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EJE CENTRAL

Cristina Pacheco

Historia mágica de un burrito

La lectura de los periódicos me resulta dolorosa, pero también fascinante, porque siempre descubro pequeñas historias íntimas. Insignificantes frente a los grandes temas -la violencia, la injusticia, el poder, el dinero-, esos relatos me devuelven la verdadera dimensión humana de la vida y me recuerdan valores olvidados.

Los personajes son seres comunes que desaparecen sin dejar huella. Sus esfuerzos no tienen más objetivo que sobrevivir con dignidad en medio de condiciones cada vez más adversas y ponerle cimientos al futuro inmediato. Hace algunos días leí una de esas historias.

I

Desde 1998 Alejandro Romero Galván recorre las calles del Distrito Federal y del estado de México para comprar colchones viejos que repara y revende. Para hacer su trabajo Alejandro se desplaza en una volanta tirada por Roberto: un burrito que desde hace 20 años presta sus servicios a la familia Romero Galván.

El viernes 5 de mayo, Alejandro y Roberto salieron a hacer uno más de sus recorridos. Cuando circulaban por el contraflujo de la avenida Del Trabajo, colonia Morelos, chocaron de frente con un autobús de la Ruta 35 conducido por Raúl Isaídas Robles. La volanta perdió el equilibrio, Roberto cayó al suelo y Alejandro recibió un fuerte golpe en el hombro derecho.

Los policías que llegaron al lugar del accidente detuvieron al conductor del autobús y solicitaron ayuda a la Cruz Roja. Los paramédicos de la ambulancia 14, al mando de Laura Domínguez, auscultaron a Alejandro y le diagnosticaron fractura de clavícula. A fin de que recibiera la atención médica adecuada, se ofrecieron a conducirlo al Hospital de Balbuena.

Alejandro rechazó la ayuda y se negó a irse mientras no supiera cuál iba a ser el destino de Roberto: su compañero de trabajo y su fiel amigo de toda la vida. En medio del desconcierto general, el burrito permaneció tirado en el carril de contraflujo, cabizbajo a causa del dolor que le producían las lesiones en la pata delantera derecha.

Al fin, un policía llamó a la Brigada de Auxilio Animal y Roberto fue conducido al hospital de équidos que depende de la Facultad de Veterinaria en la UNAM. Sólo en ese momento Alejandro aceptó la sugerencia de los paramédicos.

II

El martes 9 el periódico Metro retomó la historia de Alejandro y su burrito: "Dan 15 días a Roberto, si no sana... lo sacrifican".

Tal vez Alejandro no estuviera enterado del veredicto y en todo caso le correspondía a él, como dueño del burro, tomar la decisión final. Decidí buscarlo.

Perdí informes acerca de Alejandro en el Hospital de Balbuena. Me dijeron que no tenían ningún paciente con ese nombre. Opté por comunicarme al Hospital de Equidos. Me tomó la llamada el doctor Mariano Hernández Gil. Ignoraba el paradero de Alejandro, pero me puso al tanto de las condiciones de Roberto: "El animalito llegó aquí con una doble fractura del hueso auxiliar, lo que en los seres humanos es la muñeca de la mano. Al principio no reaccionó bien y decidimos cambiarle el tratamiento inicial a otro a base de antibióticos y antinflamatorios. Roberto ya salió de peligro. Me urge decírselo a su dueño para que se tranquilice, sobre todo después de que se publicó en un periódico que podríamos sacrificarlo. No hay nada de eso. Al contrario, si las cosas evolucionan como hasta el momento, Roberto pronto volverá al lado de Alejandro. Lo malo es que no he podido encontrarlo; pero si tengo alguna noticia, me comunico con usted".

En vista de que durante la semana no recibí llamadas del doctor Hernández Gil, el sábado 13 de mayo le hablé muy temprano. Me dio magníficas noticias: "Roberto sigue recuperándose y, tal como le dije, pronto estará bien. Ahora lo urgente es que la familia Romero Galván se reporte con nosotros y decida qué hará con Roberto. En caso de que quieran llevárselo a su casa deben saber que el burrito ya no podrá hacer trabajos duros, como antes. El animal ya dio todo lo que tenía que dar y sus dueños deberán conformarse con montarlo o imponerle cargas leves. Si lo cuidan, Roberto podrá vivir en buenas condiciones hasta que llegue su fin". El doctor Hernández Gil insistió en que lo importante era tranquilizar a Alejandro: "Le aseguro que le duele menos la fractura de la clavícula que no tener noticias de su burro".

III

El caso de Roberto debe de haber provocado en muchas personas reflexiones sobre la indecible pobreza mexicana que no permite a un trabajador de muchas horas diarias el comprarse un vehículo motorizado.

Decidí emprender la búsqueda de Alejandro por mi cuenta. Con los únicos datos disponibles marqué el 040. La operadora no localizó aquí a ninguna persona con sus apellidos y me sugirió que tal vez Alejandro viviera en el estado de México. "No lo sé, pero me urge encontrarlo para decirle que no se preocupe, que Roberto, su burro, está bien".

