Usted está aquí: domingo 12 de marzo de 2006 Sociedad y Justicia EJE CENTRAL

EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

Tierra de emigrantes

San José de la Luz está en la carretera entre Guanajuato y León. A la entrada hay comercios y talleres improvisados. Pared de por medio, la refaccionaria presta un pedazo de techo a la vulcanizadora, vecina a su vez de la ebanistería donde un hombre barniza a pleno sol una silla.

Le pregunto cómo puedo llegar a Duarte. El carpintero sigue trabajando como si no hubiera escuchado mi pregunta. Al fin declara que no es de esos rumbos, llegó de Guerrero a León en busca de mejoría y no puede informarme. Mi insistencia aumenta su desconfianza. Me pide que le explique mi interés en llegar a Duarte. Le digo que soy periodista y enseguida, de mala gana, entra en el comedor de su casa: un cuarto largo y estrecho donde apenas caben los muebles listos para la venta.

"La señora es periodista, quiere llegar a Duarte, dile cómo", ordena a su mujer que, sentada a la mesa, entre libros y cartulinas de colores, ayuda a su hijo con la tarea. La muchacha aparta los materiales escolares y no disimula la alegría de tener un pretexto para conversar: "Duarte queda pegadito a Loza de los Padres, pasando Tunamansa y Arperos. No está lejos, pero como el camino es de losa, el viaje de aquí para allá resulta largo. Le advierto que encontrará aquello muy solitario, porque casi todos los hombres andan trabajando en Estados Unidos. De aquí también salen muchos. Algunos se tardan en volver, otros jamás regresan. Ahorita nos tiene muy tristes el caso de un señor".

La ilusión y la muerte

Su marido la interrumpe: "¿Para qué le cuentas eso? Ella sólo quiere llegar a Duarte". La mujer no transige y lo desarma con su contestación: "Si es reportera, que sepa las cosas que le suceden a los emigrantes: se van con la ilusión de ganar más dinero y muchas veces lo pierden todo, hasta la vida".

La joven se presenta como Teresa, espera unos segundos hasta que su esposo le da el beneplácito con la mirada y sigue hablando: "El señor tenía poquito tiempo de haberse ido. Llegó a California y lo contrataron como pintor de casas. Hace unos días llamaron por teléfono a su esposa para decirle que esperara a su marido. Le extrañó porque él no le había dicho que fuera a regresar. Entonces le explicaron que a su marido iban a devolvérselo en un cajón: el pobre murió a consecuencia de una caída. Eso fue lo único que le dijeron a la viuda. Quedó sola con una hijita. Siento lástima por ella. En poco tiempo ha sufrido mucho: primero, con la separación de su esposo, y luego volvió muerto. Pero mejor que ella le cuente. Búsquela. En la frutería Leo podrán darle razón".

La frutería parece a punto de caer: está en el entronque de la carretera con la calle principal empinada y estrecha. Por la rapidez con que el dueño de Leo me informa deduzco que en San José de la Luz no hay más tema de conversación que la muerte del pintor: "La viuda se apellida Chagoya. Vive como a cincuenta metros de aquí, mero arriba de la calle, en una casa con reja negra".

Sigo las indicaciones del frutero. A ambos lados de las aceras se ven casas derruidas o a medio construir. En los solares cercados con tablas y varas hay montones de escombros, materiales de construcción y algunas vacas. Un hombre sentado en la banqueta mira hacia la lejanía, indiferente a la conversación en tono lúgubre de las mujeres.

En la casa de la reja negra, bajo un patio techado, un niño da vueltas en bicicleta. Suspende su juego para decirme que la señora Chagoya salió y no sabe cuándo regresará. Su laconismo denota una lección bien aprendida: no hablar con forasteros. Emprendo el regreso hacia la carretera.

En el trayecto una mujer me sale al paso y me encara: "¿Usted viene de Migración o de alguna oficina donde puedan resolver lo de las indemnizaciones para los braceros?" Le digo que soy periodista. Mi respuesta no le interesa y sigue hablando: "Mi papá trabajó en Estados Unidos en los años 40 y 50, cotizó mucho tiempo para el Seguro Social de allá, y no nos han devuelto ni un centavo. Dicen que nos darán como 30 mil pesos, una miseria. Lo peor es que nosotros todavía no hemos metido papeles, por eso pensé que a lo mejor usted podría ayudarnos. Pero veo que no, porque nada más es periodista. De dónde o de qué?"

Respondo que trabajo en La Jornada, Radio Capital y Canal 11. Su expresión se anima: "¿Eso es tele?" No espera mi respuesta y se dirige a sus vecinas: "Viene de la televisión. Anda buscando a la señora Chagoya".

En el desierto o en el río

Una mujer pelirroja, en pants y tenis, se acerca levantando nubes de polvo: "A su marido lo enterró hace días y ahora ella solita tiene muchos asuntos que arreglar. Seguro que por eso no la encontró en su casa. Quédese y espérela. Sería bonito que ella contara en la tele lo que le sucedió a su esposo. No es el único que ha tenido una desgracia: en el norte mueren muchos hombres, unos en el desierto, otros en el río o en las ciudades, como el esposo de la señora Chagoya".

