Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de junio de 2006 Num: 588


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Capitalismo y comunismo: los mineros del carbón de Frank Keeney
EDMUND WILSON
Detroit Motors: línea de ensamble
EDMUND WILSON
El maestro de la escena
EDMUND WILSON
Un lugar para saltar
EDMUND WILSON
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Ana García Bergua

Javier Sicilia

Naief Yehya

Luis Tovar

Manuel Stephens

Jorge Moch


Directorio
Núm. anteriores
jsemanal@jornada.com.mx

 

Edmund Wilson

Un lugar para saltar

El hotel Coronado Beach [balneario de moda en San Diego], inaugurado en 1887, fue construido por el millonario californiano John Spreckels. Spreckels hizo su fortuna con el azúcar hawaiana, y en 1887 Estados Unidos firmó un tratado con el rey de Hawai, el cual otorgaba a los americanos el uso exclusivo del puerto de Honolulu.

Ese mismo año, George Pullman puso sobre rieles el primer tren de vagones con intercomunicación cubierta, el gobierno sofocó la revuelta apache dirigida por el formidable Jerónimo,* el último intento de los indios por defender su independencia, y los apaches fueron encerrados en reservaciones. La Federación Americana del Trabajo recién se había fundado, Kansas y Nebraska estaban abrasadas por la sequía y Henry George se presentó como candidato a la alcaldía de Nueva York, que perdió por una escasa ventaja de la coalición formada en su contra por los otros partidos. Grover Cleveland se encontraba a la mitad de su primer periodo y consternaba a los capitalistas al denunciar la tarifa proteccionista, y los pequeños empresarios y agricultores estaban a punto de lograr que el Acta Comercial Interestatal, diseñada para contener la rapacidad de los ferrocarriles, fuera aceptada. El Congreso comenzaba a investigar las prácticas de los monopolios, mientras que la Standard Oil Company, iniciándose en el terreno de la perforación y el bombeo, estaba ya embarcada en la etapa final de su progreso y Edward Bellamy obtenía un enorme e inesperado éxito con su novela socialista Mirando hacia atrás, la cual prefigura la utopía industrial.

El hotel Coronado Beach debió representar el máximo triunfo de los sueños de los arquitectos de los ochenta. Es el ejemplo más notable que existe de los hoteles americanos a la orilla del mar, tal como floreció en ambas costas en esa época, y aún conserva su auténtica belleza, así como su magnífico esplendor. Níveo, decorado como un pastel de bodas, limpio, arreglado y resplandeciente como una embarcación, es un monumento que merece dominar esta última hendidura azul y cóncava en la ribera de Estados Unidos antes de ceder el paso a México.

La parte inferior de una colosal rotonda, seccionada por amplios ventanales que recuerdan aquellos juguetes antiguos que al girar nos hacían creer que las siluetas se movían, algo encubierta, casi oculta, está coronada por una especie de inmenso bonete, que incluye un techo rojo, una segunda franja de ventanas más pequeñas y un ancho y elaborado cono rojo semejante a un peón invertido que, a su vez, incluye otras dos pequeñas hileras de buhardillas intermitentes, con una torre de observación rodeada por una barandilla blanca la cual tiene, como remate, un cono propio con un asta blanca donde ondea la bandera americana. Detrás de esta alegre rotonda se extiende el cuerpo principal del gran hotel: un delirio, un delirio encantador de soberbias cúpulas cónicas rojas, de techos rojos con cresterías blancas, de hermosos tejados de excelente textura, de pequeñas escalinatas empinadas que ascienden por el exterior del edificio, de pequeños balcones con columnas escarchadas como pastel de bodas, y una feliz profusión de sobresalientes buhardillas irregulares que parecen orgánicas, como el capullo de una hidra marina. De bronce, las cuatro puntas del compás se hallan incrustadas en el piso de la entrada principal, y listeles de bronce señalan las anchas escaleras blancas que, entre torneados barrotes, conducen a las blancas puertas de las habitaciones, embellecidas con brillantes perillas de bronce.

