Usted está aquí: viernes 10 de marzo de 2006 Opinión Héroes muertos y memorias vivientes

Robert Fisk

Héroes muertos y memorias vivientes

Alabemos a los hombres famosos. Me refiero a los que están muertos, desde luego, porque sospecho que como pueblo, la forma en que honramos a los muertos nos define tanto como la forma en que tratamos a los vivos. Mi papá, el viejo Bill Fisk, solía obligarme a caminar por entre los pasillos de la Iglesia de Todos los Santos para leer las inscripciones y los honores, comidos por la polilla, del Regimiento Real de West Kent, que colgaban sobre nuestras cabezas.

Me gustaba la forma en que nosotros los ingleses hacíamos las cosas, como al descuido. Winston Churchill yace bajo una sencilla lápida en Blaydon, Oxfordshire. Nuestros poetas están amontonados en la abadía de Westminster. Bajo esa nave están también los restos de Isaac Newton. "Los mortales se regocijan por el hecho de que haya existido tal ornamento para la raza humana", dice en latín en su lápida. A unos kilómetros, el Duque de Hierro comanda el Paraíso, solo, en su catafalco de hierro negro en San Pablo.

Mi epitafio favorito sigue siendo el del decano Jonathan Swift; él mismo lo escribió, también en latín, en la catedral de San Patricio, en Dublín. La traducción se la debo al lector Stephen Williams. "Aquí yace el cuerpo de Jonathan Swift, en esta catedral. El decano, cuya salvaje indignación ya no puede lacerar su corazón. Viajero, ve e imita, si puedes, su agotadora reivindicación de la libertad del hombre".

Recientemente me encontré deambulando por el Pantheon de París, y me sorprendió la siniestra y blanca conformidad de la semirrevolucionaria casa de los muertos de la Francia católica. "Aux grands hommes, la patrie reconnoissante", dice a lo largo del friso. "A los grande hombres de una nación agradecida". Los franceses a veces traducen patria como "tierra del padre", lo cual, por todas las razones acostumbradas, encuentro un tanto perturbador. Desde que la patria se mezcló con la familia y las tribulaciones durante la ocupación -en lugar de mezclarse con la libertad, la igualdad y la fraternidad- me sorprende que hasta la patria haya conservado su integridad.

Pero es dentro del Pantheon donde encuentro cosas muy extrañas. Cierto, ese par que tanto se peleaba, Rousseau y Voltaire, se miran cara a cara en sus féretros originales. Voltaire llegó a Londres a tiempo para ver el funeral de Newton, a quien comparaba con Descartes. Escribió: "En París se ve la tierra con forma de melón; en Londres está achatada por dos lados. Para un cartesiano, la luz existe en el aire, para un newtoniano ésta llega del sol en seis minutos y medio".

Pero no hay luz natural dentro de la cripta del Pantheon porque, por Dios, lo que hay es conformidad. Todos los grands hommes -y algunas pocas mujeres- están sellados dentro de sarcófagos de piedra idénticos. La tumba de Alejandro Dumas es igual a la del héroe de la resistencia, Jean Moulin. Lo mismo los de Marie y Pierre Curie, y las de Zolá y André Malraux. También las de Víctor Hugo y Jean Jaures (que como Moulin, es uno de mis héroes), y la tumba de Jean Monnet.

La igualdad aquí en verdad lo es. Como los muertos de Verdum, a la elite de Francia no se le hacen favores adicionales; ni flores ni poemas extras, no hay concesiones especiales. Sólo esas largas tumbas blancas que me recuerdan los gabinetes de hibernación en la nave espacial de la película 2001: Odisea del espacio, en las que la tripulación es asesinada por Hal para luego anunciar: "Funciones vitales: terminadas". En el Pantheon, sus funciones vitales también terminaron, la mayoría, por causa de Dios, excepto en el caso de Jean Moulin; eso fue obra de Klaus Barbie.

Y por supuesto, la semana pasada, averigüé la forma en que el pequeño Líbano, hijo de Francia, honra a sus muertos, los musulmanes y cristianos ahorcados por los turcos entre 1915 y 1916 por exigir independencia del Imperio Otomano. Fueron a la horca en lo que hoy se conoce como Plaza de los Mártires, a poco más de un kilómetro de donde está mi casa. Ahí gritaron sus desafíos contra la ocupación turca mientras los verdugos preparaban su labor. Los turcos descubrieron cartas de esos hombres en el abandonado consulado francés y todos fueron torturados, al estilo de Barbie, en la ciudad de Aley, antes de ser condenados a muerte.

Abdul Karim al Khalil, un musulmán, gritó desde el cadalso palabras que más tarde quedarían escritas en el corazón de todo escolar libanés: "Mis queridos compatriotas, los turcos quieren sofocar la voz de nuestros pulmones... Pero nosotros pediremos a las naciones civilizadas del mundo nuestra independencia y nuestra libertad. ¡Mi amada tierra, recuerda siempre a estos mártires¡ Oh, paraíso de mi país, lleva nuestros sentimientos de fraternidad a cada libanés, cada sirio, cada árabe. Háblales de nuestro trágico final y diles: 'Por su libertad hemos vivido y por su independencia hemos muerto'". Al Khalil pateó la escalera bajo sus pies y se ahorcó a sí mismo.

Dos hermanos fueron ejecutados el mismo día. Mohamed y Mahmoud Mahmessani. Mohamed abrazó a su hermano durante 15 minutos, tratando de consolarlo antes de ser ahorcados juntos. Joseph Bechara Hani, un cristiano, sólo pudo pronunciar unas palabras antes de que el verdugo lo ajusticiara: "Soy inocente, completamente inocente. Lo juro ante Dios... muero sin miedo".

El día después de que el último patriota libanés fuera ejecutado, el diplomático francés Francois Picot firmó su acuerdo secreto con Mark Sykes para diseñar el Medio Oriente de la posguerra, y quitarle Líbano a Francia,

Los turcos arrojaron los cadáveres de los hombres ahorcados a una fosa común en una playa de Beirut. Pero cuando los franceses liberaron Beirut, en 1918, los desenterraron. Claro, para volver a sepultarlos con honores. Ah, sí, pero resultó que la Iglesia cristiana no permitió que los mártires musulmanes yacieran en sus cementerios. Y el clero musulmán ni siquiera consideró dejar que los mártires cristianos fueron sepultados en los suyos. Así que los místicos drusos permitieron que encontraran su último lugar de descanso en tierras de su propiedad, en el centro de Beirut.

Y ahí fue donde los encontré la semana pasada, al lado de un paso a desnivel, encerrados detrás de una reja metálica, sus tumbas cubiertas con ramas y rodeadas de ortigas. Un gallo cantaba entre ellos. Los hermanos Mahmessani están juntos en una sola tumba de concreto. Los otros -son 19 en total- tienen tumbas en las que están grabados sus nombres y sus lugares de nacimiento. Omar Mustafá Hamad, nacido en Beirut en 1892; Prince Said al Chehabi, nacido en Hasbaya en 1889.

"El Cementerio de los Mártires Libaneses", dice en una placa sobre la reja oxidada, "fue renovado bajo los auspicios del primer ministro Rafiq Hariri, el 6 de marzo de 1996". Pero el 14 de febrero de 2004 es asesinado Hariri y se convirtió también en un mártir. A unos 10 metros del cementerio está el lugar donde el presidente René Mouawad fue vaporizado por una bomba masiva en 1989. Indignación salvaje, ciertamente.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca

 
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