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EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

El último telegrama

La carta y el telegrama comparten por lo menos un sinónimo: misiva. Dentro de la literatura existe un género epistolar, pero no hay ninguno consagrado al medio de comunicación más ceñido y exigente. La principal característica de un telegrama es la brevedad. No deja espacio para las reflexiones o el estilo; sin embargo, con un mínimo de recursos, puede aludir a todos los aspectos de la vida personal, familiar y social, además de asuntos financieros, comerciales y propagandísticos.

Sea cual fuere el asunto que aborde el telegrama, el remitente debe refrenar sus emociones y poner en práctica su capacidad de concisión. En el mensaje telegráfico cada palabra cuenta y cuenta en término de pesos y centavos. Así como el pintor impresionista se vale de algunas pinceladas para darnos la visión de un paisaje, la persona que escribe un telegrama sugiere toda una realidad con el mínimo de recursos.

El destinatario de un telegrama es quizá el más cómplice de los lectores: conforme avanza en la lectura va buscando en su memoria situaciones y referencias que le permitan completar el mensaje, dar congruencia a su estilo entrecortado y caótico, poner las palabras que faltan para que la frase cobre sentido:

"Querida Leonor. Mamá grave. Urge presencia. Clara". "Avión demorado. Llegué bien. Va carta. Saludos. Teresa". "Domingo tarde nació bebé. Sara magnífica salud. Avisaremos fecha bautizo. Ricardo". "Agradezco envío. Artemio" "Felicidades onomástico. Familia Olvera". "Motivos salud imposibilitan presencia boda. Marta". "Favor presentarse departamento legal asunto adeudo".

La forma descarnada en que se redacta un telegrama podría explicar que entre nosotros se le llamara "esqueleto" al machote sobre el que se escribían los mensajes brevísimos y eficaces. A pesar de los múltiples sistemas de comunicación instantánea el telegrama sobrevive. El hecho de recibirlo sigue provocándonos una amplia gama de sentimientos: desde sorpresa, esperanza y alegría, hasta sobresalto, desilusión e incomodidad. No conozco a nadie que permanezca indiferente al llamado de un telegrama o postergue su lectura: nos urge leerlo, aun cuando podamos adivinar su contenido.

II

En mayo de 1844 Samuel Morse, el inventor del telégrafo electromagnético y del alfabeto para la comunicación telegráfica, envió de Washington a Baltimore el primer telegrama: "¿Qué nos ha deparado Dios?" Siete años más tarde un grupo de empresarios estadunidenses creó la empresa The New York and Mississippi Valley Printing Telegraph Company, que en 1856 se convirtió en The Western Union Telegraph Company.

Asfixiada por la neomodernidad, la empresa que durante 150 años articuló la vida estadunidense anunció el fin de sus servicios con un mensaje enviado por Internet: "Efectivo: el 27 de enero, Western Union cesará todo servicio de telegramas y mensajes comerciales".

A partir de febrero de este año en Estados Unidos los telegramas son papeles que documenten el pasado, se suman a los muchos objetos que permitieron la comunicación humana y, al ser eliminados por sucesivos avances tecnológicos, ingresan a los terrenos del coleccionismo.

Sería espléndido que Western Union enviara un correo electrónico a los beneficiarios de sus servicios invitándolos a que donen alguno de los telegramas que conservan y autoricen su exhibición en el primer Museo del Telegrama.

A través de cada mensaje expuesto el visitante común tendría oportunidad de leer fragmentos de siglo y medio de vida estadunidense; los impresores encontrarían calidades de papel, estilos, formatos, colores de tintas; los lingüistas, expresiones coloquiales de ayer, palabras en desuso; los médicos, nombres de sustancias, remedios, enfermedades erradicadas; los estudiosos de la vida cotidiana, alusiones que les permitirían reconstruir el tejido familiar y social.

La visita al primer Museo del Telegrama podría resultar aleccionadora y estimulante para quienes aspiren a convertirse en escritores. La simple lectura de los mensajes sería una breve cátedra de rigor y concisión; nombres, fechas, lugares de procedencia y destino final podrían ser estímulos para que inventaran historias -cuentos o novelas- con qué envolver los "esqueletos".

Si llega a existir, visitaré el Museo del Telegrama y pondré en práctica el ejercicio literario; pero antes, si alguna vez remprendo el viaje por el Mar de Historias, tal vez recurra al estímulo de imaginarios mensajes telegráficos.

