Usted está aquí: martes 9 de mayo de 2006 Opinión Sigmund Freud en Viena (1856-2006)

José María Pérez Gay/ II y última

Sigmund Freud en Viena (1856-2006)

Ampliar la imagen Sigmund Freud, cuyo 150 aniversario celebramos, es sin duda uno de nuestros contemporáneos más sagaces FOTOAp

Cuando los historiadores de la década de 2060 estudien y describan la modernidad del siglo XX lo harán, sin duda, desde la perspectiva de la subversión erótica-sexual en Viena a fines del siglo XIX y principios del XX. "Eros, constructor de ciudades y anárquica Afrodita" -como escribió el poeta W. G. Auden en su elegía a la muerte de Freud- han marcado la crisis y la utopía de nuestro pasado siglo XX. En la Viena finisecular, la capital del imperio austrohúngaro, bajo la hegemonía de los Habsburgo, antes y entre las guerras, cada momento de la nueva sexualidad y del nuevo erotismo cristalizaba y labraba dos rostros: por un lado, una expresión abstracta, filosófica; por el otro, una expresión estética. Ambos rostros cambiaban entre sí. Primero la certeza de que esa sexualidad existía, el modo en que Eros construía esa ciudad y, luego, el devenir mundo de esa certeza en el arte, en el estilo y en el vestido.

Los contemporáneos advirtieron en el acto la intensidad y el carácter inevitable de esa sexualidad. En la Viena donde las mujeres recibían por su trabajo la mitad del salario de los hombres, y los emigrantes luchaban por salir del arrabal y el gueto, la prostitución se enseñoreaba de la vida diaria. Hacia 1880, los archivos de la ciudad señalan la existencia de 2 mil prostitutas en el centro de la ciudad. Después de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, el año de 1918, los archivos señalan más de 28 mil. La explotación sexual abarcó cada vez más zonas de la vida diaria. De un modo casi natural, las sirvientas eran los objetos sexuales de sus patrones de la clase media y alta. La misoginia era la altanería hegemónica de los caballeros vieneses.

Muchos años antes de Sigmund Freud, otros personajes vieneses, muchos ya olvidados, pero no menos apasionados y perspicaces, explicaban y practicaban una nueva teoría de la sexualidad. Pienso en esa figura histérica y atormentada, Otto Weininger, que inició el debate del siglo XX sobre la dialéctica y la lucha entre los sexos. En Sexo y carácter, Weininger habló del carácter bisexual, andrógino de todo individuo, las pulsiones femeninas y masculinas que nos habitan, los miedos y los odios latentes aun en las relaciones amorosas más abiertas y democráticas. Desde luego Leopold Sacher-Masoch. ¿Qué familia, salvo una vienesa, pudo dar dos nuevas palabras a todos los idiomas, incluso el chino y el japonés? La atormentada idea del masoquismo, que viene directamente de Leopold Sacher-Masoch, y el logro culinario incomparable de su primo hermano, el pastel Sacher, el látigo amoroso y la crema batida.

El inconsciente era una fuerza en marcha que avanzaba más allá de la voluntad de los hombres. Lejos de ser un aparato vacío que transforma en signos aquello que recibe del exterior, es una realidad henchida que sin cesar cambia al hombre y se transforma a sí misma. La hipótesis del Inconsciente es otro punto de partida de la interpretación sicoanalítica; sin él toda la construcción se viene abajo.

