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Guillermo Almeyra

El demonio del voluntarismo

Estamos en el momento de cerrar filas para arrancar la libertad de todos los presos, hasta el último, encarcelados brutal y arbitrariamente, así como la condena de los violadores, torturadores, invasores de propiedades y secuestradores, y para desenmascarar a los mandantes altamente situados de las violaciones de la ley y de los asesinatos en Sicartsa y en San Salvador Atenco. Esa es nuestra tarea principal. Pero, simultáneamente, tenemos otras dos también fundamentales: evitar prestar el flanco a nuevas provocaciones y hacer un balance de cuáles han sido los errores tácticos y estratégicos del sector popular, para reorganizarlo y reforzarlo, y discutir las bases ideológicas del linchamiento de un policía inerme, que tanto fue utilizado por la televisión como pretexto para las agresiones fascistas. Porque la "estrategia de la tensión" que está aplicando el gobierno no cesará sino que estará cada vez más en el orden del día, y ya Calderón dice que detrás del pasamontañas de Marcos está AMLO, para extender las provocaciones hasta donde se lo permita la reacción popular.

El voluntarismo es el peor de los consejeros. Es irresponsable decir, como Marcos, "me cago en la correlación de fuerzas" (discurso en la UAM), o publicar en Rebeldía "echamos acuerdo, derribamos al gobierno, echamos a los ricos, cambiamos al país" (algo así como los 15 minutos de Fox para resolver lo de Chiapas) o, como repitió en su gira a cada rato, "expropiaremos los bancos", "echaremos los ricos a Miami", "derribaremos al gobierno". Es irresponsable sostener que la otra campaña "paró la construcción de La Parota" -sustituyendo así a los ejidatarios y comuneros guerrerenses que todavía enfrentan esa construcción- o dio visibilidad a San Salvador Atenco.

La correlación de fuerzas es fundamental y la obtención de los objetivos depende de ella y de los tiempos, o sea, de la suma mediante alianzas con otros sectores con los que se tiene ciertamente diferencias pero que son menores que los puntos en común, y de la construcción paciente de conciencia y de organización en las propias filas. No es posible, por ejemplo, no ver que el sector popular enfrenta y enfrentará inevitablemente la represión del Estado, que está en manos de los explotadores (no de los "ricos", muchos de los cuales pueden ser inocuos). Es erróneo no situar lo de Sicartsa junto a lo de Atenco y, en otro orden de cosas, junto al intento de linchar moralmente a Elena Poniatowska o a AMLO. Es autista ignorar el paro nacional de 5 millones de trabajadores y la ruptura con el gobierno de gran cantidad de direcciones sindicales con el argumento de que todos serían charros. Es absurdo monopolizar la defensa de los presos en San Salvador Atenco cuando, por el contrario, hay que construir un frente lo más amplio posible en defensa de los derechos democráticos y de la Constitución.

Es irresponsable "cagarse en la correlación de fuerzas" e ignorar que el adversario piensa y actúa, tiene el poder y lo defenderá. Ese consejo ignorante y soberbio llevó al enfrentamiento (machetes contra armas más poderosas) para defender a ocho floricultores cuya situación podía ser negociada y, de todos modos, no debía haber conducido a dar un pretexto para muertes, violaciones, cateos ilegales, cientos de presos, decenas de heridos, a la división de los atenquenses, a la fuga de muchos de ellos. El linchamiento del policía caído (cuya imagen fue repetida hasta la náusea por la televisión, que no pasaba, naturalmente, las imágenes bárbaras de la represión) tiene dos causas. La principal es el odio bien ganado por los organismos represivos y su brutalidad (Sicartsa es el caso más reciente), el cual ha llevado ya a otros actos de salvajismo como la quema de policías en diversas colonias. Pero la otra es la falta de conciencia política y de noción de cuál es la correlación de fuerzas.

Y ese es un problema de la otra campaña y de la izquierda. El fin no justifica los medios. No se puede combatir a la burguesía con sus mismos métodos bárbaros. La violencia ciega y el odio deben ser erradicados, sobre todo porque no sólo combatimos contra el capitalismo y sus horrores sino porque también queremos construir un ser humano nuevo y una sociedad justa. Si pueden llegar a imponernos la guerra, nada justificará en cambio la tortura, las aberraciones contra los enemigos presos. Además, es un pésimo comandante y conduce a sangrientos desastres quien sólo conoce la orden de avanzar y atacar, y quien no tiene en cuenta las consecuencias mediatas e inmediatas de sus acciones.

Los movimientos sociales en México, sin excepción, desde los indígenas de Chiapas o del resto del país hasta los obreros y campesinos, se esfuerzan por otra parte por demostrar que sus luchas no sólo son legítimas sino que también son legales. Los de La Parota, por ejemplo, insisten en que nadie les consultó, en que no se hicieron los estudios ambientales, en que serán inundados miles de ejidatarios aguas abajo, etcétera. Los obreros buscan defender su independencia sindical, los campesinos piden reformas. Para "derribar al gobierno (y) echar a los ricos (del país)" se necesita, por lo tanto, no violentar las conciencias ni los tiempos, crear consenso, hacer alianzas, discutir cómo, con qué, cuándo, con quiénes. No se vale aparecer en Televisa con Loret de Mola fumando arrellanado en una poltrona como en casa y respondiendo tranquilamente como amigo a preguntas insidiosas y, al mismo tiempo, llamar a acciones aventuradas "cagándose en la relación de fuerzas", porque los cuerpos, para las balas o las violaciones, también los ponen otros

 
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