III

Desde 1940, el 14 de febrero se celebra en México el Día del Telegrafista. El sistema cuenta con mil 533 oficinas en toda la República. Los servicios que brinda abarcan desde las simples felicitaciones hasta transferencia de dinero en minutos, programas oficiales de apoyo como Procampo y Oportunidades, promociones, informes de actividades, cobro de bancos y cuestiones legales. "Por ejemplo, los amparos -me dice Héctor Reboreda, coordinador de fonotelegramas en la torre de Telecomunicaciones-. Para nosotros es fundamental que este tipo de mensajes lleguen a tiempo a manos del destinatario. Si no es así, la persona, al no ser informada oportunamente, puede caer en la cárcel. En ese caso se le impone una multa muy fuerte al telégrafo."

Los dos hermanos del telégrafo son el ferrocarril y el correo. El primero prácticamente ha desaparecido como transporte de pasajeros y hay indicios de que el segundo está en vías de extinción. ¿Qué mantiene vivo al telégrafo? Expresa Reboreda, quien acaba de cumplir 30 años de servicio: "Los alcances y la accesibilidad del servicio. El mensaje de una a 30 palabras cuesta 31 pesos y abarcamos toda la República Mexicana: ciudades, pueblos, poblados y rancherías. Eso explica que antes tuviéramos una partida especial para la manutención de los animales: mediante el uso de bestias se distribuía la correspondencia. Aún existen muchos sitios donde, por el escaso número de pobladores, no tenemos presencia; sin embargo, para no dejarlos incomunicados, establecimos un sistema especial: recibimos el mensaje en la oficina más próxima a ese punto y desde allí sale un propio para llevarlo personalmente hasta su destinatario".

Por la telegrafía mexicana ha fluido nuestra historia y también las pequeñas historias en cuyo desenlace ha sido fundamental un telegrama. Reboreda recuerda el caso de un enamorado que durante varias semanas ininterrumpidas envío el mismo mensaje de siete palabras a la mujer con quien pretendía casarse, hasta que finalmente lo aceptó.

Más conmovedora aún, tiene presente la historia de una niña que salvó la vida gracias a un telegrama: "Hace algún tiempo recibimos el mensaje de un hospital informándonos de que ya tenían el corazón para trasplantárselo. Necesitaban que ayudáramos a que sus padres recibieran el mensaje urgente. Ellos se encontraban en un poblado de Oaxaca para donde no había comunicaciones. Localizamos nuestra oficina más cercana a ese sitio, le enviamos el telegrama al administrador y él fue personalmente a entregarlo. Con frecuencia damos ese tipo de servicio al que, por razones obvias, llamamos 'oportuno'".

Para los empleados de Telégrafos esta historia es entrañable: "Nos lleva a comprender hasta qué punto es valioso nuestro servicio, especialmente en situaciones de emergencia. En los terremotos de 1985 trabajamos día y noche. El teléfono quedó suspendido en muchas partes de la ciudad y las personas que vivían aquí deseaban comunicarse a toda costa con sus familiares en los estados de la República o que se encontraban en Estados Unidos.

"Como ese poblado oaxaqueño -continúa Reboreda-, hay muchos otros en el país. Las condiciones económicas de sus moradores son muy precarias: carecen de todos los servicios, a veces sólo disponen de la telefonía rural y lógicamente no pueden recurrir al fax o a Internet. En esos lugares no hay servicios bancarios y para las familias que en gran medida dependen de las remesas de Estados Unidos, el giro telegráfico es vital."

La desaparición de Western Union no afecta nuestro servicio internacional. Reboreda explica las razones: "Durante mucho tiempo Western Union controló ese servicio y nosotros recurríamos a su base de datos. Ahora disponemos de dos líneas: la de Roma, de la que dependen todas las comunicaciones a Europa, y la de Nueva York, que cubre el continente americano".

En la actualidad, Telecom está dividido en una dirección general y ocho adicionales. Nueve mil empleados -"con la camiseta muy bien puesta"- mantienen vivo un servicio que comenzó en 1853, en Nopalucan, Puebla, desde donde se envió el primer mensaje en clave Morse hasta el Palacio Nacional. Mientras persista la miseria no morirá el telégrafo.

 
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