"Ojalá nuestra vecina saliera en la tele", dice mi primera informante. Camina unos pasos por la calle y regresa a mi lado: "No veo a la señora Chagoya por ninguna parte. Si tiene prisa váyase a Duarte, pero, cuando regrese a Guanajuato, deténgase aquí para que la viuda le cuente todo. Lástima que yo no pueda platicarle nada para la tele: por desgracia hasta ahorita nadie de mi familia se ha ido a trabajar al otro lado".

La lluvia de polvo

Entre los tendajones, las refaccionarias, las fondas y los deshuesaderos de tráileres no hay señalamientos para Duarte. En cambio, abundan los espectaculares que prometen la dicha futura, siempre futura, según se elija un candidato, un oasis vacacional, una marca de automóvil, un centro comercial, un restaurante o un fraccionamiento.

Para llegar a mi destino me oriento por las indicaciones de los informantes que desde los quicios de las accesorias y las fondas gritan: "Sígale. Después del boliche va a encontrar un anuncio muy grande que dice 'Entreprises Inn', y mucho más arriba el restaurante bar Coyote. Allí da vuelta a la derecha y agarra por el camino de terracería. A cinco kilómetros está el poblado que busca".

Sobre Duarte y su población de 5 mil 400 habitantes llueve el polvo que levantan los camiones rabones, las pipas de gas, los tráileres, las trocas con placas estadunidenses y los autobuses de línea que se anuncian con un silbato parecido al del tren. Los vehículos apenas dejan espacio para que circulen los ciclistas y los grupos de niños que viajan en volantas.

La vegetación, afantasmada por el polvo, es monótona: huizaches, higuerillas, pirúes. Sus ramas se juntan para formar un arco sobre el camino que, en los momentos de mayor tránsito, se vuelve invisible a causa del polvo. Por todas partes se ven campos abandonados convertidos en basureros. Entre envases, latas y bolsas de plástico se levantan, apergaminados por el sol, restos de milpa y girasoles.

Los niños recién salidos de la escuela se detienen para comprar raspados, frituras y refrescos que se venden bajo mantas y toldos, o bien en patios y habitaciones de las casas convertidas en estanquillos. Atendidos por mujeres, cuentan entre sus mercancías la ropa y los juguetes que los parientes que viven en Estados Unidos les trajeron en Navidad.

El sol declina. Sus destellos avivan el tono de las jarillas, rehiletes de fuego entre nubes de polvo. Los muros de las casas se ennegrecen. Su oscuridad contrasta con la luz de los focos encendidos en las ventanas y sobre los quicios donde los viejos esperan la caída de la noche.

Todos se fueron

La calle larga y estrecha que conduce al centro de Duarte es una cadena de comercios donde hay desde tenis hasta juegos electrónicos para niños. Junto a la publicidad de refrescos y golosinas se ven retratos familiares.

Juana, la dueña del local que es también agencia de viajes, me invita a ver las fotos que tiene en el corredor. Señala con el dedo a tíos, hermanos y primos, y me dice: "Todos se fueron a Estados Unidos. El único que se quedó fue mi esposo. Le gusta mucho trabajar el campo, pero ya no le conviene. Y es que aquí llueve poco, en la presa no hay agua, los pozos están secos; la semilla, los fertilizantes y los fungicidas están caros. Se invierte mucho en la siembra y al final no se cosecha nada más que nuevas deudas. Por eso mi marido está pensando abandonar el campo. Si hubiera posibilidad de hacer otro trabajo nos quedaríamos aquí, pero no hay nada en qué ocuparse y los jornales son muy bajos. Por mucho que me duela decirlo terminaremos yéndonos a Estados Unidos. Allá hay trabajo, y aunque se gane poco, siempre será más que aquí.

Bajo la noche de Duarte

Junto a la iglesia está la plaza principal: un patio con una fuente de cantera. Allí se reúnen las mujeres, muchas con sus hijos de brazos. Comen con las manos enchiladas que toman de platos de cartón, ríen a carcajadas, juegan, bromean. Algunas se quejan por no saber dónde están sus maridos ni cuándo volverán.

La conversación se interrumpe cada vez que aparece un automóvil con placas estadunidenses. Los dueños conducen con aire de superioridad y dejan la estela de su música escuchada a todo volumen. "Ese acaba de llegar", "Aquél se va mañana", me dicen las mujeres. Una muchacha apenas logra contener su angustia: "Mañana es jueves, un día muy triste para mí porque mi novio se fue hace meses, un jueves, y todavía no sé nada de él".

Su amiga la consuela: "No te apures. A lo mejor regresa en junio". "O en diciembre", dice otra. "O quizá nunca vuelva", comenta, bajo la noche de Duarte, una tercera mujer que se aleja con su niño entre los brazos.

 
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