A principios del siglo XX, los vieneses esperaban el castigo en algún momento de su vida; el pago bajo la forma de la sífilis y su efecto ineludible: la destrucción de la salud mental de la víctima. El tema del joven devastado por una enfermedad venérea, su estación final en la locura después de un periodo de intensa elegancia y creatividad artificiales, todo esto fue una constante del arte y la literatura de la época. Karl Kraus, el escritor satírico europeo más importante desde Jonathan Swift, vio en la hipocresía y el cinismo de la vida erótica vienesa el centro de una corrupción más universal. Kraus nos dice que muchas veces un aura de prostitución rodea siempre el esplendor y la ingenuidad del matrimonio aristócrata y burgués. Los favores sexuales se ofrecieron e intercambiaron no sólo en el burdel y en el ático de la criada, sino también en el palacio, en el salón art nouveau y en los salones intelectuales, en las salas de consulta de los eminentes profesores, de los médicos, abogados y jueces que Robert Musil describió con insuperable ironía en El hombre sin atributos.

A pesar de su alcance y de sus logros clínicos, el sicoanálisis fue sólo un capítulo de un movimiento más vasto. El centro-foco de ese movimiento intelectual era Viena, en las tres primeras décadas del siglo XX. A este movimiento podemos describirlo como el de una revolución del lenguaje que, sin duda, cambió y transformó de modo radical la filosofía, la sicología, la estética y la literatura. La revolución del lenguaje es, junto con la física nu-clear y la biología molecular, una de las tres fuerzas motrices del pensamiento occidental contemporáneo. Los seres humanos son, sobre todo y ante todo, animales que hablan. El concepto mismo "animal que habla", la idea de que el lenguaje es su rasgo distintivo, es tan antiguo como la filosofía griega.

La cultura vienesa inició la evaluación y la crítica del lenguaje; se preguntó cuáles eran y son las relaciones empíricas y lógicas, entre las palabras y el mundo. Cuál es el significado del significado. Qué significaba entender un discurso hablado o un texto escrito. Cómo puede leerse la pintura, la música, la arquitectura. Vale decir: entenderlos como si fuesen códigos semánticos, sistemas de enunciados con vocabulario, gramática, retórica e historia propios.

La cultura vienesa preguntó también si debe extenderse ese sentido de la lectura, de la decodificación, al lenguaje matemático, al de la lógica formal, al mundo de los símbolos, en lógica y filosofía, y luego por supuesto, a la física. Viena nos sigue preguntando si la genuina definición del hombre como ente síquico y neurofisiológico, como criatura sociohistórica y como conciencia íntima y privada, no implicaba contemplarlo en el centro de una red de lenguaje viva, palpitante y compleja. Esta son las preguntas de la filosofía. Desde Ludwig Wittgenstein hasta Freddie Ayer, su agudo biógrafo y albacea.

Hablar de Ludwig Wittgenstein es referirse a una de las figuras centrales de la cultura austriaca de este siglo: un individuo de inteligencia excepcional, uno de los filósofos más ricos y vastos, más afilados y críticos del siglo XX. Su prosa fue resultado de una pasión intelectual y un anhelo de claridad sólo comparable, en idioma alemán, al de Arthur Schopenhauer; ingeniero aeronáutico capaz de hacer por breve tiempo un trabajo sólido y brillante; arquitecto constructor de una casa ejemplar, en Viena, en los años veinte; escultor de sensibilidad contenida y admirable; músico que pudo llegar a ser uno de los grandes directores de orquesta de su tiempo; maestro de escuela primaria fanático de la transmisión del conocimiento; ermitaño entregado por meses a ejercicios de disciplina y reflexión; profesor de la Universidad de Cambridge que investigó y escribió, pero que nunca dio clases ni se interesó por la academia; el austriaco que sometió a la filosofía británica. Y el heredero de una enorme fortuna que repartió entre instituciones y amigos.

En el Tractatus Logicus-Philosophicus, Ludwig Wittgenstein busca relacionar nuestra experiencia del mundo con las estructuras lingüísticas, gramaticales, gracias a las cuales registramos y articulamos nuestro conocimiento. Dos enunciados han quedado como piedras de toque del conocimiento de nuestra época: "Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Y ese aforismo de fina textura oriental: "De lo que no se puede hablar, mejor es callarse".

