Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 11 de junio de 2006 Num: 588


Portada
Presentación
Bazar de asombros
Capitalismo y comunismo: los mineros del carbón de Frank Keeney
EDMUND WILSON
Detroit Motors: línea de ensamble
EDMUND WILSON
El maestro de la escena
EDMUND WILSON
Un lugar para saltar
EDMUND WILSON
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
Ana García Bergua

Javier Sicilia

Naief Yehya

Luis Tovar

Manuel Stephens

Jorge Moch


Directorio
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Detroit Motors: línea de ensamble

Edmund Wilson

Es inhumano —podría reventar cuando hablo de ello— quebrar el espíritu de un elefante. ¡Me moriría de hambre antes de regresar! No te advierten de nada: "Recoge tus herramientas y pasa por tu liquidación", dice el patrón. Después revisan tu caja de herramientas para ver que no te estés llevando ninguna herramienta de la compañía, luego te reportas en la oficina de personal con tu tarjeta y te dan tu liquidación donde dice que "ya no te necesitan más", y ya está. A mí me despidieron desde julio pasado. A veces te dejan el gafete y ya no te dan trabajo en otro lado, porque si vas a buscar uno, llaman a Ford y ahí les dicen que todavía estás en nómina, aunque ya no estés trabajando ni ganando un centavo. Así ellos pueden decir que tienen a tantos trabajadores en la nómina. Es un genio de la publicidad, es Ford.

En Inglaterra es como más relajado. Yo trabajé en Manchester desde los catorce años, como obrero de autos y herramientas. Durante siete años gané seis chelines a la semana, hasta la guerra, cuando me fui a la Real Fuerza Aérea, pero no pasé la prueba de los nervios. Entonces fui mecánico aéreo de segunda clase. Una tía mía estuvo en Estados Unidos y se dio cuenta de las posibilidades, y cuando regresó, me dijo: "¡Bert, estás perdiendo el tiempo!" Así que en septiembre me vine para acá. En Inglaterra van derecho al fracaso, están acorralados, les están arrebatando todas las industrias vitales, y no pueden quitar el subsidio, pero si lo quitaran tendrían que asumir las consecuencias. Hay tipos jóvenes que han crecido con el subsidio, y ahora ya no los hacen trabajar. Cuando tienen trabajo provocan que los despidan. El gobierno está entre la espada y la pared. Los animales te muerden cuando les quitas la comida. ¡Para como hacen las cosas en Inglaterra, es un milagro que salgan adelante!

Cuando llegué, trabajé tres meses en Fisher Bodies. Al principio tomé los tres turnos en producción, en vez de andar por ahí sin hacer nada. Pero luego fui a la Ford. Como todo el mundo, me enteré de los salarios de la Ford. Y sí te pagan eso. Los primeros dos meses yo gané cinco dólares diarios y luego me los subieron a seis, durante un año más o menos. Después pedí otro aumento y me dieron cuarenta centavos más, diarios, durante dos años y medio; nunca llegué a ver los famosos siete diarios. Pero los salarios son el único atenuante. Si los bajaran todos se irían a la huelga. Ganas eso, pero le vendes tu alma a Ford. Trabajas como un esclavo todo el día, y cuando sales estás tan cansado que no puedes hacer nada más. De regreso te vas durmiendo en el tranvía. Pero aun así, una vez que eres obrero de Ford, siempre serás obrero de Ford. Languideces, como dicen en Lancashire, no tienes los cojones para irte. Hay gente que viene del campo a trabajar en la Ford creyendo que van a ahorrar un poco, que sólo van a trabajar ahí unos cuantos años y que después se van a regresar y ser independientes. Pero se quedan para siempre, a menos que los corran. Nunca estás seguro en tu trabajo. Finalmente nos trasladaron a Rouge, fuimos los primeros en llegar allá. Llegamos cuando todavía no habían terminado de instalar la maquinaria. Pero cuando estaban trabajando en el modelo A, se cerró la producción y nos quedamos sin trabajo. Yo pedí mi traslado, pero me despidieron. Después oí que necesitaban gente para hacer moldes. Yo nunca había hecho moldes, pero les dije que llevaba cinco años y me dieron el trabajo, y estuve tres años en esa sección, hasta que me despidieron en julio pasado. Pedí mi traslado pero me despidieron. Ahora te echan por cualquier cosa, o por nada.

