Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de junio de 2006 Num: 588


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Capitalismo y comunismo: los mineros del carbón de Frank Keeney
EDMUND WILSON
Detroit Motors: línea de ensamble
EDMUND WILSON
El maestro de la escena
EDMUND WILSON
Un lugar para saltar
EDMUND WILSON
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
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Javier Sicilia

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Capitalismo y comunismo:
los mineros del carbón de Frank Keeney

Edmund Wilso

La gente que trabaja en Ward, Virginia Occidental, vive en pequeñas y monótonas casuchas amarillas asentadas sobre pilotes, que parecen gallineros. En las laderas de los cerros y al fondo del barranco, lucen humildes y endebles en contraste con las magníficas montañas que ahora se encuentran cubiertas con los árboles de mediados de junio. Entre esos amplios y frondosos cerros, atravesando el centro del campamento minero, hay una carretera que tiene, de un lado, una larga hilera de vagones de carbón volteados y obsoletos y, del otro, un insignificante arroyo con márgenes desnudas y amarillas, piedras amarillas casi secas, amarillentas latas oxidadas y los ejes y las ruedas de viejos vagones de carbón. En Ward hay aproximadamente unas ochocientas familias; de ellas, dos o tres cuartas partes habitan en la mayoría de las casas, y en cada familia hay de ocho a diez niños. Y estas familias son prácticamente prisioneras; están tan a merced de los propietarios de sus casas que es como si vivieran en gallineros con altas alambradas.

Este campamento se sitúa en un largo y angosto valle que se extiende a espaldas de los cerros de Virginia Occidental. Por ambos lados ascienden escarpadas laderas, y el barranco termina en un callejón sin salida. La Kelley’s Creek Colliery Company es dueña de Ward, y la empresa Paisley es dueña de Mammoth, otro campamento aún más apartado en el barranco, donde las casas ni siquiera están pintadas de amarillo y el nivel de vida es todavía más bajo que en Ward. La gente que vive aquí extrae carbón de los cerros aledaños. Trabajan de ocho a doce horas diarias y les pagan entre 2.60 y tres dólares. No les pagan con el dinero circulante en Estados Unidos, sino con monedas especialmente acuñadas por las compañías —toscas monedas de aluminio, delgadas y ligeras, algunas de ellas con un hoyo en medio, como el dinero devaluado que Francia y Alemania emitieron al final de la guerra. Incluso Andrew Mellon, secretario del Tesoro, propietario de una de las minas, le paga a su gente con dinero de imitación. El "bono" de la compañía tiene un valor promedio de sesenta centavos de dólar. La compañía obliga a los mineros a comprar en la tienda de raya —que es, por supuesto, la única dentro de su propiedad—, y como los precios aquí son mucho más altos que en las tiendas normales que están a sólo tres millas de distancia, los mineros nunca alcanzan más del sesenta por ciento del valor de su dinero. Los cines de la localidad establecieron dos precios de entrada: uno para el dinero normal y otro para los bonos de la compañía. Forzar a los mineros a comprar en la tienda de raya es muy importante para la compañía: es cierto que actualmente algunas de estas compañías mineras de Virginia Occidental que no están obteniendo ganancias de las minas las están obteniendo de sus tiendas. De modo que si un minero tiene la osadía de ir a otra tienda a cambiar sus bonos, incluso perdiendo, es despedido de inmediato.

La gente que trabaja en Ward tampoco puede obtener nunca alguna ganancia, ahorrar y tratar de conseguir algo mejor en otra parte. Cuando les pagan al final de cada quincena, no les están pagando el trabajo de esa quincena, sino el de la anterior. De esta paga —digamos de cuarenta dólares— la compañía les descuenta por contribuciones: digamos seis de renta, cinco de gas, uno de electricidad, uno para el fondo funerario obligatorio, tres o más de hospital y gastos médicos obligatorios (ya sea que necesiten un doctor o no). Les quedan entonces alrededor de veinticuatro dólares, y la cuenta de la tienda de raya siempre iguala o incluso excede un poco este saldo. Es muy poco frecuente que el minero logre tener una ganancia de cincuenta o sesenta centavos. Si la tiene, por lo general se le informa que hay un adeudo de las últimas dos semanas y los cincuenta o sesenta centavos son retenidos para pagar este déficit; o puede ser que su padre o su hijo deban algo, y la ganancia se transfiere a esa otra cuenta. Si, a pesar de todo, la compañía no encuentra pretexto para quedarse con los cincuenta o sesenta centavos, el minero los recibe en dinero normal. Este es el único dinero normal que llega a ver. Ya que sólo se le paga por el trabajo de la penúltima quincena, siempre está endeudado con la compañía y siempre tiene que solicitar préstamos para sobrellevar la quincena siguiente, y el dinero que la compañía le adelanta siempre es dinero de imitación.

