Usted está aquí: martes 23 de mayo de 2006 Opinión El código: la novela

Teresa del Conde

El código: la novela

Cuando apareció El código Da Vinci, de Dan Brown, libro publicado por Random House, quise leerlo pero lo dejé porque me pareció que estaba mal escrito, era tramposo y light. Sin embargo, ante la inminencia de la película lo leí completo, sabiendo que ha alcanzado más ventas que ningún otro en los años recientes, traducido a varios idiomas.

No obstante, me temo que su fama trasciende a su lectura, pues no todos quienes lo han comprado lo han leído, y así suele suceder con los best sellers tipo tabique, cosa que comprobé haciendo una discreta encuesta entre alumnos y conocidos.

Sí posee elementos que atrapan, pues amalgama a Leonardo con un famoso conservador en jefe del Museo del Lou-vre, y a su guapa nieta criptóloga que lo ha cancelado de su vida y a quien lega un mensaje en clave antes de morir. A su lado, el héroe es un académico estadunidense, Robert Langdom, experto en simbología femenina, que está conminado a desentrañar un misterio capaz de mutar el rumbo de las religiones, situación que tiene que ver con la ubicación del Santo Grial, que no es el cáliz de las leyendas del rey Arturo (sir Thomas Malory, 1405-1471), sino un receptáculo que fue humano.

Leonardo, junto con Botticelli, y sir Isaac Newton aparecen adheridos a cierta hermandad secreta que se prolonga a lo largo del tiempo hasta incluir a Jean Cocteau. En la frenética investigación se persigue la develación del culto femenino (la gran Diosa Madre de Robert Graves, no mencionada en el libro) a lo que la Iglesia se opone.

Hay innumerables artículos y denuestos acerca del libro, que no por eso deja de ser un thriller ameno. Pero ha levantado ámpula debido a que involucra, entre otras instancias, al Opus Dei y al papado. El 12 de mayo apareció en esta sección una nota de Afp que informa sobre la película, advirtiendo a los cinéfilos sobre errores históricos flagrantes, cosa de la que nadie duda, pues está basada en una obra de ficción.

El ''gancho" del autor y, por tanto, de la película, consiste en que antes del inicio se enuncia que ''todas las obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en la novela son veraces".

Mas sucede que hay imágenes interpretadas de tal modo que emiten mensajes cifrados convenientes a un desarrollo plagado de vueltas de tuerca. La primera es el famoso dibujo de Leonardo (recopilado en el Códice Atlántico) que representa a un hombre en dos posturas, inscrito en círculo. Es el dibujo a tinta de 1492, que se encuentra en la Academia de Venecia y se trata de una descripción anatómica tomada del libro III de Vitruvio, que por cierto, no tiene que ver con hermandad secreta alguna, aunque quizá sí con la cuadratura del círculo, además de que se ha convertido en logotipo.

La primera versión de La virgen de Las Rocas (Louvre, ca. 1495) estuvo hasta avanzado el siglo XVIII en la iglesia de San Francisco en las afueras de Florencia y no supuso rechazo por quienes la encargaron, como Brown sugiere. La segunda versión (National Gallery de Londres) de esta pintura difiere bastante de la primera y el autor lo señala. Es obra hecha en colaboración con Ambrogio da Predis, probablemente.

Según Brown, el personaje a la diestra de Cristo en La última cena de Santa Maria delle Grazie, en Milán, es ''su esposa", María Magdalena, si bien se trata del discípulo amado (San Juan) con bello rostro feminoide, como lo es asimismo el perfil del apóstol Felipe, mismo que corresponde al dibujo en la biblioteca de Windsor.

Con todo y su exaltación a la mujer, Brown no alude para nada al restauro de esta obra, realizado por una experta, como restauradora en jefe de calificadísimo equipo italiano. Se trata de Pinin Brambilla. Después de más de una década de ocultamiento, el trabajo de restauro está a la vista desde mayo de 1999 y es el último realizado a partir de los muchos que se hicieron, con buenas intenciones y malos resultados. Así y todo ha causado polémica.

La Gioconda no es un autorretrato, es un retrato de Lisa Gherardini y es cierto que Leonardo no lo entregó y lo llevó consigo a Francia.

No importa que Brown defienda la ficción como realidad, pero sí que haya falseado el significado icónico de las obras de las que se valió para emitir su mensaje sobre el priorato y la Orden del Temple, cuyas reglas fueron codificadas por Bernardo de Claraval (santo eminentemente mariano, pero no afiliado a María Magdalena, sino a María, madre de Jesús).

No tuvo comisiones importantísimas por el papado, como asevera Brown. En realidad, Leonardo no tuvo ni una durante su estancia romana en el Belvedere.

Brown menciona fuentes, pero omite las ''inspiraciones" que pudieron haberle suscitado, señaladamente Umberto Eco (y por tanto Borges), así como Arturo Pérez-Reverte en La tabla de Flandes, que como thriller es mucho mejor.

 
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