Te digo que es peor que el ejército. Te exprimen y te explotan todo el tiempo. En el ejército, después de un rato, te enteras de lo que está pasando, pero en la Ford nunca sabes dónde estás parado. Un día sirves y al otro te echan fuera. En una sección te dicen que por qué diablos no traes los guantes puestos, y en otra que por qué te los pusiste. Si traes un delantal limpio, te echan aceite, y si un mecánico está orgulloso de sus herramientas, se las tiran al suelo cuando no está. Los patrones son densos como melaza y siempre los traes pegados a la yugular, porque el de arriba está pegado a su yugular y Sorenson está sobre el cuello de todos; él es el que echa el aceite hirviendo sobre lo que el viejo Henry hace. Es un tipo que nació cien años tarde, es un esclavista natural, los hombres tiemblan cuando lo ven venir. Era brutal, pasaba entre ellos y los golpeaba. Un día, cuando estaban instalando la maquinaria, vio a un hombre sentado, trabajando con una caja. "¡Levántate! —le dijo Sorenson—. "¿No sabes que aquí no te puedes sentar?" El otro no se movió y Sorenson aventó la caja de una patada. El tipo se levantó y le dio un puñetazo en la mandíbula. "¡Vete al diablo! —le dijo—. ¡Yo no trabajo aquí, trabajo para la Edison!"

Y nomás te dan quince minutos para comer. Pasa el carrito de la comida, el carrito de la tomaína, le decimos. Un montón de pinche aserrín te cuesta quince centavos. Y te venden un agua buenísima que no ha visto la leche en un mes. Me dijeron que Sorenson tiene acciones en una de estas compañías de comida. La gente todavía tiene la comida en el cogote cuando ya tiene que regresar a trabajar, no le da tiempo de que la comida le llegue al estómago.

Cuando trabajas para la Ford es como si en la entrada tuvieras que dejar tu cerebro y tu libertad. A lo mejor a uno de esos que andan por ahí con los pies mojados y los zapatos llenos de agujeros le gustaría mucho estar bajo su techo, ¡pero a mí no! ¡Lo que quiero es olvidarme de todo eso, hasta me enfermo cuando me subo al tranvía que va al oeste!

No me importaría trabajar otra vez en L, me salí en noviembre para casarme. Primero trabjé en R, ese es el peor de todos. Las prensas están demasiado juntas y no hay bancos, tienes que estar parada. El ruido de las prensas te retumba en los oídos, pero yo tarareaba con el ritmo, tarareaba el Miserere.

Pero no estuve mucho tiempo ahí. Conseguí otro trabajo en L, que estaba mucho mejor. Ahí se hacían las partes de adentro, los ceniceros y los bordes para las lámparas del techo y las guarniciones, que son las plaquitas que sostienen las manijas por atrás. Es una tira de latón que metes en la prensa, pisas un pedal, baja la cortadora y la corta. Trabajábamos con prensas pequeñas del número 4 y se suponía que debíamos sacar mil 624 piezas por hora. La mayoría de las muchachas no puede, y si no pueden les bajan el salario.

Por ejemplo, si hacías bordes para las lámparas y no podías hacer 512 por hora, te descontaban de treinta y dos a veintiocho centavos. Si pisabas mal el pedal podías perder un dedo. Yo siempre tenía cortadas. Cuando hay un accidente nadie dice nada, y a veces te enteras bien a bien hasta una semana después, pero yo, en cuanto entraba, siempre sabía si había pasado algo: el lugar parecía muy limpio y todos estaban muy callados. Una vez, cuando yo estaba, una muchacha perdió un dedo y pegó un grito espantoso; y otra vez que le pasó lo mismo a otra muchacha, sólo se enrolló un trapo en la mano y se salió callada. Un día una muchacha perdió dos dedos y nos mandaron a todos a nuestras casas. Un tipo en la sección de bisagras perdió tres dedos en la misma semana. La gente casi no usa los dispositivos de seguridad porque se trabaja más rápido sin ellos. Los retazos también te cortan el pecho, el mío estaba todo rojo. Y el aceite te pica; en los brazos te da una comezón que te vuelves loca. Te daban una cosa blanca para que te la pusieras, pero no servía de nada.