Cuando son tiempos difíciles, como lo son ahora, y al negocio del carbón —que por lo general no le va bien—, le está yendo particularmente mal, los dueños de las minas recortan los salarios y recuperan la diferencia y la de los accionistas obligando a los mineros a trabajar más por menos dinero. Meten cortadoras y montacargas y despiden a todos los hombres que pueden. De acuerdo con esta práctica, los primeros en salir son los que tienen más de cuarenta y cinco años. Y los que se han lastimado en las minas (en la mina de Andrew Mellon nunca conservan a un lisiado). Con un examen médico extirpan otras clases de trabajadores. Si se descubre, por ejemplo, que no alcanzas a leer la línea más pequeña en la gráfica de un oculista —cosa que, comparativamente, muy poca gente puede hacer— es muy probable que prescindan de ti. Lo que ocurre entonces es que los niños de Ward se quedan sin comer durante días y tienen tan poca ropa que a veces están prácticamente desnudos y ni siquiera los pueden mandar a pedir ropa al sindicato. Incluso cuando sus padres tenían trabajo, los niños no tenían zapatos para ir a la escuela, casi nunca comían carne fresca o verduras y no han vuelto a probar la leche desde que fueron destetados. Su dieta consiste en tocino, papas y frijoles pintos. Si hubieran nacido en alguno de los otros campamentos, probablemente hubieran muerto por beber agua contaminada por el drenaje y hubieran escapado así al dolor de la inanición.

Hace más o menos un mes (esto lo escribí en junio), ciento cincuenta mineros, junto con sus mujeres e hijos, decidieron acudir al gobernador. Salieron a pie rumbo a Charleston, que está a más de veinte millas de distancia. Por la noche acamparon en la carretera, cerca de un puente en las afueras de la ciudad, y cuando el gobernador Conley lo supo, para evitar un escándalo, se presentó ante ellos a la mañana siguiente. El gobernador recibió a una delegación enfrente de una gasolinera. Un caritativo ministro habló por ellos. El ministro le dijo al gobernador que los mineros no habían tenido trabajo durante semanas y que ahora no tenían nada que comer. El gobernador respondió que los comprendía, que él mismo había sido minero alguna vez, que incluso había sido minero cuando todavía se utilizaba el pico. "Cualesquiera que sean los defectos de nuestro gobierno —dijo—, cualesquiera que sean las condiciones actuales, tenemos el mejor gobierno del mundo. Hemos acabado con las diferencias de clase, y cualquiera, sin importar su condición, puede llegar a ocupar un puesto importante. Significa mucho tener un gobierno como el nuestro y su manera de conducirse esta mañana demuestra [las marchas de los huelguistas a veces terminaban a tiros] que ustedes valoran las ventajas de nuestro gobierno." Señaló, no obstante, que las minas reabrirían sus puertas el lunes siguiente: alarmada, la compañía puso este anuncio tan pronto los manifestantes salieron del campamento. Los

mineros querían saber de qué vivirían mientras tanto, con qué comprarían su pólvora (los mineros tienen que pagar sus propios explosivos), y cuándo comenzarían a trabajar. El gobernador les leyó entonces la Constitución y les explicó que él no tenía autoridad para ayudarlos: la legislatura no tenía asignado un presupuesto para este propósito, y la ley le prohibía estrictamente disponer de fondos destinados para otros fines. Dijo que "el gobierno es una institución de negocios, y éstos deben seguir lineamientos que protejan los intereses de todos los ciudadanos". "Yo estoy —concluyó con un gesto de generosidad— entregando a sus dirigentes diez dólares de mi propio dinero." Los manifestantes se dirigieron entonces al tribunal de justicia, donde corrieron con mejor suerte: las autoridades reunieron algunos camiones de comida para ellos.

