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Zuavos y tiznados, en la refriega desde hace 144 años

Continúa la tradición en el cerro del Peñón de los Baños

JAIME WHALEY

Ampliar la imagen Un zacapoaxtla, vestido de mujer para despistar al enemigo franc�s, ayer, durante la celebraci�n en el Pe��n de los Ba�os FOTO Reuters

Hoy, como hace 144 años, las armas nacionales se volvieron a cubrir de gloria, al celebrarse la recreación de la Batalla del 5 de mayo en lo que queda del cerro del Peñón de los Baños.

Zuavos y zacapoaxtlas volvieron a enfrentarse, no en el cerro de Guadalupe, en Puebla, sino un poquito más acá, aunque también por rumbos de oriente, en el agreste peñón, cerro vigía de la navegación aérea de la capital.

Por enésima ocasión, y de aquí hasta el fin de la historia, si es que llega, las tropas de aquellos aguerridos serranos poblanos, muchos disfrazados de mujer para desorientar al enemigo, liquidaron, no sin dificultad, a las entrenadas huestes del primer ejército del mundo, el francés.

Colonos del pueblo del Peñón escenificaron, como cada año, el histórico enfrentamiento. "Ya tiene muchos años. Desde que tengo uso de razón ya estaba este desmadre", explicó Armando Baños, quien a sus 57 años de edad es uno de los coordinadores -diríase que un general de división civil-, y ahora tiene a tres de sus nietos, que vinieron desde El Monte, California, entre los actores de esta trama urbana financiada por la cooperación voluntaria de los pobladores de los tres barrios del cerro, La Asunción, El Carmen y Los Reyes.

Tiznados, pues se embadurnan de crema y tizne, los zacapoaxtlas con sus peculiares sombreros con el alón levantado al frente, hicieron retroceder a los comandados por el mariscal Bazain, quienes repelieron el estruendoso ataque poblano salido de mosquetones retacados de pólvora, papel y casquillo, fierrito para hacer que la mezcla truene y para ayudarla a que suba, como explica don Armando, con pelotitas de esponja y rollos de papel salidos de sus cañones que, al igual que las armas mexicanas, son de autentica fabricación doméstica.

Con un intermedio, bueno para la comida en casa de varios organizadores y la firma del Tratado de La Soledad, en el parquecito del Niño Quemado, el drama continúa al atardecer en un terreno casi castrense, pues a unos metros de la ladera norte está un destacamento militar en serio, el cual custodia el faro-radar del aeropuerto.

 
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