Usted está aquí: domingo 30 de abril de 2006 Opinión Joseph Steib: Sueños y pesadillas

Vilma Fuentes

Joseph Steib: Sueños y pesadillas

Esconder un manuscrito a la vigilancia persecutoria de la censura y la consiguiente destrucción es difícil, pero posible. En épocas distantes, bajo regímenes autoritarios, los autores de escritos subversivos se han visto obligados a ocultar sus obras, a posponer su divulgación e, incluso, a evitar la curiosidad de vecinos. El escritor puede, para salvar su manuscrito, copiarlo, reproducirlo, distribuirlo aquí y allá, abandonarlo en la alacena de una cocina cualquiera (a la manera de Macedonio Fernández), sobre todo si las alacenas se hallan en las manos negligentes de personas cuya atención es puesta en tareas más elevadas que el orden de la despensa. El autor puede, también, posponer la publicación de algunos escritos (diarios, memorias, correspondencia) para evitar conflictos que hacen correr el riesgo de procesos interminables o para no herir a los dichosos amigos que se mencionan. En fin, los motivos para posponer una edición sobran y deberían aprovecharse para no precipitarse en publicaciones de las que uno puede arrepentirse, no a causa de los otros, peor aún, de uno mismo.

Ocultar una pintura es bastante más complicado y requiere un esfuerzo de imaginación. Ladrones y encubridores de telas amorosamente sustraídas de museos, han hecho prueba de fantasía en el arte del disfraz. Los escondrijos más inusitados brotan de la necesidad. Uno de ellos es el ocultamiento de una pintura bajo otra pintura: un Rembrandt escondido por un ramo de flores de colores chillantes. Pero untar pintura y decaparla después es una labor de profesionales: el escondite puede conducir al triste final balzaciano de la "obra maestra desconocida" cuando el artista extiende pintura sobre pintura y termina por destruir su obra.

Joseph Steib (1898-1966), alsaciano, apenas ahora reconocido en Francia, logró el milagro de esconder sus telas a las miradas inquisidoras de la Gestapo. Su pintura, de haber sido descubierta por la policía nazi, era un boleto sin regreso a los campos de concentración si sobrevivía a la tortura. Joseph Steib se exponía, y exponía a su mujer, a una muerte segura. En efecto, sus telas, entre 1939 y 1945, son un testimonio inapelable sobre Alsacia durante el Tercer Reich, pintura cruda del terror nazi: bajo trazos fingidamente naïfs, se impone la ironía mordaz con que el artista lanza un escupitajo vehemente para exorcizar las situaciones.

Fabrice Hergott, director de los Museos de Estrasburgo, señala acertadamente que Steib consiguió ocultar su pintura escondiéndose él mismo bajo las apariencias del idiota Tal se le puede observar en las fotografias de la época: endomingado, torpe, con la facha de un inocente que aspira al dandismo y sólo atrae la conmiseración que puede inspirar un ridículo, modesto, empleado sin mayores luces. ¿Qué mejor disfraz para esconder una pintura peligrosamente subversiva?

Si Steib ocultó sus obras durante los años del nazismo, la liberación las cubre con su oleada de entusiasmo y el deseo, quizás, de enterrar el horror. Vienen después los años en que representar a Hitler, incluso en las llamas del infierno, era de todos modos representarlo. Apenas ahora, más de 60 años después de la creación de estos cuadros, una mirada más abierta permite percibir su verdadero sentido.

La actual exposición titulada Salon des rêves, en el Museo de Arte Moderno de Estrasburgo, revela con claridad la pertenencia de este artista a la tradición del exvoto. Steib, profético, exorciza el mal con sus obras y anticipa la caída y la condenación de Hitler. Exorcismo, indica Georges Sebbag, al que pretendió Dalí, cuando autografió un ejemplar de La conquista de lo irracional, destinado a Hitler, con una cruz, signo "que provocaría la sublime catástrofe hitleriana". En su Ultima escena, Steib, creyente, osa reproducir la Ultima cena con Hitler al centro en una tela de apariencia blasfematoria, en realidad profética: última mascarada antes de la desaparición final anunciada para 1944. Obra fundamental, su originalidad proviene de un paroxismo místico capaz de exorcizar el mal gracias a lo sagrado de una pintura profética.

vilma@tiscali.fr

 
Compartir la nota:

Puede compartir la nota con otros lectores usando los servicios de del.icio.us, Fresqui y menéame, o puede conocer si existe algún blog que esté haciendo referencia a la misma a través de Technorati.