Usted está aquí: jueves 22 de junio de 2006 Política ¿Nueva Constitución?

Adolfo Sánchez Rebolledo

¿Nueva Constitución?

En un escrito aparecido en 2001, el afamado constitucionalista Ignacio Burgoa Orihuela señalaba: "propugnar una nueva Constitución es apuñalar la historia de México y destruir lo que el pueblo mexicano ha querido ser a través de toda su vida; sólo los ignorantes pueden considerarla obsoleta o inadecuada. Es cierto, ha sufrido 400 reformas, pero muchas para actualizarla, de hecho, está actualizada. Yo pregunto a sus impugnadores cuáles son los preceptos, los capítulos que se oponen al progreso económico, político, social y cultural del país y no me contestan, porque no los hay". Naturalmente, a Burgoa le era obvio, como a casi todos los estudiosos de la materia, que la Constitución vigente necesitaba mejorarse mediante un cuidadosa renovación. Pero, añadía, el "mejor homenaje que se le puede tributar a la Constitución es que la cumplamos, no sólo los gobernantes, también los gobernados".

Hoy, a unos días de las elecciones presidenciales, el tema vuelve a plantearse por boca de Cuauhtémoc Cárdenas al recibir el nombramiento que lo acredita como máximo responsable de coordinar la celebración por el bicentenario de la Independencia y el aniversario número cien de la Revolución Mexicana. Se trataría, cito de memoria, de revisar los fundamentos del pacto federal con una visión contemporánea emplazada hacia el futuro, los retos y las tareas surgidas de la experiencia histórica a la luz de las necesidades de una sociedad y un mundo que han cambiado extraordinariamente, lo cual parece a todas luces razonable.

De cualquier modo, la pregunta de si se trata de formular una nueva Constitución o de revisar "integralmente" la actual sigue presente, pues en un caso se trataría de caminar hacia una asamblea constituyente, cuyo perfil sólo podría ser el resultado previo de un gran acuerdo entre las principales fuerzas sociales, políticas, económicas y culturales del país en la agenda a tratar.

El debate incluye, por supuesto, definir qué tipo de ley fundamental es la que se pretende y cuál es su relación con la tradición constitucional mexicana. En cambio, para proceder a la renovación integral de la Carta Magna sería suficiente con el acuerdo del Poder Legislativo, vale decir, con la convergencia de intereses entre los partidos representados en el Congreso. Es muy probable que vista por sus contenidos, una Constitución así renovada cumpliría con las exigencias técnicas y jurídicas que se contemplarían en una nueva Constitución.

Autores como Jorge Carpizo se inclinan por esta segunda opción. En un artículo recogido por la revista Etcétera, el constitucionalista escribe: "considero que nuestra actual Constitución, de 1917, amerita algunas reformas fundamentalmente para reforzar el sistema de pesos y contrapesos entre los poderes y para introducirle mecanismos de gobierno semidirecto: el referendo y la iniciativa popular. Cada día es más frecuente escuchar propuestas de reformas constitucionales; yo mismo he realizado una lista de temas que considero deben debatirse ampliamente, porque no habrá de modificarse nuestra ley fundamental, sino hasta después de una verdadera discusión nacional que exprese claramente cuál es la voluntad de la sociedad mexicana".

Para Carpizo, además, la necesidad de una nueva Carta Magna surge de la ruptura "pactada o no" del orden jurídico existente, de modo que la necesidad de sustituirlo por otro se impone por encima de las naturales diferencias entre las distintas fuerzas e intereses en juego.

"Las constituciones modernas son pactadas entre las fuerzas políticas y sociales más importantes de la nación. Se pacta el proyecto de Constitución para que ninguna de esas fuerzas se vaya a sentir excluida del pacto. En el México actual es más fácil pactar un paquete de reformas constitucionales -si es que ello se logra- que pactar el contenido de toda una nueva Constitución."

Como quiera que sea, el debate sobre la actualidad de la Constitución serviría para poner el acento en los grandes problemas nacionales, por ahora sepultados bajo la inmediatez, la trivialización y el mal gusto de las campañas. Pensar en las reformas constitucionales que hacen falta sería un magnífico ejercicio para afilar las armas de la crítica más allá de los intereses particulares y, quizá, la oportunidad que estamos buscando para forjar el horizonte común hoy por hoy erosionado, cuando no inexistente.

 
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