Usted está aquí: jueves 30 de marzo de 2006 Política ¿El menos malo?

Octavio Rodríguez Araujo

¿El menos malo?

Para algunos López Obrador es el malo, incluso articulistas de algunos medios de derecha han cambiado su desdeñoso López de hace un mes por la mutación de Andrés Manuel en Manuel Andrés, para que sus siglas sean MALO y no AMLO. El candidato de la coalición Por el Bien de Todos es el malo para el PAN, para el PRI, para el gobierno de Fox y para mi tía Irene, que se asusta si el cura de su parroquia usa solideo porque cree que es un casquete exclusivo de los judíos, un kipá, y ella es cristiana.

Para otros, menos de derecha que los anteriores e incluso de izquierda (dicen), López Obrador es el menos malo y les gustó tanto la caracterización que la repiten a placer, como si hubieran inventado una nueva categoría sociológica o politológica. ¿Y qué quieren decir con la expresión menos malo? El supuesto, sagaz como pocos y que denota una gran agudeza en su alambicado pensamiento, es que todos los candidatos son malos, pero López Obrador es el menos malo. Este es el adjetivo, nos falta saber por qué es el menos malo y no el bueno, el mejor, el malo o el peor. Es el menos malo, para la izquierda que hace unos años veía a Cuauhtémoc Cárdenas como el bueno, por dos razones fundamentales: 1) porque no es socialista, y 2) porque se ha rodeado de una buena cantidad de ex priístas, algunos de ellos también ex salinistas (enfermedad que, por cierto, no se cura con el tiempo y, además, porque no han ofrecido sus disculpas al respetable, como debieron haber hecho).

López Obrador no es socialista, ni siquiera de un partido autodenominado socialista como el de Chile o el de Francia, que no son socialistas pese al nombre. Es el candidato a la Presidencia de un país capitalista y por un partido que no es ni ha pretendido ser socialista, aunque por momentos, y no sin discusión, se ha autodenominado de izquierda. La coalición de partidos que lo ha hecho su candidato tampoco es socialista, ni siquiera por el Partido del Trabajo que hace esfuerzos por borrar su pasado (y su origen) y por organizar coloquios anuales con representantes de partidos no sólo socialistas sino especialmente comunistas.

La palabra "socialista", como decía Heberto Castillo cuando era dirigente del Partido Mexicano de los Trabajadores, no es bien vista por la mayoría de la población, y quizá tenía razón. Debe ser una palabra tabú, tanto que el mismísimo delegado Zero (como el detective Daryl Zero de la película Zero effect) la omite: la otra campaña es anticapitalista, pero el socialismo sólo es un implícito para el que la quiera pensar con este segundo apellido.

En México la izquierda socialista ha tenido registro en 1946 y de 1979 a 1991 y nunca ganó la Presidencia de la República ni un gobierno estatal. Es más, nunca ha estado cerca de ganar gobiernos de este nivel. Cuando el Frente Democrático Nacional triunfó sobre Salinas en 1988 no era tampoco socialista. La conclusión no es muy difícil de obtener de esa larga historia: el pueblo mexicano, en mayoría, no ha simpatizado ni simpatiza con partidos ni candidatos socialistas en sus variadas versiones. ¿Por qué? No lo sé con precisión, aunque tengo algunas hipótesis. De aquí que pensar que el mejor candidato y el mejor partido, para este año (no sé para los próximos), deberían ser socialistas es wishful thinking (confusión de los deseos con la realidad) o, lo que es lo mismo, pedirle peras al olmo.

Los ciudadanos mexicanos no tenemos, pues, una opción socialista para las próximas elecciones. Tenemos partidos y candidatos funcionales con el capitalismo y uno de ellos nos va a gobernar, nos guste o no. Es lo que hay, y lo que hay no tiene la culpa de que la izquierda socialista (comunista, trotskista o maoísta) no haya logrado crecer y desarrollarse, ni convencer a las masas trabajadoras de que votaran por ella, ni siquiera bajándole el tono a su discurso, como le ocurrió al Partido Comunista al convertirse en Partido Socialista Unificado de México y luego en Partido Mexicano Socialista (el que le cedió el registro al PRD al disolverse).

¿Qué es lo quieren algunos de mis amigos y ex amigos izquierdistas? ¿A Lenin redivivo, o Trotski o, más a la moda, a Rosa Luxemburgo descontextualizada a conveniencia? ¿Y con qué partido? ¿Con el PRD sin ex priístas? Imposible, fueron ellos los que lo fundaron y los que han sido sus dirigentes, con muy pocas excepciones. Hasta en este caso la izquierda socialista no supo qué hacer. Participaron en la fundación del PRD, como antes estuvieron en el FDN sin lamentarse públicamente por compartir el frente con el PARM, el PST y el PPS (de triste memoria), y el partido se les fue de la mano, aunque no pusieron cara de asco cuando los invitaron a ser diputados o semiaviadores en el Gobierno del Distrito Federal, donde incluso algunos zapatistas han gozado de honorarios modestos, pero honorarios al fin.

¿No votar porque los tres candidatos son malos? Pues no voten, de todos modos uno ganará. ¿No votar por el que algunas izquierdas consideran el menos malo? Pues tampoco lo hagan, le dejarán el gobierno a Calderón o a Madrazo (y luego no se quejen). A mí personalmente no me importa, pues soy académico, sólo vivo de mi sueldo universitario y de mis artículos y no aspiro ni he aspirado a cargo alguno en el gobierno, ni de aviador ni como asesor. Lo sentiría, sí, por el país.

La otra campaña, al margen de mis simpatías o antipatías, está bien que siga, y qué bueno sería que despertara a mucha gente hoy dormida, pero esa campaña no tiene ofertas y no producirá un gobierno, y aunque quisiera y pudiera competir electoralmente, no ganaría los votos suficientes para competir siquiera con Patricia Mercado. ¿Es muy difícil de entender, o no se quiere entender?

 
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