Temí que la operadora me tomara por una estúpida bromista y rápido le conté la historia del accidente y las atenciones que Roberto recibe en el Hospital de la UNAM. Después de una breve pausa escuché la risa y sentí la emoción de la operadora. "Ay, un burrito, ¡qué lindo! Me da gusto que lo estén atendiendo bien y comprendo que usted necesite informes acerca de su dueño. ¿Por qué no llama de nuevo al Hospital de Balbuena?"

Seguí el consejo. La enfermera que me respondió fue muy paciente y se mostró interesada después de que le conté lo poco que sabía acerca de Alejandro y Roberto: "Yo soy de otro turno, pero voy a buscar en los registros. No cuelgue por favor". Mientras esperaba escuché las voces de personas que habían ido al hospital por sus enfermos o a pedir informes: "Me lo voy a llevar pero tiene que seguir tomando sus medicinas. La caja cuesta 450 pesos y trae bien poquitas pastillas". "No hizo caso de lo que le dijeron los doctores, siguió tomando y por eso está así". "No estamos casados: la nuestra es unión libre". "No tengo domicilio: vivo con mis suegros".

La enfermera volvió al teléfono. Con tono de preocupación, casi de disculpa, me informó que entre los días 4 y 5 de mayo no quedó registrada ninguna persona con el nombre de Alejandro Romero Galván: "Pero no se desanime. Llame a la Cruz Roja. Los paramédicos que atendieron al accidentado tienen que saber adónde lo llevaron. Que le vaya bien y ojalá que el burrito se alivie".

IV

Marqué el número de la Cruz Roja. Oí la voz de un hombre con voz de barítono. Le dije que necesitaba encontrar a Laura Domínguez, de la ambulancia 14, y le repetí la historia de Alejandro y Roberto. El barítono suavizó el tono: "Claro: el burrito de la colonia Morelos. Laura es la jefa de guardia. Espéreme: voy a llamarla".

Antes de un minuto escuché la voz serena de Laura. Mencioné el nombre de Alejandro y enseguida recordó su caso: "Ah, sí, es el muchacho que se accidentó con su burrito. En efecto, le detectamos una fractura en el hombro y lo turnamos al Hospital Rubén Leñero. Llame, quizás Alejandro siga hospitalizado".

En el 040 me dieron el teléfono que resultó la subdirección del Hospital Rubén Leñero. Después de conocer el motivo de mi llamada la secretaria me aconsejó comunicarme a su departamento de Trabajo Social: "Allí tienen que saber del paciente. Ojalá que lo encuentre para que le dé las buenas noticias acerca de su burro".

En Trabajo Social me atendió Consuelo. Le resumí lo que he estado contando por radio y por teléfono durante toda la semana. Me pidió que le diera unos minutos para ver sus archivos. Oí a Consuelo murmurar nombres y horarios mientras hojeaba el libro de registros. Al fin volvió a dirigirse a mí: "Perdone la tardanza pero no tenemos computadora para procesar los datos.

"Aquí está: Alejandro Romero Galván, 31 años. Vive en el estado de México. Ingresó al hospital el 5 de mayo a las 12:10 y se retiró a las 12:40. Según el informe, llegó aquí con un caballo."

Le aclaré a Consuelo que el otro accidentado no había sido un caballo sino un burrito de nombre Roberto: "Su foto apareció en el periódico. Desde el 5 de mayo está en el Hospital de Equidos. El doctor que lo atiende dice que pronto lo dará de alta y le urge encontrar a su dueño: Alejandro". A Consuelo no pareció interesarle que sus informantes hayan confundido a un burro con un caballo, pero me deseó éxito en mi búsqueda y confió en que Roberto muy pronto vuelva al lado de su dueño.

V

Después de todas mis gestiones y llamadas, Alejandro se me ha convertido en una especie de fantasma; sin embargo, el saldo de mi esfuerzo es positivo: Roberto nos recordó que los animales de su especie, hoy en riesgo de extinguirse, han cargado sobre sus lomos cada piedra de la civilización y del progreso y todos los libros del mundo anterior al siglo XIX.

La historia del burrito accidentado me hizo pensar también en un grupo de mujeres de Xochimilco: me contaron que de no ser por su burrito -Estrella- no tendrían ayuda para transportar el agua, la leña, los comestibles, la ropa que tallan en los lavaderos y suben húmeda hasta las alturas en donde viven.

Antes que ellas, millones y millones de mujeres en todo el mundo fueron liberadas de sus cargas gracias a los burritos. Cuando hoy en Durango se considera la posibilidad de exterminar a los burros, es urgente corregir nuestra ingratitud y recordar que hace unos años se pidió para ellos una estatua en cada pueblo de México: la llegada del burro impidió que los indios vencidos siguieran siendo utilizados por los vencedores como bestias de carga.

En 2006 Roberto ha salido en defensa de los suyos. Merece un libro como el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Pienso ir al Hospital de Equidos para visitar a Roberto y decírselo. Estoy segura de que entenderá mis palabras.

 
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