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Soledad Loaeza

¡Cállate, chachalaca!

Ahora que todos andamos con el Juárez en la boca, resulta chocante el estilo de la campaña del candidato Andrés Manuel López Obrador. En lugar de la sobriedad y la austeridad republicanas en las que todos pensamos cuando evocamos la memoria de "Juárez, el impasible", como lo describió Héctor Pérez Martínez con un solo adjetivo en el título de su ensayo biográfico sobre el personaje, sorprende la estridencia y el tono exaltado con que AMLO ha emprendido la conquista del electorado. Nadie duda de que su insolente referencia al Presidente de la República, Vicente Fox, como chachalaca, arrancara carcajadas en el auditorio, pero uno se pregunta qué entiende el candidato del PRD por liderazgo político.

Cuando los griegos tipificaron los sistemas políticos: democracia, demagogia, oligarquía, jamás pensaron en que algún día surgiría la opción del gobierno de los más chistosos, ¿la bufocracia? Nosotros tampoco. Todavía habemos quienes esperamos que el país sea gobernado por los mejores de nosotros, como lo fueron Juárez y la constelación de los liberales del XIX. Su superioridad consistió en que a partir de sus ideales y de sus imágenes del deber ser de la República, tuvieron la disciplina y la inteligencia que los condujo a entender que el líder político sienta estándares morales y cívicos que eran -y deberían seguir siendo- una referencia, un modelo, una lección para todos nosotros. Abundan las anécdotas del ingenio de líderes políticos históricos. Podemos citar a Abraham Lincoln, a Winston Churchill, a Alvaro Obregón y hasta al general De Gaulle, pero la clave de su peso histórico no residía en su capacidad para hacer chistes, sino en la seriedad con que emprendieron la difícil tarea de gobernar, que no es, ni mucho menos, un día de campo.

Los liberales mexicanos del XIX se crecieron a las dimensiones del desafío de enfrentar la invasión de un ejército extranjero en un país dividido y en bancarrota. Como individuos se sabían débiles ante la magnitud de la empresa; por esa razón se acogieron a instituciones diseñadas para salvaguardar los derechos de todos por igual, para defenderse de su propia fragilidad; construyeron su liderazgo político a partir de las instituciones republicanas y no contra ellas, fue ahí donde encontraron el apoyo a su autoridad, y no en el aplauso popular. Así fue también como adquirieron la estatura que hoy en día es una medida de patriotismo y de capacidad para gobernar; asimismo, fue desde la defensa de las instituciones que se aseguraron la trascendencia histórica que tantos políticos añoran.

Lejos están los perredistas y el propio Andrés Manuel López Obrador de ese legado. Ahora han intentado justificar y defender el "¡cállate, chachalaca!" dirigido al Presidente, con el argumento de que así hablaba Vicente Fox hace seis años. Al hacerlo corren el riesgo de que se les responda: "Pues ya ven a qué nos ha llevado un chistoso en el gobierno". Además, al insultar de esa manera al Presidente de la República, quiéralo o no, López Obrador estaba descalificando nada menos que al mismísimo Presidente de la República que, nos guste o no, ostenta la representación nacional. El rechazo que su chiste provocó fue justamente porque insultaba a muchos al mismo tiempo, fue un escopetazo con el que alcanzó a la institución presidencial, a más de 40 por ciento de electores que lo llevaron al poder, y a los muchos mexicanos que todavía hoy le otorgan una calificación aprobatoria nada despreciable. Pero lo más importante es que con sus chistes López Obrador está minando las bases de la autoridad que quiere alcanzar y ejercer; exactamente igual a como lo hizo hace seis años Vicente Fox. Una estrategia de campaña que ahora le pesa, porque fue el antecedente para el estilo que ha adoptado AMLO, y que ahora utiliza en su contra. Al descalificar con esos modos al Presidente, el candidato perredista tendría que pensar que quizá esté escupiendo al cielo, y que si acaso llega a ser elegido el próximo 2 de julio, en algún momento no faltará quien lo trate de la misma manera.

El recurso a las expresiones populares y a la burla de los adversarios es cada vez más frecuente en el discurso del candidato perredista. Tanto que ha desplazado propuestas y planteamientos serios que indiquen qué haría de llegar a la Presidencia de la República. Es posible que al elegir esta estrategia AMLO y sus consejeros crean que están respondiendo al estilo que los medios han impuesto; pero no podemos ignorar que en la tradición del PRI y de la izquierda mexicana está también la mirada condescendiente que siempre ha dedicado al pueblo, o en estos tiempos a los ciudadanos. La que considera que el único lenguaje político que le es accesible es el de la carpa de los años treintas, el de Palillo, Manuel Medel y el Panzón Panseco, cuyo ingenio francamente es irrepetible.

Con sus burlas y cuchufletas AMLO sólo nos ha dicho cómo sería de llegar a la Presidencia: festivo, insolente con el rico, el opositor y el influyente -entre otros rasgos que no necesariamente buscamos en un líder político. Pero es poco lo que nos dice de qué haría como presidente, si nada más sus chistes predecibles, o si se tomaría en serio la tarea de gobernar.

 
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