Usted está aquí: martes 9 de mayo de 2006 Espectáculos Keita transformó por momentos a mexicanos en seres de Africa

Cerró su ronda de presentaciones en el país en una repleta sala Nezahualcóyotl

Keita transformó por momentos a mexicanos en seres de Africa

La música es medicina, reitera el músico maliense

Muestra su sorpresa frente al mariachi

TANIA MOLINA RAMIREZ

Ampliar la imagen En la fiesta privada que siguió al recital de la sala Nezahualcóyotl, Keita y su grupo disfrutaron de la música mexicana, incluidos, por supuesto, el Cucurrucucú paloma y El rey Foto: Fabrizio León

La música, dice Salif Keita, es medicina. Y aquellos que tuvieron el inmenso privilegio de estar en el último concierto del músico maliense en México fueron curados, al menos en ese momento, del cuerpo, del corazón, del alma.

Los asistentes a la sala Nezahualcóyotl de la UNAM, a reventar, celebraron con Keita y los maravillosos músicos que lo acompañaron: bailaron, levantando los brazos; otros intentando seguir los inimitables pasos de las esbeltas hermanas coristas y bailarinas, Marie Line y María Marolany. Por momentos parecía que los mexicanos se volvían un poco africanos con la música de Mali -una de las naciones más pobres del planeta-, considerada entre las más bellas y ricas del continente.

Los reunidos esa noche sucumbieron a los encantos de esta banda que hila la música occidental y la maliense como parte de un mismo tejido. Y quizá no sea tan metafórico aquello de sucumbir ante la música: uno de los instrumentos, el kamel n'goni (de cuerdas), tradicionalmente es usado por los cazadores en Mali para hipnotizar a los animales.

Y en este tejer modernidad con tradición, por momentos el joven Harouna Samake hacía que el kamel n'goni sonara bluesero, rockero; lo sostenía como guitarra eléctrica: se hincaba, se inclinaba hacia atrás, con el instrumento entre las rodillas, se acostaba...

Salif Keita fue uno de los pioneros, junto con artistas como Ali Farka Touré, en abrir la puerta a la música de Mali y de Africa occidental en general.

Tras experimentar en los años 90 fusiones de música tradicional africana y jazz, funk, rock y soul, en los dos discos recientes -Moffou (2002) y M'Bemba, (2005)- regresó a las raíces, a los cantos de su pueblo, con una hermosa combinación de instrumentos tradicionales (n'goni, tama, marimba, calabaza, djembé, congas) con electrónicos.

En esta ocasión los músicos hicieron un recorrido por estas épocas y llevaron a los presentes por el funk, el jazz y el rock. Eso sí: tocaran lo que tocaran, luz y sensualidad africana no cesó nunca.

La gente no se contuvo y se paró a bailar al ritmo que marcaron el percusionista Souleymane Doumbia, el baterista Roger Biwandu y el impresionante Mamadou Kone, quien se hizo cargo de la calabaza y el tambor parlante (un pequeño tambor que "suena como si hablara", describe Mary Farquharson, de Discos Corasón), acompañados por los guitarristas Djeli Moussa Kouyate y Ousmane Kouyate, y el bajista Mike Clinton. La banda, ante todo, disfrutó estar en el escenario.

Comunión total

Uno de los momentos más emotivos fue cuando Keita cantó sólo acompañado de la guitarra. Su dulce y potente voz inundó la sala. Parecía no importar que la mayoría no entendiera la letra. Esa voz expresaba algo verdadero, auténtico y antiguo, algo lleno de nostalgia, algo con lo que los seres humanos se identifican, algo que los une más allá de las historias personales. Su voz logró que, por un momento, todos los presentes entraran en comunión.

Salif Keita es descendiente de Sundiata Keita, el rey guerrero que fundó el imperio de Mali en el siglo XIII. Esta condición social le hubiera impedido ser músico, ya que la música era creada por las castas inferiores. Sin embargo, lo que prohibían los hombres lo hizo posible Dios (diría Keita) o la naturaleza (dirían otros). Keita nació albino en 1949. Los albinos suelen mantener una vida aislada, excluidos de la vida comunitaria. Así que Dios le dio la libertad de elegir con el corazón su oficio. Y nunca tuvo duda: la música.

El músico ha roto tradiciones, una tras otra. Liberó a los nobles: abrió la puerta para que pudieran mostrar su talento en el campo de la cultura ("en el pasado, aunque fuesen grandes talentos, por su apellido se les reprimía", dijo en entrevista con La Jornada en abril pasado). Rompió las divisiones entre lo tradicional y lo moderno a tal punto que parece haber creado un género nuevo.

Sobre el escenario, Keita, vestido en blanco, se mueve y baila con la majestuosidad y elegancia de un rey, y por momentos brincotea como rockero. Es aquello y es esto, y se resiste a ser catalogado.

Lo único que empañó el ca-tártico concierto fue la acústica, en ocasiones deficiente. Por mo-mentos, por ejemplo, las voces de las coristas fueron opacadas por los instrumentos.

La lluvia

El concierto en la Nezahualcóyotl fue el último de la gira de Salif Keita en México, primer país que visita en América Latina. La presentación se logró en buena medida por el empeño de Discos Corasón, que busca difundir la música auténtica de los pueblos, la música, que surge del corazón, como la del maliense.

Keita se presentó en el Fórum Universal de las Culturas, en Monterrey; en el Festival Internacional de San Luis Potosí; en el Festival del Desierto, en Matehuala; en la Feria de San Marcos, en Aguascalientes; en el teatro Diana, de Guadalajara, y en el teatro Morelos, de Morelia.

El sábado pasado, Tláloc im-pidió el recital programado en el Zócalo capitalino. Keita apenas llevaba tres canciones cuando el cielo se vino abajo, sobre el público y el escenario (había una grieta en el toldo). Siguieron con la música hasta que los monitores se mojaron y tuvieron que suspender el concierto.

Los asistentes se mantuvieron firmes, bajo la lluvia o resguardados en alguna parte con la esperanza de que se reanudara el recital. Coreaban: "¡Salif! ¡Salif! ¡Salif!... ¡Música!"... Finalmente el agua amainó y hubo música. Unos jaraneros siguieron el juego en la explanada.

Al rey le cantan El rey

Luego del concierto, Salif Keita estuvo largo rato firmando autógrafos y bromeando con la gente que seguía emocionada en la sala Nezahualcóyotl.

Keita no intenta aparentar nada, incluso se ríe de quienes buscan mitos. Se le pregunta si hace alguna ceremonia antes de subir al escenario. Esboza una sonrisa: "Mi ceremonia es el público, ellos son los que me prenden".

El maliense está contento con la gira por México. Confiesa que Matehuala es el primer desierto que disfruta en su vida (el sol es enemigo de los albinos): "Fue por la gente", dice.

La noche culminó en una fiesta privada, organizada por Discos Corasón, en la que para maravilla y disfrute de los malienses hubo mariachi.

Salif Keita miraba, absorto, a los músicos mexicanos. Sólo de vez en vez meneaba la cabeza, como si no lo pudiera creer. Al final de Cucurrucucú paloma lanzó una pequeña exclamación, cargada de emoción: "¡Wow!".

En un rato, las coristas Marie Line y María ya bailaban. Parecía que llevaban toda una vida zapateando. Al filo de la noche, los africanos se habían vuelto también un poco mexicanos.

El rey, por supuesto, fue la preferida de los malienses.

 
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