En efecto, el lunes siguiente las minas se reabrieron, pero no todos fueron aceptados. Y, poco después, comenzaron los desalojos. Precisamente en este momento, dos docenas de familias están en proceso de ser expulsadas de Ward. Los empleados de la tienda de raya, con las piernas colgando, esperan sentados en la parte trasera del camión de la compañía la llegada del alguacil que certificará la salida de las familias; y un poco más adelante se puede ver a otra familia que ha sido desalojada, sentados sus miembros en el suelo cerca de la carretera, bajo la escasa sombra de un pequeño árbol —la madre sostiene una sombrilla— junto a un montón de mesas, cómodas, sillas y camas cuidadosamente apiladas. A esta familia se la llevaron a cierta distancia del campamento para que no pudiera regresar a su casa —como se sabe que lo hacen— cuando el alguacil se va, o para instalarse en la casa de algún vecino. Al no limitarse al desalojo sino, de hecho, llevarse a los inquilinos, la compañía en realidad está excediéndose en sus derechos. La carretera supuestamente es pública —se supone que pertenece a la municipalidad— y la compañía no tiene autoridad para llevarse las pertenencias de la gente. Ayer algunos de los hombres más jóvenes se enojaron y detuvieron el camión para regresar parte de los muebles. Pertenecían a un hombre casado, joven, que fue uno de los líderes de la marcha del hambre y a quien despidieron y desalojaron por ese motivo.

Esta oposición intimidó al alguacil: temía que sucediera algo peor. Así que a la mañana siguiente pidió una orden de arresto y detuvo a cinco de los mineros, bajo el cargo de interferir con la autoridad en el cumplimiento de su deber. Los enviaron a la cárcel de Charleston y ahora su gente está más enojada que antes. Muchos de ellos han vivido aquí toda su vida y están consternados al ver que los tratan como a gallinas que, con indiferencia, las echan del gallinero. Saben que son seres humanos. En sus puertas han colocado pieles de zarigüeyas, sus casas están cubiertas de enredaderas de rosas rosa y carmesí, y en sus patios han sembrado álamos grises de Columbia. Las mujeres, en fondo blanco y con las delgadas piernas desnudas, se sientan en los columpios a la entrada de sus casas, como lo hacen otras mujeres en las tardes de calor. Las niñas se ponen frescos vestidos rosas y amarillos y caminan sobre las vías del tren, también propiedad de la compañía, que atraviesa el barranco al lado de la carretera. En el radio han aprendido las canciones populares que todas las otras niñas americanas han aprendido, y se divierten cantando a dúo: "¡You, You’re Drivin’ Me Crazy!" y la ambiciosa "I Want to Be Bad!"

Por su parte, los hombres parecen sureños tranquilos, francos y de buen humor, tan al estilo de la vieja tradición independentista americana que se dio en los lugares apartados, que resulta casi imposible comprender cómo es que han sido reducidos a la condición de siervos. Ellos mismos, a pesar de haber tenido tantas y tan duras experiencias, parecen sorprendidos de su condición actual. Algunos de ellos fueron Caballeros del Sindicalismo durante los años ochenta del siglo pasado, cuando las clases obreras solían tener algunas victorias con cierta repercusión. "He vivido en este barranco cuarenta y dos años —dice un hombre de ojos muy abiertos y serios—. ¡Este país se está corrompiendo! Con estos convenios, el presidente nos está perjudicando a todos!" "Si no fuera por los convenios —dice otro, el hombre joven al que desalojaron—, Ward sería un buen lugar para vivir."

Pero no carecen de liderazgo. Recientemente, hombres que originalmente llegaron de sus propios barrancos, entrenados en las huelgas de hace diez años, han vuelto a estar activos entre ellos. Estos líderes han tenido bastantes dificultades para organizarlos: no tienen permiso para reunirse dentro de la propiedad de la compañía, la cual controla incluso a la parroquia. Así que los organizadores han tenido que irse hasta el callejón que está al final del barranco, donde hay unos terrenos que son propiedad de la compañía petrolera. A ésta parece no importarle si los mineros se organizan o no. Los mineros han acudido llenos de entusiasmo a encontrarse con sus antiguos líderes en medio de las torres petroleras, a encender fogatas y a firmar para el sindicato. Ahora se reúnen ahí todos los domingos a "platicar"; pero sólo por las tardes y, de ser posible —por temor a recibir un balazo por la espalda— con el camión del orador de espaldas a algo sólido.

