Usted está aquí: domingo 23 de abril de 2006 Opinión EJE CENTRAL

EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

Gabriel Orozco y la ballena gris

Como otros tantos millones de inmigrantes, llegué en tren con mi familia a la estación de Buenavista. No olvido el olor de los vagones, los asientos tapizados de felpa verde, el chirrido de las ruedas sobre los rieles, la agitación y el desconcierto de quienes dejábamos el campo, las nubes de vapor y el aroma a gardenias en los andenes.

Lo primero que vi fue Insurgentes Norte: un jardincito triangular, el letrero de un hotel, casas de un piso y, al centro, un edificio altísimo en forma de rebanada de pastel. Nos detuvimos a mirarlo. En la planta baja apareció una estrella que al ascender multiplicó sus colores y sus formas hasta desgranarse y convertirse en una cascada de luces. Era el anuncio de un refresco que entonces se proclamaba como "la chispa de la vida", pero esa noche me pareció un regalo y un acto de magia.

Regresé muchas veces a Buenavista para revivir la emoción de aquel primer encuentro con la ciudad. Siempre me parecía ver de nuevo a mi padre mostrándoles a los desconocidos un papelito con la dirección en Tacuba que iba a ser nuestro refugio, el círculo cerrado que formábamos mis hermanos y yo perdidos en aquel mar de gente y, sobre todo, la chispa de neón iluminando la oscuridad del porvenir y de la noche.

La sombra de Jonás

Vuelvo a lo que aún llamo "la estación". En sus terrenos se construye la Biblioteca José Vasconcelos. En pleno proceso, la mole de 28 metros de altura sugiere un barco flotando entre las ruinas del naufragio, una pirámide a medio construir, el esqueleto de un cetáceo arrastrado por la tempestad hasta quedar en una playa de concreto.

La actividad vertiginosa de los trabajadores contrasta con la quietud del edificio vecino, en el terreno de la estación. Camino por la gran sala, y esta vez no encuentro el manantial de luz, sino algo nuevo y a la vez muy antiguo: el cráneo de una ballena gris. (Ficha técnica: es la parte más grande de este mamífero, que sobrevive en el océano Pacífico. Mide 2.52 metros de largo por 1.20 de alto.)

Un aroma salado y triste envuelve la osamenta. Obra maestra del diseño, blanca como el sudario que la protegió durante dos años en Isla Arena -adonde llegó la ballena a morir tras un viaje de 21 mil kilómetros a través del Pacífico, desde el mar Chukchi (Alaska) hasta Baja California Sur-. La carcasa parece una escultura de espuma congelada. Me asomo por entre las mandíbulas sin dientes, trituradoras de plancton y crustáceos. Veo el paladar semejante a una bóveda, y en el fondo me parece distinguir a Giorgio de Chirico pintando la sombra intranquila de Jonás.

El silencio del mar

En un cuarto semejante a una sala de espera encuentro el resto de la ballena. En anaqueles se acumulan huesos pequeños, goznes que permitieron el movimiento del enorme esqueleto. Ordenadas sobre una mesa de madera, las 54 vértebras parecen la cauda de un vestido de novia, un litoral visto desde un globo aerostático. Su desnudez se cubre con una nueva piel tejida con círculos de grafito.

Concéntricos, elementales, sometidos a la forma del hueso, los círculos pueden interpretarse como letras de una nueva grafía que ha inventado Gabriel Orozco para escribir historias submarinas. También pueden leerse como las notas musicales que entonan desde la profundidad y el silencio la hermosa y triste canción de las ballenas.

Apoyadas sobre las paredes están las 28 costillas que integran un corselete, y luego el esternón y los omóplatos en forma de alas de mariposa. Frente a las grandes proporciones de estos huesos, el tímpano es una miniatura, un adorno en el cráneo de la ballena. Curvo, intrincado, laberíntico, tal vez conserve, como las caracolas, los rumores del mar.

Benita Primavera

La ballena estuvo dos años abandonada en Isla Arena y entró en la ciudad de México el 21 de marzo. Ya tiene un nombre: Benita Primavera. Bajo su nueva identidad, recubierta por el diseño en que Gabriel Orozco mezcla el movimiento de las olas y el alcance de las ondas sonoras, Benita Primavera hará un viaje hacia su último destino: la Biblioteca José Vasconcelos.

En la sala principal, suspendida a más de tres metros de altura, Benita Primavera flotará en otro mar: el de la memoria, la sabiduría y la belleza concentrada en un millón de volúmenes por donde fluirán -cuando la luz de la lectura los despierte- todos los idiomas, épocas y corrientes del pensamiento.

En la inmensidad de la cifra caben enciclopedias, diccionarios, tratados científicos y tecnológicos, biografías, memorias, ensayos, novelas, cuentos, tomos de poesía -algunos de haikús concentrados como el tímpano de una ballena-, atlas con la imagen del mar Chukchi, libros de arte dedicados a la obra de Gabriel Orozco:

(Ficha técnica: pintor, escultor, fotógrafo, grabador, instalador, Gabriel Orozco (Jalapa, 1962) es una de las mayores figuras en el arte conceptual del nuevo siglo. Mediante todas las técnicas y materiales, desde plastilina hasta hueso, expresa sus obsesiones (la restructuración de las ciudades y la irrupción de lo insólito en lo cotidiano) y sus preocupaciones (lugar, tiempo y realidad). Su material de trabajo es "la vida, lo que me sucede; mi método: salir a la calle y encontrar un espacio de reasignación de un entorno". Describe su actividad como una permanente tensión entre vida y muerte, movimiento y estatismo, polvo y luz, paisaje y objeto que lo habita. Orozco expone desde 1983. Ha participado en cinco bienales. Entre sus obras más conocidas se encuentran Cometas negras, Tabla oval de Billiard, Caballos que funcionan sin fin. Nómada, pasa el invierno en México, la primavera en Europa y el otoño en Nueva York).

Un día se sumarán al acervo de la biblioteca libros con fotografías que ilustren las aventuras de Gabriel Orozco con la ballena gris: la encontró muerta en Isla Arena, entre mástiles y cascos de barcos abandonados, y la devolvió acorazada de círculos negros a un oleaje de letras y papel. Gracias a Orozco, Benita ha renacido como la primavera.

 
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