El edificio circunda a un gran patio, admirablemente plantado y cultivado. El césped se mantiene tierno y brillante gracias a los aspersores que giran lentamente y, contrastando, florece una bien pensada armonía de magentas, bermellones y carmesíes de las begonias, la salvia y los narcisos, de los ramilletes de malvarrosa y de la enorme reunión de bugambilias moradas que trepan por los troncos de las altas palmeras, cuidadosamente recortadas en verdes montículos de mirto o de helecho. Todos los árboles tienen un rótulo con su nombre en latín, como si se tratara de un jardín botánico. En medio hay una pérgola poligonal de poca altura, cubierta de vides y revestida con cortezas, en cuyo interior un muchacho anota con gis, sobre un pizarrón, las últimas cotizaciones de la bolsa, mientras que, sentado, un grupo de invitados masculinos atiende en silencio, con interés.

Este patio posee una auténtica dignidad y esplendor. Con sus cinco filas de porches con blancos barandales, semejantes a la cubierta de un barco, sus largos tramos de escaleras empinadas como escaleras de cámara, sus escalinatas rojas y, siempre a la mano, en carretones con ruedas rojas, en las esquinas, las mangueras para incendios con sus remates metálicos, la delicada y armoniosa cenefa de sus pisos contrapeados y las delgadas columnas de madera cuyo cimiento surge de las baldosas emparejadas con el suelo, sugiere tanto un trasatlántico como el pórtico de una mansión colonial. Al mirar, desde uno de los balcones más altos, a las copas cultivadas de las exóticas palmeras y a los pequeños ventiladores rojos girando bajo el sol, uno siente que aquí aún se puede disfrutar el sabor de los últimos momentos dulces, justo antes de que el poder del dinero americano, hinchado de súbito crecimiento, le voltee totalmente la espalda a las comodidades y ornamentos más humanos del Viejo Mundo no mecánico.

En el vestíbulo, uno siente que camina sobre césped, encima de las más gruesas y mullidas alfombras. Hay sillones de mimbre, suaves y afelpados sofás, tapices en verdes y azules donde damas de rostro redondo y carnoso se deleitan en un apacible boscaje; las cotizaciones de la bolsa cuelgan al comienzo de la escalera que baja a la peluquería y una obra maestra de diseño interior, elaborada y de no fácil descripción, combina un juego de espejos recubierto con enroscaduras amarillas, hileras de barandales barnizados de amarillo y un ambicioso ventanal con un vitral con flores de Pascua rojas.

En el amplio comedor redondo, lleno de ventanales, donde la luz amarilla de las velas ilumina las mesas blancas, respetables damas y caballeros de edad disfrutan de interminables comidas según el plan tipo americano. Después de la cena, se sientan a platicar tranquilamente en los sofás, o tranquilamente juegan a los naipes en el cuarto de juegos.

Uno puede transitar por una larga sucesión de habitaciones pasando, de cuando en cuando, por piezas oscuras anuladas por rejas cerradas, mesillas de caoba brillante y, eventualmente, un par de jarrones gemelos, fríos como urnas funerarias.

Al llegar, finalmente, a la rotonda, uno se encuentra con una bulliciosa convención de Clubes de la Federación de Mujeres Empresarias y Profesionistas de California. (La Federación General de los Clubes de Mujeres se organizó alrededor de dos años después de la inauguración del hotel Coronado Beach.) Las empresarias y las profesionistas parlotean afuera del salón de baile: "¡Acabo de estar con Mildred y todavía no se ha ocupado de los ramilletes! ¿Ustedes creen que se los debemos entregar a todos los funcionarios o sólo a los nuevos?" Y en cónclave, debajo de las lámparas eléctricas que cuelgan del techo como inmensas coronas, leen en voz alta, con solemnidad, y debaten, una por una, las enmiendas propuestas para cada uno de sus innumerables estatutos.

