Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 28 de mayo de 2006 Num: 586


Portada
Presentación
Sobre Juárez
IGNACIO M. ALTAMIRANO
Viaje por la noche de Juárez
PABLO NERUDA
Carta a a Maximiliano
BENITO JUÁREZ
Legitimidad del Ejecutivo
IGNACIO RAMÍREZ
La escalera del deseo
AUGUSTO ISLA
Benito Juárez: cuando la perfección hace daño
EDMUNDO GONZÁLEZ LLACA
Dos poetas jóvenes
Juan Gelman y otras cuestiones
MARCO ANTONIO CAMPOS
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO
Bazar de asombros
In memoriam

Columnas:
Ana García Bergua

Javier Sicilia

Naief Yehya

Luis Tovar

Alonso Arreola

Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 


JAVIER SICILIA

EL LENGUAJE MÍSTICO

Raimon Panikkar (1918), uno de los más altos pensadores de la interculturalidad, publicó el año pasado un libro en el que se abisma en los territorios de la mística, De la mística. Experiencia plena de la vida (Herder). Libro complejo e iluminador, es casi imposible tocarlo en el breve espacio de una columna. Un tema, sin embargo, de toda esa obra, me ocupa: el lenguaje místico.

Contra lo que a partir de Saussure y del pensamiento racionalista suele pensarse (que las palabras son sólo signos arbitrarios independientes de la cosa que nombran), Panikkar, junto con las grandes tradiciones religiosas, afirma que en la medida en que surgen del fondo del hombre y no, como sucede con los términos científicos, de "un paradigma artificial", las palabras son símbolos, es decir, realidades donde el referente es inseparable del referenciante. En este sentido, el lenguaje es inseparable de la experiencia que nombra. No sólo porque nos permite hablar de ella, sino porque es el lenguaje mismo el que configura nuestra experiencia.

En el caso de la mística, su lenguaje, que nace de una experiencia de lo inefable, permite el aparecer de esa inefabilidad. Aunque lo que el místico nombra no es la cosa (nada puede delimitar lo que pertenece a una realidad cuya inefabilidad es infinita y, en consecuencia, inagotable), es imposible, por un lado, que esa cosa pueda aparecer sin las palabras y, por otra, que su infinitud se haga presente sin los innumerables lenguajes de las tradiciones y de los hombres que, a partir de sus experiencias, han hablado de él. El poeta Stefan George lo dice en unos versos: "No hay ninguna cosa donde la palabra falla."

Las palabras, en el lenguaje místico, funcionan, por lo tanto, como mediadoras entre el Ser y el Pensar, y no como instrumentos que nos permiten diseccionar la realidad para comprenderla y reducirla a una interpretación unívoca; son, por el contrario, y valga la paradoja, un velo, un ropaje, que hace que aquello que es invisible aparezca, se encarne, se manifieste de mil maneras. "El silencio del Padre —dice Panikkar— se encarna en la Palabra [que] es la ‘primogénita de la realidad’, dicen los Vedas; [que] es el dabbar bíblico; [que] ‘estaba junto a Dios’, dice San Juan; [que] es la haquiqat mohammandiya (realidad o teofanía perenne) de la tradición musulmana." Por ello, la palabra mística, al ser la expresión en pequeño de esa misma Palabra, es el umbral por el que el interior (lo inefable) se comunica con el exterior (lo aprehensible) y viceversa; el lugar del paso, el sitio del aparecer de Dios.

Así, el lenguaje místico —semejante al del poeta— no define ni demuestra nada. Simplemente muestra mediante la analogía y el lenguaje que le da su tradición la presencia de lo inefable. Cuando Juan de la Cruz, por ejemplo, al hablar de su experiencia lo hace con el lenguaje del eros, al que incorpora espléndidos oximorones, no nos dice que la experiencia de lo inefable es el eros —quien lo lea así, ya perdió de vista la profundidad de la experiencia—, sino su equivalente, su análogo, dentro de nuestra experiencia psicofísica. El lenguaje erótico, cuya base es el amor, funciona allí como un equivalente, como un símbolo, como un umbral que nos lleva a la experiencia, absolutamente inefable e irreductible del Amor. Sus metáforas nos abren a una vivencia corporal previa de lo inefable que no es comunicable más que por la mediación del lenguaje. Cada cultura, y en ella, cada místico, encuentra en sus tradiciones los lenguajes, siempre inagotables, que puedan hacerla aparecer. El símbolo del lenguaje, dice Panikkar, "supera la dicotomía epistémica entre sujeto [...] y objeto [...] Lo simbolizado está en el mismo símbolo. Por eso el símbolo sólo simboliza a quien lo descubre como símbolo. El símbolo presupone la experiencia. Hay que saberlo leer en todo. Cuando a un hombre o a un pueblo se le priva de su lenguaje [es lo que intentan las ideologías que buscan reducir todo a un sólo lenguaje] se anula el rostro del misterio que hubiera podido mostrar". Por ello, quizá, nuestro tiempo, sometido al lenguaje instrumental de los media y de la economía, es tan pobre espiritualmente.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro y liberar a los presos de Atenco.

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