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Rolando Cordera Campos

La izquierda y su círculo de fuego

La izquierda mexicana ha tenido siempre serios problemas para encarar la violencia. Víctima persistente de la represión estatal por muchos años, aislada del resto de las fuerzas políticas y sociales, sin posibilidades reales de recurrir a las defensorías internacionales de los derechos humanos de la época, que resentían o formaban filas en la guerra fría, la izquierda articulada por el comunismo y el nacionalismo cardenista forjó su propia cultura de la resistencia, basada en la convicción íntima de que dentro del régimen no había otro lugar para ella que las mazmorras o el exilio interior.

Con el 68, el país se asomó a otras posibilidades de vida cívica, y la izquierda puso algo más que un granito de arena para abrir esos horizontes. El reclamo democrático es un fruto legítimo de la movilización estudiantil y ciudadana de aquellos días, pero el discurso y el ejemplo los aportaban la memoria de la represión contra los trabajadores encabezados por la izquierda y Demetrio Vallejo y Valentín Campa encarcelados.

La "solución final" del presidente Díaz Ordaz echó para atrás esos sueños de juventud del país democrático vislumbrado entonces. Empezó el delirio de "los buscadores del absoluto", y la violencia gubernamental del 10 de junio lanzó al vacío de la clandestinidad armada a cientos de jóvenes que a sangre y fuego fueron convencidos de que no había camino democrático para México. "No queremos apertura, queremos revolución", coreaban quienes desde la izquierda tampoco sabían qué hacer con una situación que parecía irremisiblemente bloqueada, mientras en las calles del país la Tendencia Democrática de Rafael Galván o el PMT de Heberto Castillo afrontaban la burla de los "revolucionarios", pero sobre todo la ira del gobierno y la agresión de los charros.

Se hablaba ya de derechos humanos y se reclamaba el respeto a la Constitución, pero imperaban el desencanto y un desenfreno ideológico que llevó la "guerra de los justos" al ajusticiamiento de sus propios compañeros, de reformistas, de policías preventivos, de empresarios secuestrados. Y, por supuesto, la guerra sucia que destrozó vidas y aldeas, barbarizó una parte del Ejército y otras corporaciones del orden y ahuyentó a muchos mexicanos que veían en la memoria del 68 una referencia a actualizar

De esta alucinante coctelera emergió el México de las crisis devastadoras de la economía, pero también de los vetustos acuerdos que sostenían el ejercicio del presidencialismo autoritario. Sin abandonar los reflejos del poder, la represión cedió palmo a palmo, no sin antes dejar una sangrienta factura con la que se quiso cerrar al viejo estilo el trauma de 1988. Así fue bautizado el PRD, y algunos insisten hoy en que infancia debería ser destino.

Volver atrás era imposible y, sin recursos simbólicos ni económicos, el viejo régimen planeó su mutis que el presidente Zedillo instrumentó. La violencia podía ser sucedida por las urnas. Pero hasta nuevo aviso, que ahora nos llega con la furia roja mexiquense o de la PFP y la mentira oprobiosa de sus responsables.

No se puede dejar atrás la violencia en una sociedad tan marcada por una desigualdad y una pobreza que se han urbanizado y apoderado de la vida y las mentalidades de las nuevas mayorías de jóvenes adultos que o emigran, o se someten a la dictadura inclemente de la informalidad o el crimen organizado. La devastación del tejido social heredado del Estado posrevolucionario y del desarrollo económico del pasado encuentra en Atenco, y más allá, su concreción ominosa.

Insistir en los "labriegos" es la mejor manera de contribuir a la confusión pública y de la propia izquierda. Como si se tratara de facturar una nostalgia al modo, con esta caracterización pareciera buscarse recuperar formas de lucha que obtuvieron su legitimidad en una circunstancia histórica y social que no es la de hoy ni la de mañana.

Reconstruir el futuro exige poner en el centro los derechos humanos y asumir que esta centralidad no admite excepciones. Enmascarar el linchamiento de policías o de "espías" como una lucha contra el símbolo represivo, justificarlo con cargo a la violencia policiaca secular, le hace el juego a la nefasta guerra de imágenes en la que se han metido el gobierno y el PAN, y a la que pide entrada de luneta el PRI, y que no puede resultar sino en un costoso desbarranque del sistema político balbuceante que tenemos.

La izquierda tiene que hacer las cuentas con sus fantasmas y demostrar con verbo y hechos que su ruta es la del derecho y su reforma, mismos que el bloque derechista que emerge ha decidido congelar y conculcar so pretexto de defenderlos de los bárbaros. La civilización, el latín, habría dicho de nuevo don Alfonso Reyes, son de y para la izquierda, porque la derecha se empeña en negarlos y no hay un "centro" dispuesto a comprometerse con un mensaje de civilidad con solidaridad social.

Así como el "no pasarán" fue tajante y dejó huella imborrable en la historia de la dignidad, el rechazo a la violencia, popular y justiciera, o bárbara y vengativa, como la de estos días, tiene que ser igualmente tajante y claro: para que lo entiendan todos, y la ambigüedad propiciada por la saturación mediática y las mentiras vergonzosas de Felipe Calderón y asociados se desmoronen y la gente pueda hacer su elección en paz.

Salir al paso de esta dialéctica envenenada de la violencia como intercambio o salvación, como historia purificadora, es vital para la izquierda. De otro modo, habrá renunciado a lo que al final la ha salvado: su compromiso con la gente común y su derecho a vivir en democracia, para aspirar a una sociedad mejor.

Al aceptar la violencia como articuladora de su interlocución política, reniega de esa diferencia esencial y se une al carro uniformador del globalismo con el que sueñan los panistas ayuncados y los priístas huérfanos. Sella su derrota de antemano.

Renunciar a la violencia es recuperar el humanismo y una civilidad que en su sentido mínimo es hoy la antípoda de la barbarie. Criminalizar Atenco es, escribió Carlos Monsiváis, "inventar abstracciones exterminadoras". Pero, "la irrupción vandálica de un grupo que destrozó a golpes y puntapiés a dos policías" afecta gravemente el entendimiento del proceso: estos golpeadores, ellos específicamente, no creen en lo mínimo en los derechos humanos, y este es un dato central, cuya moraleja tal vez sería: "así nos han tratado, así respondemos", y al hacerlo deshumanizan a sus enemigos que, al ser policías, ya no son personas para ellos. A su vez, al responder al día siguiente bajo órdenes específicas, los integrantes del gremio afectado se posesionan de la deshumanización que se les aplica y la vuelven su lógica de comportamiento: "así nos consideran los subversivos, así les va a ir". Hay que evitar que este círculo alucinante nos encierre.

 
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