De vez en cuando, las habitaciones del inmenso hotel reverberan con el coro de voces femeninas, reflexivas, infantiles, insípidas. Con la melodía de "John Brown’s Body", compusieron su propio himno, el cual habla de un fondo que pretenden reunir:

¡Veinte mil dólares para mil novecientos treinta y cuatro!
¡Veinte mil dólares para mil novecientos treinta y cuatro!
¡Veinte mil dólares para mil novecientos treinta y cuatro!
¡Nuestro fondo avanza!
¡Gloria, Gloria, Aleluya!
¡Gloria, Gloria, Aleluya!
¡Gloria, Gloria, Aleluya!
¡Nuestro fondo avanza!

Estas empresarias y profesionistas no están muy seguras de lo que harán con el dinero cuando logren reunirlo, pero ya han preparado un concurso de oratoria en el que un orador por cada distrito contará con tres minutos para hacer propuestas acerca de: "¿Cómo puede la Federación aprovechar al máximo el ingreso de 20 mil dólares?"

Hoy la gente se va al nuevo hotel de Agua Caliente, al otro lado de la frontera, para ver las carreras mexicanas, y esto le ha quitado al hotel Coronado Beach una buena parte del negocio; sin embargo, gente de todo el país continúa llegando a San Diego a través de la bahía.

Los americanos aún tienden a irse hacia el oeste, y muchos de ellos se dirigen al sur, atraídos por el sol. San Diego se halla en el extremo sudoeste de Estados Unidos, y puesto que nuestra expansión real hacia el oeste ha llegado a su fin, éste se ha convertido en una especie de lugar para saltar. Hoy en día, en la costa oeste, el porcentaje de suicidios es el doble que el de la costa media del Atlántico, y desde 1911 el índice de suicidios en San Diego se ha convertido en el más alto de Estados Unidos. Entre enero de 1911 y enero de 1927, cerca de quinientas personas se han quitado la vida aquí. La población en 1930 era, aproximadamente, tan sólo de 148 mil cuando, desde 1920, era el doble.

Entre otras cosas, mucha gente enferma se viene a vivir a San Diego. El índice de enfermedad entre la población de San Diego es de veinticuatro por ciento, mientras que en el resto de Estados Unidos es tan sólo de seis por ciento. El clima del sur de California, tan publicitado por las Cámaras de Comercio y los Clubes de California del Sur, pero que muy probablemente es poco saludable debido a sus debilitantes días templados y a sus noches repentinamente frías, atrae a San Diego a innumerables enfermos. Si tienen dinero y no han mejorado en otros centros de salud, los doctores, como último recurso, los envían a San Diego, y no es infrecuente que los enfermos mueran poco después de bajar del tren. En el caso de las enfermedades "imaginarias" —que son, en parte, psicológicas— como el asma, los pacientes que las padecen tienden a continuas fugas geográficas con la ilusión de dejar atrás la enfermedad. Y al llegar a San Diego se dan cuenta de que, finalmente, están acorralados, ya no hay a dónde ir. Según los psicoanalistas, la idea del sol poniente sugiere la idea de la muerte. En cualquier caso, de los quinientos y tantos suicidios ocurridos durante el periodo de quince años mencionado arriba, el setenta por ciento fue atribuido a "abatimiento y depresión por mala salud crónica".

