Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de mayo de 2006 Num: 585


Portada
Presentación
El impasible
HÉCTOR PÉREZ MARTÍNEZ
Juárez
ALFONSO REYES
Sobre Juárez
JUSTO SIERRA
Principio para un canto a Juárez
RUBÉN BONIFAZ NUÑO
Juárez: indio, liberal y masón
ALFONSO SÁNCHEZ ARTECHE
A Juárez
CARLOS PELLICER
Albricias
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO
Bazar de asombro

Columnas:
Enrique López Aguilar

Verónica Murguia

Angélica Abelleyra

Luis Tovar

Marco Antonio Campos
Noé Morales Muñoz

(h)ojeadas:
Reseña de Gabriela Valenzuela Navarrete sobre Viviendo entre ángeles


Directorio
Núm. anteriores
[email protected]

 

 


ENRIQUE LÓPEZ AGUILAR
a [email protected]

SIGNOS URBANOS (II Y ÚLTIMA)

Ante las constantes destrucciones padecidas por Ciudad de México (ante la pérdida de muchos de sus objetos arquitectónicos y urbanos), una de las cosas que más la resignifica, puesto que impide que su pasado se vuelva sustancia del olvido, es la literatura. Desde la llegada de los españoles a Tenochtitlan y hasta el día de hoy, no han faltado los cronistas, viajeros, testigos, pobladores y toda clase de deambuladores que no hayan escrito acerca de ella, agregando algo a uno de los registros literarios más vastos del país.

Ciudad de México ha podido ser muchas cosas: ser recreada "colonialmente" a la manera de Valle Arizpe, ser símbolo del mal pervertidor de Santa, el lugar donde se protagonizaron luchas sociales de la novela proletaria de los años treinta, tentación y pecado para almas atribuladas como la de López Velarde, quien murió de pulmonía por caminar del Centro a la colonia Roma durante altas horas de la noche, hablando de teatro y de cómo sobre tu Capital, cada hora vuela/ ojerosa y pintada, en carretela.

Junto con los cambios del siglo xx, diversas ciudades se configuraron no como lugares en los que los personajes se jugaban la vida, sino como personajes igualmente importantes: Dublín fue insoslayable en el itinerario de los demás seres de Ulysses, la fantasmal Praga fue el tejido donde quedaron atrapados los personajes de Kafka y Alejandría compartió protagonismos en el Cuarteto de Alejandría, de Durrell, con Justine, Clea, y Mountolive. París, después del esfuerzo de sus numerosos biógrafos, es por sí misma una urbe protagónica que se solidariza o acaba con los personajes que deambulan en ella (uno de sus constructores conspicuos ha sido, por cierto, Julio Cortázar). Este avance de las ciudades en el entramado literario también ha dado cuenta de la expansión urbana en el siglo xx, desarrollo geométrico de los contrastes desarrollados por un lugar donde comienzan y acaban formas de vida y cosmovisiones que parecen perseguirse infinitamente.

Ciudad de México no sólo ha sido encontrada por los narradores sino, antes que ellos, por los poetas (suele pensarse que José Revueltas fue un hito en la historia de la Ciudad dentro de la literatura, y que en la década de los cincuenta, en el siglo xx, se iniciaron las verdaderas búsquedas de ésta como tema, personaje y obsesión al publicarse La región más transparente, de Carlos Fuentes, pero Bernardo de Balbuena y Alfonso Reyes saben que eso es inexacto). Para los escritores que se ocupan de Ciudad de México, el espacio capitalino se define como una habitación en la que conviven posibilidades y límites, desde la irregular y expansiva traza urbana hasta las marías, la existencia de una arquitectura indígena en el Centro en convivencia con el neoclásico y el art nouveau, el contraste entre los hoyos fonqui y las discotecas, la permanencia del teporocho y el pícaro capitalino, el recargamiento de tradiciones en algunas de sus zonas y la creación fulminante y hueca de colonias espectralmente nuevas, todo lo cual construye a un ser peculiarmente fragmentado: el defeño. La mirada a esta entelequia abstraída es la misma que se forma desde las miradas individuales que viven en el De Efe, y la peculiaridad de sus habitantes no se corresponde con la idea única de un capitalino genérico e inubicable. La literatura revela el mecanismo urbano, tejedor de una tupida red en la que existen numerosos espacios, separados unos de otros y sin aparente relación interna.

La extrañeza y el extrañamiento que produce la capital en sus habitantes, gracias a la tenue conciliación de sus contrarios, es lo que conforma a Ciudad de México como una entidad diferente de Dublín, Buenos Aires o París, y es lo que le otorga una condición nueva como ser literario. Mediante la fábula, el lector puede reconocerse en el espejo deformante de la ciudad, y la crónica literaria surgida de la invención es un enlace entre aquélla y el lector. Algunas de las reflexiones estéticas acerca de la capital tienden a mostrar el rostro decadente y esperpéntico que se le ha forjado en la historia reciente, involucrando en esa fealdad a sus habitantes. Esa cualidad neuróticamente terrible pero tercermundista y mestiza, poco desarrollada en términos tecnológicos, tal vez sea la zona de búsqueda menos pintoresca, aunque ayuda a entender el proceso de un lugar que ha terminado por convertirse en el extraño centro del país, pues todos los mitos y escrituras son posibles en el signo y el garabato del De Efe.

Ir al inicio