Los mineros les dieron la bienvenida igual que los náufragos saludan a un barco. Ellos son hombres. Y los organizadores son hombres. Y los empresarios —¿quiénes son? Corporaciones, compañías tenedoras, grandes empresas, vicepresidentes, accionistas, juntas directivas; en los periódicos, una disputa con Pittsburgh sobre la tarifa de los fletes a los Grandes Lagos, una franquicia que garantiza el monopolio de los muelles de Minneapolis; oficinistas en un edificio de Charleston. Los mineros nunca ven a ningún empresario, sólo existe la dudosa leyenda de que alguna vez uno de ellos visitó una mina con motivo de una huelga muy conflictiva. Pero, por lo general, sólo giran instrucciones desde Pittsburg, o Chicago, o Cleveland, para que se recorten los salarios. Y dejan el resto en manos del superintendente (el superintendente de Ward tiene fama de haber sido detective). Y como los empresarios tienen que darle gusto a los accionistas, el superintendente trata de darle gusto a los empresarios recortando aún más la nómina, reduciendo, de ser necesario, el número de trabajadores.

La gente oye que los dueños de las minas están desesperados. La industria del carbón está peor que ninguna otra, porque no hay futuro para el carbón como combustible. Todas las compañías tratan de arruinarse mutuamente, pero, aun así, no pueden vender su producto. En Ward yacen grandes montículos de carbón, abandonados. Según el superintendente, en este momento hay cerca de quinientos vagones de carbón sin consignar, parados en las vías, y cuatrocientos que se descargaron en el suelo. Algunos de los empresarios de minas más inteligentes quieren estabilizar los precios y los salarios, pero la tradición competitiva es más fuerte que ellos. Continúan peleándose entre sí para finalmente irse a la bancarrota.

Otro organizador que llegó de Nueva York —un joven educado en A. J. Muste’s Brookwood— da clases nocturnas en la escuela de los negros, el único edificio que no es propiedad de la compañía. En Ward los negros y los blancos no se mezclan, pero son vecinos, se bañan juntos en el mismo arroyo, están juntos en el sindicato y ahora toman juntos clases de economía política. La oradora de esta noche es una muchacha judía de Vassar, asistente del organizador de Brookwood, quien parece elevarse muy alto en la penumbra del humilde cuarto iluminado con gas. Las mujeres se sientan en los escritorios con sus bebés, los hombres se sientan en el suelo o, de pie, se recargan contra la pared. Las flores y las figuras recortadas por los niños de la escuela forman pequeños fantasmas sobre las ventanas. La oradora les explica a los mineros que el motivo por el cual ahora se mueren de hambre y son desalojados de sus casas es porque el negocio está dirigido a la ganancia privada. Son tímidos en sus respuestas, pero la escuchan con gran atención y con cierto temor respetuoso. Uno de los muchachos que está sentado sobre el pretil de una ventana ha escuchado el rumor de que en Rusia el gobierno está dirigido por los trabajadores. El más parlanchín de los presentes es un negro rollizo y atezado que con cierto embrollo ha pensado las cosas y cree que "se debe cambiar al gobierno." Al final, la muchacha de Brookwood escribe en el pizarrón la letra de "Solidaridad para siempre", y los invita a cantarla con la familiar tonada con que se canta tanto "John Brown’s Body" como "The Battle Hymn of the Republic."

Hace una hora, mientras miraba desde el tren, junto a las hermosas márgenes del Kanawha y New River, en donde los vapores a rueda aún circulan, los pocos granjeros independientes trabajaban en sus sembradíos de col mientras el sol hacía relucir un vívido verde claro sobre la orilla interior de un recodo, y las sombras extendían manchas púrpuras sobre el chocolate del agua lodosa.

Aquí, al final del día sureño, una exquisita frescura sopla inundando el valle, y la oscuridad parece más dulce que la luz del día. Numerosas luciérnagas, grandes como estrellas, flotan entre las montañas. Y los mineros, de regreso a sus casas después del trabajo, con sus linternas en la frente, también parecen luciérnagas. Afuera, en la oscuridad del verano, los muchachos tocan la mandolina y cantan baladas. Y al fondo del oscuro barranco, en la pequeña escuela de los negros, los nativos del campamento y del bosque, que no son dueños ni de un techo ni de un árbol, y cuya única posibilidad de sobrevivencia consiste en pasar las largas horas del día cavando en un hoyo del cerro, confían en que el orador les explique por qué tienen que luchar en contra del alguacil, del gobernador e incluso del presidente, por su derecho al trabajo y a la vida.

[1932]

Traducción de Helena Guardia