, la entrega incondicional,
el amor fundado en la fe. Estas dos dimensiones operan como opuestos
contradictorios que en algunos momentos pueden llegar al predominio
de eros, “lo que priva al amor de su dignidad divina, lo deshumaniza
y degrada al hombre” (sic): “El eros degradado a puro sexo
se convierte en mercancía, en simple 'objeto' que se puede comprar
y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía”(§ 4).
Por lo que el eros indisciplinado y ebrio, se puede y se debe purificar
y disciplinar, para permitir no sólo el placer de un instante, “sino
un modo de hacerle pregustar en cierta manera lo más alto de
su existencia, esa felicidad a la que tiende nuestro ser” (§4).
El amor verdadero es definido por Benedicto XVI como el que se ocupa
del otro y se preocupa por el otro: “Ya no se busca a sí mismo,
sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más
bien el camino del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto
al sacrificio, es más, lo busca… conlleva el que ahora aspire
a lo definitivo, y esto en un doble sentido: en cuanto implica exclusividad
-sólo esta persona-, y en el sentido del 'para siempre'”(§ 5,6).
Se refiere también a la dualidad cuerpo y espíritu afirmando
que “ni la carne, ni el espíritu aman; es el hombre, la
persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el
cuerpo y el alma. Solo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad,
el hombre (sic) es plenamente él mismo. Únicamente de este
modo, el amor, el eros puede madurar hasta su verdadera grandeza” (§ 5).
Aunque la encíclica dedica también buena parte de sus reflexiones
a las relaciones entre el Estado y la Iglesia, reconociendo que no debe
hacerse proselitismo en su nombre ni imponer la fe, o sustituir al Estado,
hoy nos queremos referir solamente al tema del amor.
En Católicas por el Derecho a Decidir, celebramos que se le haya
dado tanta importancia a un valor básico de la doctrina católica,
que no ha sido precisamente respetado por los ministros de fe y que nosotras
consideramos central para nuestro trabajo de defensa de los derechos
humanos de las mujeres y la justicia social. En este sentido nos parece
loable que el Papa haya dedicado su tan esperada primera encíclica
a estos temas: el amor, la caridad, la justicia social, el respeto a
las esferas de influencia de la fe y la política.
Sin embargo, desde nuestro punto de vista, esta encíclica reafirma
las enseñanzas tradicionales del Magisterio Eclesial, en el sentido
de negar la posibilidad del placer sexual, demonizar los aspectos corporales
de la sexualidad y restringir la posibilidad del amor verdadero al matrimonio
heterosexual. Aunque no se dice explícitamente, las referencias
a la pareja siempre se hacen al hombre y a la mujer. Consideramos que
si quienes gobiernan la Iglesia Católica, verdaderamente creyeran
que el amor desinteresado es el valor principal, no habrían causado
tanto sufrimiento a millones de feligreses con enseñanzas que
no respetan su libertad de conciencia, ni sus necesidades y deseos. Y
si la concepción del amor que Benedicto XVI nos transmite en su
encíclica fuera compartida por quienes profesan el ministerio,
nunca se hubieran encubierto los crímenes de abuso sexual cometidos
por sacerdotes, denunciados mundialmente para vergüenza de nuestra
Iglesia. Ojalá que esta encíclica sirva para una reflexión
profunda de parte de sacerdotes e integrantes de la jerarquía
y se traduzca en el fin del flagelo de los abusos sexuales y su encubrimiento.
¿
Quién no quiere relaciones en las que el amor sea el sentimiento
que prive sobre la coerción, la violencia y las ansias de poder? ¿Quién
no desea vivir el placer sexual como una dimensión positiva de
realización íntima, incluso de comunicación con
la divinidad? Nosotras nos preguntamos si la concepción del amor
que exalta esta encíclica, el amor incondicional que se preocupa
por el bienestar de la pareja, no podría incluir el respeto a
las diferencias, la responsabilidad hacia sí mismos y hacia las
otras y los otros y el bien común, motor de la defensa de los
derechos humanos y de la justicia social, aspectos éstos imprescindibles
en la construcción de un mundo más justo y humano.
|