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Bárbara Jacobs

La edad del lápiz

Si mi infancia fue una población, el primer escritor que conocí extramuros fue Philip. Eramos adolescentes. Su hermana Malú era compañera de banca de mi hermana. Philip y Malú eran hijos del capitán Conover y de Luz Lazo, sobrina del pintor Agustín Lazo. Hay otra Conover Lazo, la menor. Recuerdo vagamente su cara pero no su nombre.

La familia vivía en San Angel, en una casa grande y vieja pintada por fuera de un color rosa tostado, más oscuro que brillante. La calle sobre la que está es estrecha y empedrada, como todas las de ese barrio al sur de la ciudad de México, fundado en la época colonial. Supongo que una de las construcciones más antiguas que lo caracterizan es la iglesia del Carmen, que existe desde el siglo XVI. También era convento, y sus huertos se extendían hasta las orillas del río Magdalena, en lo que es otro barrio de la zona, el de Chimalistac. Aquí fue donde mi abuelo Barquet puso la primera piedra de la casa de familia en 1947. Entre mi casa y la de Philip hay unos 20 minutos de distancia a pie.

La puerta principal de la casa de Philip, con techo de tejas de dos aguas, no es paralela sino diagonal a Galeana. Es de madera oscura y no da directamente al vestíbulo de la casa sino al jardín. Pero creo que Philip y yo nos conocimos una tarde en que con su familia visitó a la mía un 31 de diciembre. Su papá era estadunidense y lector, como el mío, y su mamá sabía de costura y cocina, como la mía, de modo que los puntos en común unieron a las dos familias, la Conover Lazo y la Jacobs Barquet.

La tarde de la que hablo se fue convirtiendo en noche de fiesta. Cuando empezó la música, Philip y yo bailamos en el patio bajo la ventana del salón en el que los adultos bebían, hablaban y comían. Es una indiscreción, pero oportuno recordar aquí que mientras Philip y yo bailábamos, frente a frente y muy cerca el uno del otro, oí los latidos de su corazón antes de sentirlos con mi mano, que Philip tenía en la suya y que en un momento dado se llevó al pecho. Son las primeras palpitaciones ajenas que oí y sentí.

No logro reconstruir por qué música nos dejábamos llevar, pero puede haber sido del Caribe, de las islas Bahamas. Mis padres habían estado por ahí en un crucero alrededor de esas fechas, y regresaron del viaje con discos de acetato de 45 revoluciones. De la etiqueta azul tengo presente en letras negras el título de una de las canciones, Little Nassau. Entre el sonido de instrumentos de metal la voz ronca y baja de un hombre cantaba en inglés con el acento particular de los súbditos ingleses de raza negra. Philip y yo también nos comunicábamos en inglés. En aquella ocasión o muy pronto me habló del poeta preminimalista y pre tantas cosas e.e. cummings.

Al separarnos y a la mañana siguiente, y a partir de entonces y durante un tiempo, Philip fue mi único amigo literario. Philip no sólo quería ser escritor sino que desde que lo conocí lo parecía. Tenía el aspecto característico del personaje marcado de la sociedad. Quiero decir señalado en el sentido que le daría al término Herman Hesse, que leímos por ese entonces. O marginal, como las facciones de su cara puntiagudas y de piel transparente de tan blanca, que dejaba ver las delgadas venas azules de la cara. O extravagante sobre todo por la malicia de su mirada siempre seguida de risa.

Philip era un fisgón que se divertía de todo o al que todo le daba risa, hasta lo serio y lo importante. Cuando años después yo le mostré el primer cuento que publiqué se rió mucho. Estábamos en el jardín de mi casa, recostados sobre sillas de tiras de plástico entretejido. Philip leyó mi cuento en voz baja pero cada tanto repetía en voz alta alguna de las frases y se reía.

Toda la risa de Philip era desconcertante, pero lo fue especialmente la que le produjo la lectura del primer cuento que publiqué. En esos años nos entretenía mucho el cine y la música. Philip era cinéfilo y cuando asistimos juntos a la Muestra Internacional de Cine me abrió los ojos a las posibilidades de este arte. Y Philip era musical. Conocía de jazz y de blues y de spirituals, y me prestó discos de Dave Van Ronk, el músico blanco que era tan bueno que parecía negro, antes que de Bob Dylan. Pero para entonces ya estaban entrados los 60 y con Philip descubrí a J.D. Salinger y Truman Capote, que en aquel momento me arrollaron más que Shakespeare, al que también leíamos, pero a quien yo retomaría con intención permanente sólo mucho tiempo después.

 
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