Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 21 de mayo de 2006 Num: 585


Portada
Presentación
El impasible
HÉCTOR PÉREZ MARTÍNEZ
Juárez
ALFONSO REYES
Sobre Juárez
JUSTO SIERRA
Principio para un canto a Juárez
RUBÉN BONIFAZ NUÑO
Juárez: indio, liberal y masón
ALFONSO SÁNCHEZ ARTECHE
A Juárez
CARLOS PELLICER
Albricias
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO
Bazar de asombro

Columnas:
Enrique López Aguilar

Verónica Murguia

Angélica Abelleyra

Luis Tovar

Marco Antonio Campos
Noé Morales Muñoz

(h)ojeadas:
Reseña de Gabriela Valenzuela Navarrete sobre Viviendo entre ángeles


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

 


NO MORALES MUOZ

JUSTOS CASTIGOS

Abordar en estos días un género cuya muerte ha sido diagnosticada una y mil veces por los estudiosos de la modernidad, reelaborar las antinomias que conforman nuestra conciencia trágica, pareciera una apuesta destinada a naufragar en el océano de la medianía o, peor aún, en el de la ingenuidad. La tragedia, se nos ha insistido, se ubica en un conservatorio distante, arrinconado por el devenir del progreso y de la civilización, del que podemos rescatar acaso lecciones aisladas, herramientas selectas para el entendimiento de algunos dispositivos de nuestra conducta, pero cuyas aportaciones deberán situarse más cerca de la contemplación museística que de la recuperación de lo que originalmente fueron: materia corpórea, carne de escenario. La empresa de convidarlas nuevamente al espacio teatral requiere no sólo de cierto nivel de sabiduría escénica, sino también de arrojo.

Justos castigos, proyecto que propone una revisitación a La Orestiada, responde al interés dilatado de Jesús Coronado, cabeza de la compañía potosina El Rinoceronte Enamorado, por desmenuzar el concepto de venganza como motor de la única trilogía griega que ha sobrevivido a la noche de los tiempos, de su legado dentro de la historia dramática de Occidente y, sobre todo, de las posibles connotaciones que pudiera tener dentro de un marco contemporáneo. La puesta al día de tales preceptos, las líneas maestras de su exégesis, pasan por una dramaturgia textual y contextual: la primera, desde luego, intentando condensar en poco más de noventa minutos una narración monumental, para lo cual se percibe un recargamiento evidente en lo temático antes que en lo argumental; y la segunda, que finalmente es la que canaliza y da sentido a la actualización, traslada a una realidad inmediata los eventos de aquel ayer. Se ha elegido que las acciones sucedan en el altiplano potosino, región azolada por las miserias espirituales y materiales de todo México: aridez, desolación, resentimiento.

Si se nos logra acercar la experiencia del pathos es, en buena medida, porque no se incurre en excesos naturalistas y/o folklóricos: los elementos escénicos (el vestuario de Angustias Lucio, como ejemplo claro) evocan un ámbito rural, crean una atmósfera entre onírica y realista que nunca se vuelve retrato de costumbres y construyen un universo de ficción poderoso y convincente. El lenguaje escénico de Coronado es siempre sutil y, por consiguiente, de efectos mucho más contundentes. Quizás podríamos excluir del conjunto a la música, grandilocuente y un tanto accesoria, de Armando Corado.

La preponderancia del Corifeo merece una reflexión aparte. Nietzsche pensaba, y así lo expone en El nacimiento de la tragedia, que debemos ver en él la representación del instinto dionisíaco sobre el que se erigen los cimientos de la experiencia trágica; postula que el coro es la materialización corpórea del drama propiamente dicho, y para sustentar su tesis refiere incluso que, en los modos de representación helénicos, se le situaba de tal manera que se remarcara la sensación de que los sucesos en la escena conformaban una serie de imágenes líricas y distantes pese a su intensidad, y que eran conferidas de sentido cabal por las intervenciones corales. El coro, para Nietzsche, llegaba a ser más importante que las acciones mismas. No podemos decir que en este caso suceda estrictamente lo mismo, pero sí podemos entender mediante ello que la utilización de canciones de José Alfredo Jiménez (no menos trágico que Esquilo) no parezca un exceso exotista, y que su interpretación repetitiva resulte tan conmovedora.

Se ha intentado, en estas líneas, esbozar una idea de la dificultad que implica llevar a la escena, en nuestro tiempo, una tragedia clásica. Y acaso sea en lo interpretativo en donde se resienta más esta problemática: excluyendo a Edén Coronado y a Gabriela Betancourt, el elenco en general no alcanza a llenar de sentido a sus acciones: hacer que el asesinato del cónyuge o de la madre suceda en su mente para que a la vez suceda en la nuestra, hacer que nos fijemos en los significados antes que en los efectos teatrales. Hay, sin embargo, muchos indicios de que se podrá alcanzar, con el correr del tiempo, la tesitura deseada, lo que sin duda apuntalará un proyecto desde ya sumamente atractivo.

http://elmonodealambre.blogspot.com

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