El
secuestro de seis jóvenes homosexuales y el atroz y cruel asesinato
de al menos cuatro de ellos a manos del asesino serial confeso Raúl
Osiel Marroquín Reyes alerta a la sociedad de la gravedad de un
problema que no ha sido debidamente sopesado. La saña con la que
perpetraron los homicidios él sus cómplices nos indican que
estamos frente a crímenes motivados por el odio y el desprecio
hacia los homosexuales.
Los crímenes de odio por homofobia han sido una constante en la
historia de nuestro país. Sin embargo, la falta de reconocimiento
de la existencia de este tipo de crímenes por parte de las autoridades
judiciales y de la sociedad en su conjunto ha impedido que se actúe
con eficacia y se tomen las medidas necesarias para prevenirlo. La ejecución
de estos jóvenes gays de 20, 23 y 28 años se suma a la de
cientos más que han sufrido la misma suerte. Es el caso del activista
Octavio Acuña, asesinado con la misma saña y alevosía
el pasado 21 de junio en la ciudad de Querétaro. Su ejecución
hasta la fecha continúa impune.
Es necesario incorporar en el marco de nuestras leyes penales la figura
jurídica de los crímenes de odio para entender cabalmente
la naturaleza de este tipo de delitos. Tal reconocimiento legal permitiría
abrir la discusión y la reflexión públicas sobre lo
que bien podría denominarse una catástrofe moral y penal,
cuyas dimensiones adquieren su mayor dramatismo en el caso de las cientos
de mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. El reconocimiento de los
crímenes de odio apela a una toma de conciencia sobre los efectos
perniciosos del estigma que pesa sobre ciertas conductas juzgadas "indeseables",
o hacia modos de vida percibidos como una amenaza para la sociedad. La
intolerancia que se desprende de esos estigmas y prejuicios conoce su acción
extrema en los asesinatos y ejecuciones motivados por el odio y el desprecio.
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