Pero también están los individuos que no encajan en las comunidades convencionales de donde provienen y que han escuchado que la vida en San Diego es más libre y más relajada. Ahí, sus inclinaciones psicológicas o sus peculiares preferencias sexuales serán, por fin, reconocidas y, hasta cierto punto, permitidas. Es verdad que muchos de ellos encuentran aquí lo que están buscando, pero si no es así, si se perciben a sí mismos como demasiado diferentes y no logran adaptarse a la vida en esos mismos términos, es posible que se descorazonen y decidan rendirse. Y también están las personas que huyen de algo que los avergüenza de su pasado, o de algo que los desprestigió ante los ojos de sus amigos en el lugar donde antes vivían. San Diego no es tan grande como para que los miembros de los grupos sociales de la clase media no se conozcan entre sí y sigan con el mayor interés cada una de sus acciones. Si el escándalo te toca, todo tu círculo se enterará, y si eres una persona sensible, tal vez prefieras la muerte. Después están los pobladores de San Diego que, de hecho, son perseguidos por la ley. Este septiembre se está investigando a toda la ciudad en busca de un gángster que escapó de Nueva York, y quien, en una pelea por la cerveza, disparó una ametralladora contra unos niños. Desde que Al Capone llegó aquí, California ha sido refugio de gángsteres en problemas. Y también están aquellos de escasos recursos que han escuchado que San Diego es barato, pero que descubren que es menos barato de lo que pensaban, y las muchachas (que en esta parte del mundo se casan jóvenes) abandonadas por sus esposos o amantes, y los marinos y oficiales navales que están hartos del servicio.

El índice ha aumentado desde la Depresión. En 1926 hubo cincuenta y siete suicidios en San Diego. Durante nueve meses de 1930, hubo setenta y uno, y desde el comienzo de enero al final de julio de 1931, hubo treinta y seis. En el registro forense quedó asentado que tres de estos últimos se debieron a "falta de empleo o dinero", dos a "falta de empleo", uno a "mala salud, problemas familiares y falta de empleo", dos a "depresión por preocupaciones económicas", uno a "preocupaciones económicas y enfermedad", uno a "mala salud e incapacidad para recuperarse", y uno a "inquilinos morosos". Los doctores dicen que algunos ancianos a quienes sus familiares han enviado a San Diego, pero cuyos ingresos han sido recientemente suspendidos, por dignidad se quitan la vida antes de ir al asilo.

Realmente inspira tristeza leer los registros forenses de San Diego. Es como ver la última efervescencia inútil en la explosión de la aventura americana. Aquí nuestra gente, a quien tanto se le dijo que fuera al oeste para escapar de la enfermedad y la pobreza, la inconformidad y la opresión industrial, descubre que, habiendo llegado, sus problemas y enfermedades aún persisten y que las rejas se extienden más allá del océano. En medio de los hoteles color de arena y de las plantas de fuerza eléctrica, de proveedores navales y de cafés a la orilla del mar, de viejas casas californianas de amplios tejados y escalones con hermosas vetas grises o amarillas, llegan al final de sus recursos, bajo el vacío sol de California. En San Diego, corredores y banqueros, arquitectos y agricultores de cítricos, granjeros, amas de casa, contratistas, vendedores de abarrotes y bienes raíces, propietarios de salas de apuestas y tiendas de música, marinos y tenientes de los cuerpos de socorro, maquinistas, mecánicos, perforadores de pozos petroleros, vaciadores, sastres, carpinteros, cocineros, peluqueros, vendedores de refrescos, camioneros, choferes de autobús, estibadores, obreros —en su mayoría anglosajones blancos, algunos daneses, suecos y alemanes y unos cuantos chinos, japoneses, mexicanos, negros, indios y filipinos—, todos enfermos, retirados o con mala suerte, cubren las rendijas de sus puertas y sencillamente abren el gas; comen veneno para hormigas o toman Lysol en su cobertizo o en su cocina; conducen su auto hasta un oscuro callejón y se disparan en el asiento trasero; en cuartos de hotel se ahorcan o toman una sobredosis de sulfonal o de barbitúricos; se deslizan hasta el campo de golf municipal y se apuñalan, o se arrojan a la bahía, azul y plácida, en donde los grises barcos de guerra y los cruceros vigilan las fronteras del vasto cinturón de su nación, la cual, ya desde los años ochenta, pretende apoderarse de las plantaciones de azúcar de Honolulu.

(1932)

Traducción de Helena Guardia

* El líder apache Jerónimo fue capturado por el general Bernardo Reyes, gobernador de Nuevo León, quien lo entregó a las autoridades americanas. (N de la T).