Usted está aquí: viernes 10 de marzo de 2006 Opinión La fuerza de los migrantes

Víctor M. Quintana S.

La fuerza de los migrantes

Son un fantasma que recorre el planeta. Cambian el país al que llegan y cambian a su país de origen. Desafían a los inmovilistas y a quienes pregonan el fin de la historia. Derrumban barreras donde otros pretenden construir muros. A los procesos sociales les asignan sentidos que escapan a quienes ejercen el poder desde arriba. Son los migrantes. La gran fuerza transformadora de sociedades.

Cuando en el Senado estadunidense está por discutirse el proyecto de ley Sensenbrenner, aprobado por la Cámara de Representantes, que criminaliza a los migrantes indocumentados, levanta muros en su frontera sur y convierte a cualquier ciudadano en agente de la migra, las voces de rechazo se dejan oír de todas las orillas de la sociedad de Estados Unidos.

Destaca lo que dijo el cardenal Roger M. Mahoney, arzobispo de Los Angeles, en su homilía del Miércoles de Ceniza. Puede ser lo más radical que se haya opinado sobre los migrantes en Estados Unidos en años recientes. Si la ley Sensenbrenner sobre migración fuera aprobada por el Senado estadunidense, advirtió el prelado, "...les diría a los sacerdotes que la desafíen, pues no tienen por qué revisar el estatuto legal de sus feligreses antes de ayudarlos". Además, insistió en que es "no estadunidense" el concepto de castigar a quienes sirven a los migrantes y abogó por una reforma humana a la migración.

Sin aspavientos, lo que el cardenal Mahoney expresó entraña, cuando menos, dos cuestiones muy trascendentes: la primera, que los migrantes tienen derechos que han de ser respetados independientemente de su estatuto legal. La segunda, que una ley injusta, como la promovida por el republicano Sensenbrenner, no tiene que ser obedecida.

Todo esto viene a inscribirse en la oposición más radical, frontal y de fondo a las políticas antinmigrantes que promueven la mayoría de los miembros de la Cámara de Representantes estadunidense, buen número de gobernadores y el gobierno de Bush. Hace confluir a lo más prístino de la doctrina social de la Iglesia católica con los planteamientos más sólidos del pensamiento humanista y ciudadano.

Los migrantes, señala la Iglesia, son sujetos de derechos ante cualquier poder, tengan o no papeles, por el solo hecho de ser personas humanas. Así de sencillo, así de radical, es el planteamiento. Por otro lado, el pensamiento actual sostiene que los migrantes vienen a encarnar, son portadores, de la ciudadanía planetaria. Es la transformación revolucionaria que no han podido detener los que promueven la globalización excluyente. Son sujetos de derechos universales; más allá de fronteras, edades, condiciones, clases sociales. Y al mismo tiempo reivindican el derecho a la diferencia. Como señala Cándido Grzybowsky, los jóvenes hijos de migrantes norafricanos que incendiaron autos en los suburbios de París el otoño pasado protestaban no tanto porque no sean cubiertos sus derechos universales: educación, vivienda, trabajo, sino porque no se reconoce su diferencia; porque ésta se aplasta en nombre de la globalización económica y la homogenización del consumo. Nadie como los migrantes y los pueblos indios articula mejor la demanda por el derecho universal a la igualdad con el derecho a la diferencia.

Pero los planteamientos de Mahoney están lejos de ser puramente doctrinales. Desembocan fatalmente en la práctica: si se promulga una ley que atente contra la dignidad de la persona humana e impida respetar los derechos que de ella emanan, dicha ley se deslegitima ab initio, por lo tanto, no puede ser obedecida. Aquí encuentran su fundamento la desobediencia y la resistencia civiles. El poder de Bush y de los suyos se topa con un sólido valladar de ética pública y al creciente rechazo de la población hacia ellos puede sumarse ahora la deslegitimación cotidiana, acumulable, de ignorar y transgredir una ley que impusieron. El sermón cardenalicio del inicio de la cuaresma es, ni más ni menos, un llamado a la desobediencia civil.

Finalmente, el cardenal Mahoney señala que es "no estadunidense" castigar a quienes sirven a los migrantes. Es negar la propia historia de Estados Unidos.

Por eso ahora abrazan la ideología reaccionaria del "nativismo". El país que se construyó y se hizo el más poderoso de la tierra gracias al trabajo, la fuerza y la diversidad de los migrantes, ahora quiere detener la historia en nombre de los que últimamente nacieron en ese país. La ideología reaccionaria del "nativismo" es antihistórica, endeble, racista, condenada al fracaso y sólo funciona como una coartada más para justificar la represión y el autoritarismo.

Si el Senado de Estados Unidos aprueba la ley Sensenbrenner no le asistirán la razón, ni el derecho, ni la ética, ni la historia. Sólo la fuerza. A ese grado se están deteriorando las instituciones del imperio.

 
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