Directora General: CARMEN LIRA SAADE
Director Fundador: CARLOS PAYAN VELVER  
Domingo 18 de junio de 2006 Num: 589


Portada
Bazar de asombros
La memoria del horror
SIMONE DE BEAUVOIR
La representación prohibida
JEAN-LUC NANCY
Alemania: antes y
después de Shoah

STEFAN GANDLER
Sobre Shoah
Struthof, entre la
memoria y el olvido

EVGEN BAVCAR
El presente y lo inmemorial
CLAUDE LANZMANN
Buenos Aires: recuperar
la tertulia

ALEJANDRO MICHELENA
Lo que el viento a Juárez
Mentiras transparentes
FELIPE GARRIDO

Columnas:
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Las Rayas de la Cebra
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Reseña de Mayra Inzunza sobre La posibilidad de una isla


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UCRONÍAS Y PESADILLAS ÉTICAS

MAYRA INZUNZA

Michel Houellebecq,
La posibilidad de una isla,
Alfaguara,
México, 2006.

En términos occidentales, la novela como forma nació y se fomentó, en buena medida, gracias a la noción de ínsula utópica. Desde la sátira menipea, pasando por las utopías renacentistas, las crónicas de exploradores y evangelizadores, y hasta la Constitución, todos estos textos alentaron a fundar lo que posteriormente se convertiría en Naciones-Estado. Para no ir más lejos: la importancia conferida a obras del tipo de The Tempest, Gulliver Travels o Robinson Crusoe, reside en haber contribuido a la colonización. En este sentido, La posibilidad de una isla, última novela de Michel Houellbecq, nos sitúa entre una ucronía —término que por cierto acuñó un periodista francés—, la de cierto exitoso comediante, y la utopía, el no-lugar al que accede su futuro doble genético. Todo se gesta en islas irreales: hipertextuales, extraterrestres; reverberan Eco y Calvino... Pero vayamos por partes.

Cuando Kazin Bell calificó al rupturismo estadunidense cual tiesto de restos deshumanizados, correlato narrativo de la utopía sesentera en el caso de Barthelme, (pre)dijo la tendencia norteamericana a recorrer el entorno de manera distinta a esa errancia ideológica que protagonizaron los beats. Periplo sin retorno, turismo sin ocio, al relacionar nociones temporales con la orfandad de matria y un programa de actividades recreativas para que no sea uno mismo quien mata el tiempo, el canadiense Coupland inaugura el viaje sin sentido. No me refiero aquí a esa tentativa por detener la narración describiendo el espacio a lo nouveau roman, aunque en su última novela Houellebecq juega a suspender el tiempo. Veamos: Marc Augé definió los no-lugares como aquellos sitios de paso que, dedicados al tránsito y no a la residencia, devienen aculturales en su asepsia identitaria; ejemplo idóneo serían los aeropuertos (pienso en el modelo Singapur, los precios hedónicos que han vuelto trendy los uniformes de sus azafatas). En cuanto a Rem Koolhaas, a su modo de ver los grandes centros comerciales son constructos en los cuales apilamos deshechos; vastos territorios donde se acumulan tiendas y oficinas, híbridos de servicios y productos condenados a la efimeridad de la moda que, aun pese a su caducidad, logran rematar inoperantes excedentes vía los outlets.

Ahora bien, además de contaminar visualmente el paisaje urbano, hay arquitecturas disfuncionales que resultan inhabitables hasta para nuestros paracaidistas. Con miras a aproximarnos a La posibilidad de una isla, amén del clásico La poética del espacio, cabría aventurarse en la Invención de lo cotidiano, donde Certeau explora la manera en que habitamos las ciudades, de qué modo nos apropiamos y redefinimos el anonimato conglomerante y retamos la anomia desde nuestras casas hasta los parques públicos. Muestra de ello serían las colonias lingüísticas de Montreal, su joual cual traducción sin original alguno; también aquellas narraciones orales que, "metafóricamente", delimitan territorios originalmente nativos.

Como sea, aparte de la colonia y la diáspora y el exilio político, los objetos nómadas han favorecido una suerte de liberación del terruño quizás sólo conducente al desarraigo. Paradójicamente, tal dislocación genera impresiones estéticas cercanas a una suerte de insilio, yoísmo donde se entremezclan autor empírico y narrador fictivo. Ante dichos monólogos, la imposibilidad de concertar polifonías, tal vez no apremia tanto dar voz a los otros cuanto abrir espacios para que los demás se expresen por sí mismos. Para no ir más lejos, paralelamente a la apertura de las fronteras que ha ocasionado la flexibilización arancelaria, ese templo sagrado que alguna vez fue el cuerpo va perdiendo cada vez más su intimidad: los medios invaden nuestros hogares, y hasta nuestra identidad misma corre peligro de ser revelada. En efecto, el curp nos marca, señaliza; de ahí la introspección en la que se atrinchera el protagonista de Houellebecq.

Peor todavía, experimentar con ese último reducto de lo privado que es el genoma, editarlo, se avala vía una lectura pública más parecida a los reality shows que a una filantrópica transmisión del conocimiento. Si la utopía es uno de los antecedentes de la novela occidental, en La posibilidad de una isla estamos ante una narrativa del no-lugar, poética del espacio basura que es un mundo convertido en tiesto de restos entre ciborg y subhumanos al que ningún arqueólogo en su sano juicio se aventuraría a explorar. ¿Para qué lidiar con vivos no sólo protéicos, sino además contestatarios, cuando existen cómodos autores muertos?

Narrado desde un paraíso ya no de ungidos adanes, sino de seres genéticamente enriquecidos, aquí el proceso civilizacional conlleva tanto la esperanza en develar el genoma para autodiseñarse así como esa pesadilla ética consistente en inquirir hasta dónde resulta válido experimentar: jugar a ser dios, conquistar nominalizando del apelativo verbal a ese nombre secreto que alguna vez fue nuestra cadena desoxirribonucléica.

Así, aquí Lanzarote es la Meca de elohimitas que confían en una posible inmortalidad, ya sea gracias a la ciencia... o a los extraterrestres. Historia de un humorista, tiene un sentido del humor que accede a lo sublime en el sentido de ríspido y al mismo tiempo refinado, con una agudeza sólo propia del juego de palabras francés, en una prosa atiborrada de intertextos literarios y referentes actuales, abarrocada hasta el deslumbramiento agotador.

Estamos ante una utopía posthumana: la ucronía de un nuevo moralista, que cuestiona tanto el new age como la industria genética. Vale para los interesados en ambos temas, tanto cuanto para sus detractores...