Pero yo me volví muy hábil, estaba muy contenta de sacar tantas piezas por día y me conocían como una trabajadora rápida. Me gustaba más que la compañía de telégrafos. Las muchachas de L me caían mejor que las del telégrafo; las del telégrafo siempre están hablando de los hombres con lo que van a salir y de cuánto se van a gastar en ellas. Casi todas las muchachas de L estaban casadas y te la pasabas mucho mejor con ellas. Todas las de los telégrafos son delgadas y nerviosas. Siempre se enferman de los nervios. El cambio de personal es muy alto; se supone que es del cien por ciento cada tres años. Tienes que golpear la máquina con la que se escriben los mensajes a una velocidad de sesenta palabras por minuto, 3 mil 600 palabras por hora. Ninguna taquígrafa tiene que escribir tan rápido. Y el supervisor te está checando todo el tiempo. A fuerza tienes que estar en el sindicato, si no quieres, te corren. Desde la huelga de teléfonos y telégrafos, la compañía le tiene miedo al ctu.

Ahora sólo estoy ganando setenta y cinco dólares al mes, menos que en L. Allá nunca gané menos de cuarenta dólares a la quincena. Y parece que ahora van a meter unas máquinas que escriben ochenta palabras por minuto. En Chicago ya las pusieron. Cuando lleguen aquí yo voy a renunciar.

En L tenías cierta libertad, podías ir con un vestido de guinga. Y podías jugar con el supervisor y con todos. En la compañía de telégrafos los supervisores no pueden hacer amistad con las muchachas. Y me gustaba mucho ponerme una gorra limpia. Los viernes todos nos poníamos gorras limpias. A mí me encantaba.

Llegué de Glasgow en 1923, cuando tenía dieciséis años. Allá casi se desata una revolución después de la guerra, en 1919. Mi padre tenía una peluquería. Cuando llegó aquí se quedó sin trabajo tres meses. Sólo teníamos un baúl. Nos trajimos de nuestra tierra la ropa de cama. Mi padre por fin consiguió trabajo verificando la producción de bandas y ganaba ocho dólares diarios. Fui a la secundaria. Me gané un par de premios mientras estuve ahí. Era del equipo de debate y gané un premio en un concurso de oratoria que organizó la Federación Better America, que son una bola de patrioteros de Los Ángeles. Cuando me gradué estaba en la programación de las clases diarias y tuve un altercado con una maestra que me dijo, "¡James McRae, a ti, o te ahorcan, o te vuelves socialista!" Después me fui al City Collage. Mientras, conseguía artículos para la Prensa Libre, luego revisé las cuentas de una agencia de noticias. También trabajé en una tienda departamental por cinco dólares a la semana, y como tenedor de libros en una caja de ahorros. Un verano trabajé en Packard. Fui tesorero auxiliar en el colegio, pero llevamos a Weisbord y a Scott Nearing para que nos dieran una plática, apoyados por la ymca, y nos echaron por eso. Después formamos un Club Liberal y nos volvimos más neuróticos y radicales que antes. Publicamos un artículo y le pedimos a uno de los organizadores del Sindicato de Trabajadores Automotrices que diera una plática en el club, y la consecuencia fue que nos prohibieron que el club se reuniera en el colegio. Tuvimos tres reuniones con el decano y finalmente nos echó de su oficina. Me dijo que o me callaba o me echaba. En ese entonces éramos muy nerviosos e histéricos. Pero Forrest Bailey se enteró y escribió algo en el periódico Scripps Howard, y el decano se retractó y me volvió a poner de tesorero auxiliar.

Mientras tanto, mi padre sufrió un accidente: el cuartucho donde estaba trabajando explotó y la compañía se fue a pleito. Mi madre quiso trabajar en R, pero con tanto ruido y con el miedo de perder un dedo, en dos días se vino abajo. En R hay más accidentes que en ningún otro lado. No tienen dispositivos de seguridad. Decían que R mantenía a las ambulancias llevando a tanta gente a la enfermería. En la primavera del ’27 explotó el depósito de pinturas; no estaban bien almacenadas. Los periódicos dijeron que hubo veintinueve muertos, pero en realidad fueron como doscientos. Muchos eran extranjeros y no tenían familia aquí, y de ellos no dijeron nada. Ese día no se podía entrar al hospital sin pisar los cuerpos de la explosión en R.

