Usted está aquí: sábado 15 de abril de 2006 Opinión Las migraciones, el gran desafío del siglo

Jorge Carrillo Olea

Las migraciones, el gran desafío del siglo

México es un país expulsor, pero también receptor de migraciones. Expulsor por inferencias obvias y receptor por dos razones: somos el punto de tránsito de todos los centroamericanos y ecuatorianos que desean llegar a Estados Unidos. Los más lo logran, muchos acaban quedándose en México. La otra razón son aquellos emigrantes del cono sur, principalmente argentinos y uruguayos, que tienen como destino nuestro territorio. Muchos se mueven con algún capital, se establecen en estratos medios de la sociedad y acaban prosperando.

México tiene conocimiento muy poco confiable de los inmigrantes indocumentados que permanecen aquí. Existen vicios parecidos a los practicados por los estadunidenses: hay polleros, explotación infrahumana, engaños, falsificación de documentos, sobre todo en la región del Soconusco, y el gobierno pone muy escasa atención al fenómeno. Lo enfoca solamente cuando se crean conflictos sociales, como en la zona de Tapachula o los llamados Salvatruchas.

Según datos del Consejo Nacional de Población, hay 493 mil extranjeros en México: 340 mil estadunidenses, 28 mil guatemaltecos, 20 mil españoles, 7 mil cubanos, 7 mil canadienses, 6 mil colombianos, 6 mil argentinos, 5 mil 600 salvadoreños, 5 mil 500 franceses, 5 mil alemanes y 63 mil de distintos países.

Estas cifras no convencen a nadie, empezando por agrupar en "otros" a una cifra tan grande como son 63 mil. Tampoco es creíble el número de guatemaltecos ni salvadoreños, particularmente estos últimos, si se tiene en cuenta que Guatemala sufrió una persecución genocida de más de 30 años que expulsó hacia México a 40 mil indígenas que hoy viven prósperamente en Quintana Roo, en Campeche y algunos en Chiapas, gracias a un programa gubernamental. El Salvador sufrió una guerra de más de 10 años que expulsó a miles con destino a Estados Unidos. Sólo en aquel país radican más de 2 millones de los primeros y 3 millones de los segundos; todos ellos han pasado por territorio nacional y se quedó en nuestro país una cifra significativa, principalmente en los municipios orientales del estado de México.

En Europa la situación no es mejor. Los pasos donde los inmigrantes se juegan a diario la vida son: el estrecho de Gibraltar; el túnel del Canal de la Mancha, donde se interceptan alrededor de 30 mil personas; Bosnia-Herzegovina; el sur de Italia y Sicilia, y España.

España calcula la existencia de 500 mil indocumentados después de haber regularizado a 140 mil aproximadamente; Alemania calcula en un millón las personas que viven sin documentos; Francia ha regularizado a 83 mil de los 140 mil ilegales identificados, pero calcula que hay 300 mil más sin identificar; Italia en 1995 regularizó a 200 mil, sin embargo calcula que hay 300 mil indocumentados más, y el Reino Unido regularizó en el año 2000 a 30 mil, calculando que hay 200 mil más en esa condición. El conflicto se expresa en un binomio casi irresoluble: la contención de flujos de indocumentados y la necesidad de nuevas generaciones, en países avejentados, de más mano de obra barata y dispuesta a realizar tareas innobles.

Los dirigentes europeos apuestan ahora a dos iniciativas: la primera consiste en crear una policía europea de frontera única, el empleo de aviones y satélites Galileo. La segunda consiste en presionar a los países de origen en oportunidad de la suscripción de acuerdos de colaboración, y hay una iniciativa italiana de inscribir en la política exterior y seguridad común el tema de las migraciones, todo esto en el tiempo de la Unión Europea de 15 países.

Como se ve, las tendencias en Europa, que para efectos del universo que estamos hablando significan por lo menos la mitad del mundo, siendo la otra mitad Estados Unidos, van impulsadas por una política claramente represiva y unilateral. Cabe recordar que en 2002 los jefes de gobierno de España y el Reino Unido, José María Aznar y Tony Blair, de manera respectiva, encuentran terreno común: castigar económicamente a los países que permitan la salida de trabajadores hacia Europa. Pareciera ser que esos dos países no tuvieran una gran deuda con la historia de las migraciones.

Para Estados Unidos existe un binomio parecido al europeo: seguridad doméstica antiterrorista y necesidad de mano de obra. A esto habría que agregar, y merece todo un análisis, como observan los white, anglo-saxon and protestants (wasp), que las minorías étnicas van ocupando espacios de importancia en la vida política, económica y social, que el perfil tan celado del país cambia velozmente y brota una nueva cultura sustitutiva, y que a esto no se le ve fin, así se levante el muro amenazante.

Las semanas recientes este sentimiento de rechazo se hizo evidente ante el cuestionamiento sobre la presencia de banderas mexicanas en las manifestaciones. Se llegó inclusive a escenas nunca vistas: a incendiarlas. No hay líder ni partido ultraderechista que excite abiertamente estos xenofóbicos movimientos, pero sí se les alberga moralmente cuando las actitudes individuales y colectivas de tinte hostil y racista comienzan a hacerse presentes.

El problema parece irresoluble si se aspira a lo ideal, pero pudiera haber avances paulatinos si una comisión específica y permanente fuera responsable, ante un programa calificado, de dar seguimiento al problema y sus mil aristas. Hasta el momento el gobierno mexicano ha reducido a la retórica sus esfuerzos, mientras en Estados Unidos se trabaja incesantemente sobre el tema. Esta comisión debería sustituir el debate casi siempre fabricado retóricamente para los medios, peor aún en días que se aproximan a las elecciones en los dos países. Podría argumentarse que en la esencia misma de los Bills of Rights estadunidenses están declarados los derechos del hombre y del ciudadano, naturales e imprescriptibles: libertad, propiedad, seguridad, resistencia a toda opresión, poner el acento de todo esfuerzo, no sobre el proceso represivo aplicable a la inmigración, sino en el debate sobre lo que la origina.

El problema es mayúsculo, universal e imparable. Los pueblos son dueños de la soberanía de sus países, pero todos los hombres somos titulares del universo que nos alberga. Es el gran desafío del siglo.

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