Wittgenstein supo también, como Sigmund Freud y Otto Weininger, que el pensamiento lograba su validez sólo como un acto ético. Sus contemporáneos del Círculo de Viena echaron los cimientos analíticos y lógicos de lo que desde entonces se llamará la filosofía analítica, del lenguaje y lógica semántica. Y aquí reaparecen Freud y el sicoanálisis. Descienden por la escalera de caracol del yo para llegar a las raíces inconscientes del discurso de los individuos, la decodificación de significados e intenciones y poner a la luz del examen racional lo que yace oculto en el lenguaje. Los sueños son, por ejemplo, sólo lenguaje; se cuentan, se registran y se interpretan dentro del lenguaje, y sólo desde el lenguaje.

Karl Kraus, el gran satírico vienés, identificó la salud, la viabilidad de los regímenes políticos y las instituciones sociales con el estado del lenguaje hablado y escrito. Descubre, sin piedad, que Austria y el mundo occidental se derrumban en la jerga periodística, en la mendacidad de los medios de comunicación. Dice que vociferamos porque no sabemos hablar. Nuestros valores son los del pasquín, porque no sabemos leer. Kraus, un aliado y después un enemigo de Freud, resumió en un aforismo devastador su opinión sobre la teoría freudiana: "El sicoanálisis es la única enfermedad que imagina ser su propia terapia".

En un trabajo más profundo, Hugo von Hoffmannsthal, el libretista de Richard Strauss y el mayor poeta lírico en el ocaso de los Habsburgo, preguntó si el lenguaje, aun el más poético, el que tiene detrás de sí la presión del sentimiento y de la verdad más genuinos, funciona y designa algo más que nuestros propias emociones. ¿Puede comunicar nuestros sentimientos esenciales como seres privados? La carta de lord Chandos, escrita a comienzos del siglo XX, ha quedado como el testimonio más radical de la necesidad y la imposibilidad del lenguaje. Esa pregunta determina también la obra de Franz Kafka. Y años más tarde será la época de la obra maestra de Hermann Broch, La muerte de Virgilio, en la que Virgilio, el poeta épico romano, intenta destruir su Eneida, no sólo porque el lenguaje es inadecuado para su visión interna, sino por una razón superior. Porque ningún poema, por verdadero que sea, sirve contra la miseria de la condición humana, contra la locura y la inhumanidad de los poderosos, los políticos. De hecho, nos dice Broch, esa poesía la ornamenta. Virgilio sabe que la crueldad de Augusto se glorificará con su obra literaria.

No hay rama de las humanidades, de las ciencias sociales o de la filosofía a la que Viena no haya subvertido de un modo creador. El dodecafonismo de Arnold Schönberg, el minimalismo de Webern, la célebre demarcación de Wittgenstein, las sátiras verbales de Kraus, todo esto late en el corazón de la obra de Freud. Y Viena fue su única patria.

Hablar seriamente del pensamiento, las doctrinas, las vidas y la creación de Freud, Hofmannsthal, Schnitzler, Wittgenstein, Schönberg o Hermann Broch; hablar de la génesis del siconanálisis y del positivismo lógico, de la música dodecafónica o de la revolución lingüística, es hablar de la irrupción, trágica y abrupta, del genio judío en la Europa moderna. En la constelación de judíos vieneses y centroeuropeos, que dominan aún nuestra sensibilidad, encontramos ejemplos de cada matiz, de cada categoría, de cada circunstancia del judaísmo emancipado. Hay casos de casi total asimilación y bautizo, cambios de nombre como en las familias von Hoffmannsthal y von Wittgenstein; también encontramos un rechazo agnóstico radical de la religiosidad judaica, cuya ferocidad es, a la vez, marcadamente judía en sus actitudes intelectuales. Sigmund Freud, cuyo 150 aniversario celebramos, es sin duda uno de nuestros más sagaces contemporáneos, y la cultura vienesa, nuestro futuro anterior.

 
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