Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 4 de junio de 2006 Num: 587


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Para alejar la idea de la muerte
CARLOS ALFIERI
ENTREVISTA A KAZUO ISHIGURO
Nota útil sobre Bulgákov
JORGE BUSTAMANTE GARCíA
No hubo mujer más feliz que yo
ALEXANDR SCHUPLOV
Escribir antes que morir
OLGA NAUMOVA
Paul Schreber: en busca del lenguaje genial
ANDREAS KURZ
La senda del color
VLADY
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Enrique López Aguilar

Verónica Murguia

Angélica Abelleyra

Luis Tovar

Juan Domingo Argüelles

Noé Morales Muñoz


Directorio
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NO MORALES MUOZ

EL ANTICRISTO

No se equivoca quien aventura que El Anticristo es la obra mejor lograda del dramaturgo regiomontano Mario Cantú Toscano (1973): en tanto que conjunto de ficción, la obra se apega a lo que ya pueden definirse como rasgos de autor y atisba con precisión su móvil predilecto: el retrato de costumbres de cierta juventud urbana mexicana. Pero en la obra que hoy motiva estas líneas, que se presenta en el Foro La Gruta bajo la dirección de Gabriela Lozano, se advierte una depuración fundamental, a la que también ha contribuido la edición literaria emprendida por la directora. Proclive a sazonar historias simples con requiebros culteranos, a manifestar sin embalajes sus filias (cinematográficas, literarias) a tal grado y con tal estilo que no pocos han querido ver en ello resonancias woodyallenianas, aquí Cantú ha visto condensada su fábula hasta lo esencial, casi sin ningún ornamento, y ha atestiguado la emergencia de lo mejor de su texto dramático.

Los jóvenes de las obras de Cantú son, casi siempre, de un snobismo que puede irritar a algunos, pero que otros identificarán como el espejo de su propia contradicción: leen a Nietzsche, ven cine de autor, corroboran a la menor provocación su innegable erudición, pero sufren por su incapacidad para someterse a las leyes de lo terrenal: amores, tedios, practicidad. Sus epopeyas terminan siendo una lucha desnivelada entre la sensatez y el sentimiento, entre lo apolíneo y la pulsión de sublimar las frustraciones: el viejo conflicto del poeta romántico. Y Cantú, consciente de que pisa terrenos cercanos al lugar común, no se sumerge en aguas metafísicas; el suyo es un teatro que calcula sabiamente sus alcances y no hace alarde de densidades innecesarias. En El Anticristo, por ejemplo, la irrupción de la figura de la Bestia en la vida de cuatro amigos no tiene por objeto el estudio simbólico o la reflexión filosófica, sino que antes es motor anecdótico, detonante de conflicto para personajes de contorno sólido, redondos en su perfil. Anclado (excesivamente para algunos) en el retrato psicológico, Cantú nos ofrece comparecer al periplo hacia la psicosis de Damián (Alejandro Morales), joven asocial, asexuado e inmerso por completo en la literatura que, víctima de una broma pesada, cree ser la encarnación del Diablo. Desde este eje narrativo se despliegan, con destreza en el manejo de sus recursos (flashbacks, flash forwards), las historias de los otros: Ariadna (Pilar Cerecedo), quien más notoriamente encarna las paradojas de quien acumula saber pero no puede descifrar lo cotidiano; Paloma (Claudia Trejo), presa de su concupiscencia, obsesionada con suministrarse placer y romper el rosario de sus culpas; Marcos (Irving Corral), macho previsible, de insensibilidades crónicas y torpezas varias. La interacción de personajes tan bien definidos genera subtramas interesantes, refuerzan la línea del conflicto y del relato, pero sobre todo la idea de que si alguna habilidad habría que reconocer en Mario Cantú es la de narrador.

Se dijo al principio que la fluidez de la obra se debe en gran medida a lo que de ella desbrozó Gabriela Lozano. Pero ello no debe ir en menoscabo de lo que demuestra como directora de escena. Lozano no sólo adecuó el texto a su idea de historia, sino a la de narración escénica y espacial: la escenografía de Hugo González, que recrea la recepción de un hospital, parecería demasiado rígida para evocar los demás ámbitos sugeridos en el texto. Sin embargo, le bastan convenciones sencillas (cambios de luz, traslados del atrezzo) para crear atmósferas, solventar los múltiples saltos temporales y cambios de punto de vista del relato y, al mismo tiempo, llegar a un tempo que no decae. Y, por encima de todo, ha demostrado su destreza en su trabajo con actores al hacerlos presentar un trabajo homogéneo, con fugas apenas consignables. Morales confirma, a poco de haber asumido el rol, su madurez anticipada como actor joven, en una interpretación que además debe crecer. Cerecedo y Trejo, más la primera, matizan e incorporan, juegan y seducen, se adueñan de su ficción. Corral, acaso con el personaje menos complejo, consigue verosimilitud y contundencia. El resultado escénico, de acuerdo a lo proyectado por el equipo creativo que lo formuló, es, en suma, bastante logrado, para fortuna del teatro joven en un año teatral en el que hay pocos motivos para la sonrisa.

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