Usted está aquí: martes 14 de febrero de 2006 Opinión Unas chispas de Juan Soriano

Vilma Fuentes

Unas chispas de Juan Soriano

Apesar de lo anunciado de su muerte, la noticia del fallecimiento de Juan Soriano resonó en mi cráneo con la cadencia lenta y ensordecedora de los tañidos de la campana mayor. Tardé en comprender que Juan había muerto, pero durante esos instantes larguísimos vi desfilar las escenas de mi amistad con Soriano. Al mismo tiempo que pensaba: ''nunca más lo veré ni lo oiré", volví a verlo y a oírlo.

El primer encuentro, ése que encierra latentes todos los demás, en el taller de Peter Bransem, a principios del verano de 1975. De pie, iguana, camaleón, apretado en sus vestimentas, Juan levantó los ojos de la mesa donde trabajaba para mirarme. Chispeantes de malicia, curiosos: nada les escapaba, ningún detalle, gesto alguno. Saltaban de un objeto a otro, sin dejar de observar a la persona con quien habla ni las líneas que traza su mano y extraen palomas de floreros, primaveras de inviernos, almas de calaveras, soles de lunas. Inútil simular, tratar de esconder arrugas, canas, gorduras, celos, ambiciones, vicios.

Soriano se apropiaba de su modelo -cuanta persona se le pusiera enfrente- metiéndosele hasta la médula. Las imitaba, a veces. La perfección. Pero él prefería inventar. La fruta, la persona, la flor que le servían de modelo se convertían en calavera, jaula y ángel. Juan se imitaba a él mismo, caricaturizándose como hacía con los otros, para arrancar las carcajadas. Le era necesario escucharlas antes de hablar de sus temas predilectos: Sócrates, Platón, Leonardo, Croche, lector infatigable, pintor inteligente, si esto no fuera un pleonasmo. La seriedad le era insoportable.

Para relajarme cuando le serví de modelo, me relató algunas de sus mejores anécdotas: de sus horrorosas hermanas a sus tías borrachas. Tal era la generosidad de Juan para hacer sentir que hay familias peores que la propia.

A veces, no le hacía falta imitar ni satirizar, le bastaba su magnífica memoria: ''Con Pedro siempre me pasó lo mismo. Me ganaba los premios, si tenía una galería que iba a exponerme lo exponían antes a él, emborrachaba a mis amigos, me robaba los clientes más seguros", me contó Juan Soriano sin ocultar la risa de su voz acentuadamente mexicana, vacilante, extendida, que venía, más allá de su garganta, de los lugares lejanos donde tuvieron lugar las cosas pasadas, ''incluso en la ceremonia que me hicieron en Bellas Artes, no me acuerdo por qué, pregúntale a Marek", los olvidos de Juan eran parte de su coquetería, ''cuando todo debía ser en mi honor, pasó antes que yo: su féretro enmedio de la entrada, había que rendirle homenaje y dar la vuelta, en silencio, todos con una cara de entierro durante mi celebración... Tú lo viste, dándose de panzazos con B., le vendió un cuadro aquí mismo".

En efecto, yo estuve cuando Coronel le robó el cliente de la manera más cómica, invitado por Soriano a su casa, emborrachándose o emborrachando al rico regiomontano y, en efecto, midiendo la fuerza, o más bien el peso, de sus vientres uno contra otro.

Hubiese podido no invitar a Pedro Coronel, como habría hecho otro pintor, pero su curiosidad, esa necesidad de descubrir, era más fuerte. Y era la fundación de un estilo pictural. El de Juan Soriano.

Magnífico retratista, los retratos de Lupe Marín son la prueba. Juan podía también imaginar otros destinos a sus modelos, las evocaciones que hacía verbalmente de amigos, conocidos y desconocidos.

''Es una lata cuando te invitan a uno de esos restoranes donde te dan una carta sin precios. Excepto al idiota que va a pagar. Siempre me dan a mí esa carta porque soy el más viejo. No me queda más que pedir lo más barato, un caviar de res con mole o un embrión de pollo congelado."

''Mis padres se dieron cuenta antes que yo, no tuve qué decirle nada. ¿No me veían jugar con muñecas?"

''Todas las mujeres están locas... las que he querido."

Las imágenes de Juan Soriano siguen pasando por mi cabeza: me digo que la idea según la cual quien muere ve su vida es también una invención de los vivos: somos los sobrevivientes quienes vemos pasar la vida de quien se va.

¿Por quién doblan las campanas?

Doblan por ti

... Juan.

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