Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de junio de 2006 Num: 588


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Capitalismo y comunismo: los mineros del carbón de Frank Keeney
EDMUND WILSON
Detroit Motors: línea de ensamble
EDMUND WILSON
El maestro de la escena
EDMUND WILSON
Un lugar para saltar
EDMUND WILSON
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Ana García Bergua

Javier Sicilia

Naief Yehya

Luis Tovar

Manuel Stephens

Jorge Moch


Directorio
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JAVIER SICILIA

EL EVANGELIO DE JUDAS, ¿UNA REVELACIÓN?

Más allá de los daños que la institución clerical suele hacerle a la Iglesia con sus traiciones al espíritu evangélico, desde hace algunos años se ha desatado una fuerte campaña —¿promovida por quién?— que intenta vulnerarla en sus dogmas fundamentales. Dos sobresalen: la publicación y el reciente estreno fílmico de El código Da Vinci, y la fuerte campaña mediática que se hizo al descubrimiento del manuscrito del Evangelio de Judas.

Lo que asombra de ambos acontecimientos no es, en el caso del primero, ni la fuente fundamental en la que se basa, el Evangelio de María Magdalena, ni su trama novelística —un novelista, cuando es grande, nos hace entrar en los misterios de la vida; cuando no, es el caso de Brown, es un creador de divertimentos—; en el del segundo, la promoción de un documento fundamental en los estudios históricos del cristianismo, sino el querer hacer pasar, a través de fuertes campañas mediáticas, los contenidos de ambos evangelios como la verdadera realidad del cristianismo que una jerarquía perversa ocultó.

No me ocuparé de El código Da Vinci, que es una divertimento, sino del Evangelio de Judas. Éste, tanto como el Evangelio en el que Brown se basó tangencialmente para escribir su obra, pertenecen a la tradición de los evangelios apócrifos —la mayoría de ellos publicados por la Biblioteca de Autores Cristianos—, en particular a la corriente gnóstica que surgió hacia el siglo ii y que, influida por el platonismo, y utilizando con categorías griegas los términos helénicos que los Padres de la Iglesia adoptaron para explicar los misterios de la revelación, no sólo negaba la encarnación, sino la resurrección. La discusión de la Iglesia con ese Evangelio, cuyos manuscritos sólo se descubrieron hasta recientes fechas, la sostuvo San Irineo en los años en que aquella corriente hizo su aparición.

La tesis sobre la que gira el Evangelio de Judas —una tesis que, recorriendo los siglos, defendió Thomas De Quincey y utilizó conmovedoramente Nikos Kazantzakis en su novela La última tentación— se basa en que la traición de Judas era no sólo el complemento de la redención —la parte, dice Kazantzakis, más dura porque significaba traicionar al amigo—, sino en que tal acto era una petición de Jesús para que su amigo lo librara de su cuerpo físico.

La tesis —fuera de que se refiere a Jesús, de que la traición de Judas no tiene ninguna justificación en la necesidad (todos en el sanedrín sabían quién era y dónde estaba; el mismo Jesús, contra toda la prudencia política, se había dirigido a Jerusalén y, pese a la animadversión que algunos grupos políticos sentían hacia él, no se ocultó) y de que Judas, es lo que dicen no sólo los Evangelios canónicos sino también algunos apócrifo, se ahorcó— no es ninguna novedad ni para la época en que fue escrito ni, mucho menos, para la actual en la que la visión dualista entre el cuerpo y el alma está, al menos desde el punto de vista teológico y filosófico, superada.

La creencia en la inmortalidad del alma se remonta a Platón (aproximadamente cinco siglos antes de la escritura de ese texto) quien, al igual que el Jesús del Evangelio de Judas, consideraba el cuerpo una prisión de la que hay que liberarse; una realidad que tiene que pudrirse y por lo tanto es despreciable. Nada más ajeno a un Jesús que nada tenía de griego, ni por nacimiento ni por tradición. La novedad de Jesús —de allí su escándalo, su fuerza en el acontecer de la historia—, no es sólo su creencia en la vida después de la muerte —creencia que existe en la tradición judía a la que perteneció—, sino su manifestación como Dios hecho carne, y la afirmación de que la vida después de la muerte conlleva no la inmortalidad del alma, sino la resurrección de la carne.

Contrariamente a lo que, en un desprecio por lo creado, el Evangelio de Judas elogia, el Jesús de la historia santifica la carne al grado de mirarla triunfar por encima de la muerte. Esta afirmación, más allá de la estupidez de los poderes mediáticos, es la novedad de un gran escándalo, la única novedad que merece, en medio del desprecio moderno a lo creado, el nombre que porta: El Evangelio, La Buena Nueva.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro y liberar a los presos de Atenco.