Perdimos nuestra casa porque no pudimos pagarla. Después vino el primer despido masivo y desde entonces siguen echando a la gente. Yo había trabajado en la Kelsey Wheel Company. Trabajaba doce horas en el turno de la noche y ganaba treinta dólares a la semana. En la Chevrolet llevaba las llantas de una sección a otra. Después conseguí un trabajo en la Ford puliendo bielas por cinco dólares diarios. Después de sesenta días me aumentaron a seis y, cuando entró el aumento, recibía siete dólares, pero para entonces ya sólo trabajábamos dos días a la semana así que sólo ganaba catorce dólares semanales. Finalmente renuncié. Quería irme a Brookwood Labor College. Trabajar en una fábrica no me molestaba. Si lo hacía durante una o dos horas estimulaba mi mente, pero hacerlo durante ocho o diez horas acaba contigo. Cuando terminas estás demasiado cansado.

Brookwood me decepcionó. Muste me pidió ser delegado en la Conferencia para la Acción Obrera Progresista, pero yo no tenía mucha fe en las doctrinas progresistas. No esperaba nada de los estudiantes o de los movimientos de la clase media. Cuando andaba dando discursos por todos lados, descubrí que el público estudiantil era el peor de todos.

Cuando deje la Ford, estuve tres semanas sin hacer nada. Después conseguí trabajo en un banco, manejando una sumadora. Por angas o por mangas, me quedé, hasta que el otro día me despidieron. Me echaron cuando estaba comiendo. Me dijeron: "Aquí está tu papeleta rosa, eres un buen empleado, pero tenemos que recortar los gastos." Ahora estoy buscando trabajo. Si pudiera ahorrar para el transporte me gustaría ir a Rusia y trabajar en una fábrica. Alguna vez pensé que quería ser maestro, pero cuando vi lo limitados que están en los colegios y los maestros, cambié de opinión, prefiero ser libre.

Lo que queremos aquí es un movimiento revolucionario que se ajuste a las necesidades particulares de los trabajadores americanos, y francamente te digo que si no es el Partido Comunista yo no veo quién en el país lo pueda lograr. Los comunistas han hecho mucho; prácticamente detuvieron los desalojos. Cuando va a haber un desalojo, la gente le avisa al Consejo de Desempleados y los comunistas se acercan y esperan a que el alguacil se vaya para volver a meter los muebles a la casa. Entonces el propietario tiene que volver a notificar a las autoridades y el alguacil tiene que conseguir una nueva autorización, y lo que generalmente pasa es que ya no logran volver a sacar a la gente. Los propietarios están tan confundidos que el otro día llamó al Consejo de Desempleados una mujer para preguntar si ya podía sacar a sus inquilinos. El Consejo le dijo que no.

Los comunistas dirigieron la huelga de Flint el verano pasado. Empezó como una huelga espontánea de los ribeteadores, y entonces el Sindicato de Trabajadores Automotrices, donde los comunistas eran mayoría, la tomó en sus manos. Estaban protestando en contra de un recorte al salario del 33.33 por ciento y contra algunos capataces a los que no querían y también por el aumento en la producción y las condiciones de trabajo. Les echaron encima a toda la fuerza del Estado. Dispersaron los mítines y a los seis líderes se los llevaron unos detectives que los golpearon en el bosque. Finalmente, cuando encerraron a los líderes, rompieron la huelga. En Flint no pudieron conseguir a ningún abogado que los defendiera. Pero la compañía echó marcha atrás en lo del recorte salarial, se deshizo de los capataces y les concedió sus otras demandas. Pero desaparecieron al sindicato. El Periódico de los Trabajadores, que tenía una circulación de veinte mil ejemplares, también desapareció después de la huelga.

En este momento los comunistas tienen la debilidad de no hablar el lenguaje del trabajador americano. Ve los panfletos que reparten en las manifestaciones, puras frases hechas, radicales y estereotipadas. Tu trabajador americano quiere algo concreto. También me gustaría que aquí tuvieran más interés en discutir sus ideas. Un día llegué con un libro de Plekhanov sobre los problemas filosóficos del marxismo, un libro muy ilustrativo, pero no les interesó.

También existe un pequeño grupo, el iww. Traté de verlos, pero son tan desconfiados que no me pude acercar a ellos. Lo que necesitamos son órganos democráticos de educación para educar a los trabajadores sobre los lineamientos marxistas.

[1932]

Traducción de Helena Guardia