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27 de febrero de 2006
Víctor M. Godínez

LA CIENCIA FUNESTA

El internacionalista Moisés Naím recordó en un artículo reciente que Thomas Carlyle consideraba la economía como una “ciencia funesta”, es decir, infausta, de mal agüero, pesarosa, triste, carente de gracia. Es ésta una concepción muy lejana, incluso despiadadamente distinta, de la que suele tener la mayoría de los economistas acerca de su profesión, de sus conocimientos y de las prescripciones de política pública que de ella se desprenden.

Naím añadía por su cuenta que además de dedicarse a una ciencia funesta, los economistas son muy arrogantes y padecen un complejo de superioridad intelectual, porque están convencidos de que sus técnicas de trabajo son superiores a las de las demás ciencias sociales que, en la medida en que no utilizan métodos cuantitativos igualmente rigurosos, no producen conocimientos, sino “literatura” y “periodismo”, esto es, anécdotas en el mejor de los casos interesantes, pero carentes de valor empírico y utilidad práctica.

Naím cita, entre otros destacados miembros de la ortodoxia económica, a Richard B. Freeman, profesor de Harvard. Según éste, en el éxito económico de un país “la suerte es tan importante como la política económica”. Imposible no estar de acuerdo con Naím cuando dice que esta conclusión pone a la economía más cerca de la brujería que de la ciencia.

¿Es la economía realmente una ciencia social distinta? Son diversas las respuestas que se han aportado a lo largo del tiempo a esta cuestión controvertida. Creo, por mi parte, que la economía es sólo una rama de las ciencias sociales; su objeto de estudio no está constituido por  fenómenos distintos que posean sus propias características, sino por un aspecto particular de la vida social considerada en su conjunto. Un aspecto particular cuyo significado, según la definición clásica de Lionel Robbins, está en “la conducta humana entendida como una relación entre fines y medios escasos que tienen diversa aplicación”. En la medida en que esté determinada por la escasez, es decir, en que suponga la renuncia de otras cosas, toda actividad humana es económica.

Como disciplina de estudio y como actividad práctica, la economía carece de respuestas ante toda una variedad de problemas fundamentales de la vida material. En el campo teórico y analítico hay grandes disensos en torno a cuestiones básicas, por ejemplo, cómo generar y sostener el crecimiento. Trasladados a la política pública, los desacuerdos académicos o “científicos” de los economistas se traducen en desconcierto ante la recurrencia de fenómenos ingentes de la sociedad, como el desempleo, la pobreza, la inflación o el deterioro y destrucción de los recursos naturales.

Históricamente, la economía y los economistas han ofrecido soluciones que exigen decisiones funestas para la sociedad. “Crecer ahora, distribuir después” o “doblegar el aumento de los precios restringiendo e incluso disminuyendo el empleo” son dos variantes muy representativas y extendidas del tipo de dilemas que esta ciencia ofrece como solución a los grandes problemas económicos de la sociedad.

Al considerar que la suya es una ciencia social distinta, los economistas encontraron una manera fácil de no encarar las consecuencias sociales y políticas de sus prescripciones. “La explicación de estas consecuencias es responsabilidad de otras disciplinas; yo sólo me ocupo de las causas”, me dijo alguna vez un economista muy reputado en la academia y en los organismos financieros multilaterales. Con un poco más de modestia intelectual y profesional, podría haber aceptado que la economía es, inevitablemente, política. Además de ser, claro, una ciencia funesta  §

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