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Carlos Bonfil

Ficco

Nuevamente el Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México (Ficco), espacio capitalino para la cinefilia, propone del 21 de febrero al 5 de marzo su banquete anual de más de 250 títulos entre largo y cortometrajes. Una vez más, la exhibición en la ciudad de México no dependerá de la invasión abrumadora de títulos hollywoodenses, o del reciclaje de lo ya conocido. Este festival tiene entre sus múltiples virtudes la de organizar por un momento el caos de esas propuestas que el cinéfilo busca en los dvd o en el mercado de una piratería cada día más especializada.

Ofrece como alternativa proyecciones de calidad, un diario de festival y un estupendo catálogo. Se desvanece así por 15 días la rutina de una exhibición comercial sin grandes sorpresas, sin grandes autores, atenta al éxito de moda o a la saturación de los sentidos a cargo de los efectos especiales. ¿Qué sucede en el festival? Se recuerdan títulos de autores apreciados el año pasado, y el anterior, y se comparan con las propuestas nuevas. Se accede a una retrospectiva sustancial de la obra del brasileño Glauber Rocha, a otra de Pier Paolo Pasolini, o a la filmografía completa de Claire Denis, una de las directoras más sólidas en Francia, y a una muestra del trabajo de Jean Claude-Carrière, guionista cercano a Luis Buñuel.

El Ficco contribuye notablemente a diversificar las opciones de entretenimiento y conocimiento fílmicos. ¿Se necesita acaso la ingenuidad de algún distribuidor muy premoderno para no percatarse del número creciente de jóvenes, cinéfilos o no, atraídos por las propuestas del cine asiático, que llegan a cuentagotas a la cartelera, y que no dan razón cabal de la increíble vitalidad de este cine, ¿alternativa real al entretenimiento concebido en Hollywood? El festival propone, esta vez, una muestra de ocho cintas de Corea del Sur, el estreno de 2046, de Wong Kar-wai (Deseando amar/In the mood for love), o de 3-Iron (El espíritu de la pasión), del coreano Kim Ki-duk (Las estaciones de la vida y Por amor o por deseo), de Tres tiempos, del taiwanés Hou Hsiao-hsien (Milennium mambo), o la desconcertante Takeshis, de Kitano, un autorretrato delirante, al borde de la esquizofrenia.

De 22 cintas en la sección de Galas, ocho son orientales, sin contar un documental extraordinario en el ciclo de joyas olvidadas del cine mundial, El ejercito desnudo del emperador, de Kazuo Hara, de 1987, tránsito del afán bélico al canibalismo puro.

Para los amantes del cine europeo está la oportunidad de apreciar Desayuno en Plutón, de Neil Jordan (director de Juego de lágrimas); Espejo mágico, del veterano portugués Manoel de Oliveira, o Manderlay, del danés Lars von Trier (Dogville). Destacan, en la sección de Galas, lo más reciente de Philippe Garrel, la polémica Los amantes regulares, con su visión de Mayo 68, y El filmador, ese autorretato de esteta de Alain Cavalier, el realizador de la muy preciosista Teresa, de 1986. Hay pocas cintas latinoamericanas, y entre estas muy pocas mexicanas, lo que conduce a la pregunta inevitable: ¿qué papel juega en el Ficco el cine mexicano? De algún modo el mismo que en los dos años anteriores: queda representado con un estricto criterio de calidad, sin reproducir dócilmente la ficción triunfalista que supone que de 50 películas filmadas en un año la gran mayoría brinda una propuesta original y novedosa. El festival rescata el cine de autor que sí se hace en México. Muestra de ello: Trópico de cáncer y Toro negro, el año pasado, entre otras cintas y documentales valiosos, hasta hoy sin exhibición comercial. Muestra de ello, hoy, el estupendo documental 1973, de Antonino Isordia, y el largometraje Sangre, de Amat Escalante.

Hay en el festival una decisión, una apuesta, hasta hoy exitosa, de proponer cada año un reflejo de la actualidad fílmica mundial, muy al margen del cálculo comercial o la rentabilidad instantánea. Y de recuperar así la noción de cine de autor, aunque sólo sea para distraer, por un tiempo, al cinéfilo de sus fructuosas o infructuosas búsquedas por el universo de los videoclubes o de la piratería, y reconciliarlo, por un tiempo también, con el placer de asistir a una sala de cine y ver ahí una película digna de ser recordada.

Ante tantos títulos y tantas plazas de exhibición, ante los desplazamientos titánicos que impone la ciudad, una sola recomendación, que vale por todas: informarse lo mejor posible en todos los espacios disponibles (prensa, Internet -www.ficco.com.mx-, diario del festival, rumor favorable o adverso), y no renunciar a lo que mejor propone un festival: el ejercicio de aventurarse cada día a descubrir algo nuevo, sin perder el entusiasmo en el intento.

El Ficco se exhibe en Cinemex Insurgentes, Loreto, Polanco, Altavista, WTC, Real Cinema, Mazaryk Casa de Arte y en la Cineteca Nacional.

carlos.bonfil@gmail.com

 
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