Usted está aquí: martes 23 de mayo de 2006 Opinión Aprender a morir

Aprender a morir

Hernan Gonzalez G.

El gran miedo

Detrás de los miedos a un opositor político o a que se promuevan cambios con hechos, no con palabras, o a seguir manejando la mentira y la irreflexión como formas de comunicación, subyace, inconfesado, el miedo a la muerte, a la gran pérdida.

"La falta de instrucción del pueblo o el quebranto de ésta por la televisión -escribe un profesor que solicita omitir su nombre-, y la humillante diferencia salarial entre lo que ese medio paga a sus merolicos y los sueldos que la Secretaría de Educación Pública fija al personal docente, son otra manifestación del miedo que los regímenes de espaldas al pueblo han desarrollado ante éste, y mantenerlo idiotizado es el paliativo que su torpeza política tiene a la mano antes de pasar a la represión armada y a las golpizas videograbadas."

Tiene razón. La ignorancia, es decir, la falta de conciencia de sí y de los otros, es en buena medida el origen de todos los miedos. De ahí la pobre capacidad de conciliación política de los regímenes inseguros y sus aliados, por más democráticamente que hayan sido establecidos. Su sensación de sentirse amenazados refuerza su miedo y amplía la brecha entre su limitada percepción de la realidad y las expectativas de la sociedad.

Ahora, la academia por sí sola no proporciona lucidez. De otro modo las legiones de licenciados en diversas especialidades que han fungido como presidentes habrían tenido desempeños menos lamentables, o el abismo entre lo que piensan, dicen y hacen no tendría tan desastrosas consecuencias.

Por poco realista, no existe miedo más irracional que nuestro miedo a la muerte, básicamente porque no hay para dónde hacerse. Todo ser que nace tendrá que morir, tarde o temprano, de una manera u otra. Pero nuestra defectuosa instrucción alimenta el desasosiego hacia esa condición de nuestra naturaleza, ya negándola, ya frivolizándola, nunca asumiéndola con reflexión como consecuencia natural de haber nacido.

Resulta, pues, inútil, por su inevitabilidad, temer a la muerte, a mi muerte, de ahí que debamos trabajar con el propósito de aliviar ese miedo. ¿Cómo? Con una aceptación y una preparación para la muerte mediante un aprendizaje lúcido de mi vida y sus circunstancias, no ayer o mañana, sino hoy, como condición para aceptar con desafiante serenidad mi ordinaria condición de mortal.

Esa preparación para la muerte, lejos de volvernos sombríos, demanda vivir cada hoy con los ojos bien abiertos, con una permanente jerarquización de mis prioridades, de un hacer o un no hacer consciente, libre y comprometido, no en términos de creencias, éxito o "salvación", sino de un fortalecimiento cotidiano de aquello que yo considere esencial en mi tránsito por la existencia. Reitero: verdaderamente esencial, pues ni siquiera nuestro cuerpo se nos permite llevarnos, no digamos otras posesiones. Vivir el ahora y aquí sin miedos ni enajenación.

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