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Teresa del Conde

Recordando a Vlady

Entre 1985 y 1986 Vlady presentó una exposición que denominó Metodológica en la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes, para la que pintó un cuadro de 3.40 x 4 m que se titulaba, parafraseando a Hamlet: Ser o no ser. Pintar bien o no pintar. Se le denominó entonces ''Moderno Descartes de la plástica mexicana". Evocaba a Velázquez, a Goya y desde luego a los maestros venecianos, especialmente a Tiziano y a Tintoretto, a quien representó varias veces como a un cíclope (también se representó a sí mismo como tal). Los personajes, si es que eran tales, se trasfiguraban entre los claroscuros de la cultura, el poder y la historia, era como un exorcismo, como una denuncia y a la vez protesta ante el frágil equilibrio de nuestro tiempo.

Vlady se consideraba a sí mismo como oficiante de la libertad sin restricciones, una libertad que tomaba en cuenta los derechos de los otros, porque sin eso no hay libertad posible. Fue pensador, escritor y magnífico editor, además de artista e hizo concurrir en su obra la pasión por la pintura, el dibujo, el grabado, la política o más bien la crítica política y el sicoanálisis.

Cuestionó los remanentes del realismo social de la Escuela Mexicana, procuró seguirlos bajo otras vías. Entre sus obsesiones básicas estuvieron la investigación del color, la ruptura de planos para lograr efectos anteroposteriores (sin desechar la perspectiva que llamamos atmosférica) y lo que él llamaba ''el secreto alquímico de la pintura veneciana", al que no es posible llegar.

Como Siqueiros, aunque de modo muy distinto, pensaba incansablemente en la marcha inexorable de la humanidad. Fue iconoclasta ante el imperio de las ideologías y la opresión, porque su propia historia hizo que con creces las constatara. Intentó dejar uno de sus mayores testamentos pictóricos en los murales de la Biblioteca Lerdo de Tejada, donde se le homenajeó con un amplio ciclo de pláticas. Los murales llevan un título ''abstracto": Las revoluciones y los elementos. No solía someterse al tema, así que el título es aleatorio.

El ciclo está dedicado a Víctor Serge ''por sus hijos, Vlady e Isabel". Rige entonces la ''ley del padre" y eso hace posible que la capilla, más integrada iconográficamente que el resto de los murales, esté dedicada a Freud. Por intermedio de Edipo. La nave principal contiene transposiciones que datan de sus primeros años de vida de pintor en México, cuando era cargado a lo figurativo, inyectado de dosis bien detectables de surrealismo, no a la manera de Dalí o Ives Tanguy, sino de los surrealistas literarios practicante de la asociación libre, opción que él realizaba pintando o dibujando, sin someterse a métodos tipo collage como el de los llamados ''cadáveres exquisitos". Las paráfrasis surgen aquí y allá, como igual ciertas construcciones que se antojan proyectadas al futuro o inspiradas en la ciencia ficción.

Cuando vi los murales por primera vez antes de que fueran terminados (se inauguraron en 1982), me parecieron ajenos a cualquier tipo de tectónica; me quedé muda. Al revisarlos después en tres ocasiones, observé que sí la tenían, fluida, impulsiva en algunas secciones y en otras pautada por la arquitectura. Siempre persiguen la metáfora: el cuadro dentro del cuadro (en este caso el muro), la figura dentro de otra que la contiene o la desborda. ''Al principio fueron las tinieblas", dice el Génesis. Y siguen, me parece que se dijo Vlady a sí mismo. ¿Son Revoluciones, o Apocalipsis, como pensó Eduardo Lizalde al referirse a un Apocalipsis radiante? Los estallidos y vibraciones cromáticas en la nave mayor son innegables. No hay duda de que el ciclo implicó una labor titánica.

José de la Colina lo entrevistó en El Semanario, de Novedades y publicó su texto con el título ''Vlady en el vientre de la ballena", como un Jonás del último cuarto del siglo XX. ''Lo que tú has querido desenvolver de nuevo no es el rollo de la historia, sino la medida en que te devora, te presiona..." En París otra persona que lo entrevistó recogió lo siguiente: ''Los temas no son más que pretextos para hacer pintura. La pintura no es lo que se pinta, sino cómo se pinta". Por eso el conjunto no es didáctico ni pretendió serlo, prefirió un desarrollo tumultuario, observó Jorge Hernández Campos. Hay algo muy perceptible si uno pone atención concentrada: unas partes tienen tratamiento de virtuoso, como de cuadro de caballete, otras proceden como si fuesen realizadas por el propio sistema extrapiramidal del artista, por impulso propositivamente incontrolado. Las vivencias infantiles lo marcaron indeleblemente, su acción como pintor y dibujante lo hizo sobrevivir.

La exposición que de su obra se prepara ojalá incluya aspectos de su producción que aún ahora nos son desconocidos, como bien apuntó Tomás Parra en la alocución que compartió conmigo en una de las sesiones del homenaje.

 
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